martes, 19 de agosto de 2008

Scorers

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Recomendación:

Para disfrutar al máximo de esta entrega, súbele al volumen: lo cinemático es así.

Intro.



Una niña rubia que escribe obras de teatro, un lunar de carne, los campos de trigo en Inglaterra, el sol en su melena, tibios trinares, correría, enfado, berrinche. Una escena de "Atonement" que a mí no se me sale: un idilio con flores, una traición, una olivetti, varios secretos, fatal consecuencia:



El señor Marianelli cautivó a su audiencia. Iluminó lo iluminable dejándonos obscuros huecos en los ojos. Es un scorer de primera (no uno de handball, ni de rugby; un scorer para el cine). No hay época en él, no hay fantasía. Pura alegoría; bosques, dunas, mares, cielos. Músico paisajista, noble ruiseñor de las tramas vengativas, de los suspensos in crescendo.

Nombrarlo es nombrar a varios tantos. Como varios tantos nombrados y sin nombre, faenas invisibles de lo bello, montajes sonoros directos, palpitantes, truenos, remansos, maravilla. Una cosquilla, un funeral, la boda del siglo, la más negra tormenta, el despiadado crimen, ¡cientos de besos!, una cama destendida, un leit motif, lágrimas de porquería, sustos de antología. Vamos por partes que esto ya se vuelve orgía.

¿Qué es el cine sin la música?

Habrá maestros… de hecho, los hay (bastantes y muy creativos): A mí me gustan los Coen; me gustan sus silencios. Me gusta… me gusta Gondry; me gustan sus excesos. Quiero escribir como Scorsese; tan grotesco y de bostezos. Me gustan más, cientos que no centenas: hadas de la luz, de lo somero, amigos del buen rato, compinches duraderos. Pero hoy no hablaré de directores, hoy no, que estoy tan juglarero.

Sin embargo te diré seis cosas. Que aunque no se digan se toman, y si se toman, se olvidan. Por eso escribiré de seis nigromantes, seis escores, seis soundtraques, seis be(e)seos, seis instantes; los que me pueden, los que me orillan, los que conmigo se asustan, los que de mí se burlan, los que hasta entonces recuerdo.

Ni me abarco ni me extiendo. Busco el camino y en el camino me pierdo. Soy el que más, soy lo de menos. Quiero tan sólo un oído, una palabra de aliento, una imagen que se quede adentro, que rompa, que entienda, que luzca de portento…

Descartes.

Como te digo; reduje a seis. O a cinco, no lo sé. Voy a intentar volcarme, y así devolverte otros favores. Quizá me exceda o hasta excluya. Puede que la crítica destruya. Hoy es de mí y para mí. Mañana tú dices, tú opinas los que faltaron: yo le subiré al volumen.

¿Quién se va de este listado?, ¿quién me ha otorgado menos y sin embargo tanto?, ¿quiénes se quedan atrás; en el llanto, en el olvido, en el asfalto?, ¿quiénes merecen mi nombramiento?, ¿a quién se lo lleva el viento?, ¿dónde empiezo?, ¿con cuál termino?

Ascendente o descendente, el orden no es mi destino. El orden es para tontos. El orden es del sigilo. Quiero darte a seis, o a cinco, no lo sé. Y quitarte otros algunos, y llenarte otros jamases. Voy a decirte los que a mí me imperan, los que me obnubilan, los que en verdad componen, todos los que descomponen.

Hoy no salen ni Preisner, ni Howard Shore, ni Thomas Newman; hoy se castiga a Alberto Iglesias, a Hans Zimmer, a Mark Isham. Hoy les niego el voto a Desplat y a Danna, a Twiker, a Marianelli, a Patrick Doyle. No habrá postre para Horner, para Barry, para Maurice Jarre. ¡Maldíceme, Zhivago!, ¡quédate con tu anillo, Frodo!, ¡sigue danzando con lobos, mi fiel Tatanka!, ¡aprende a bailar los tangos, Pacino!, ¡húndete en los jardines secretos, bella Mary!, ¡vete a luchar con gatos, gladiador!, ¡corre mohicano, corre a otro lado!, ¡y corre tú también, Lola mía!, antes que pase de moda el techno...

Hoy no salen: los castigo, niego su voto, me como el postre que les toca. Se quedarán allí; sentados, cabizbajos, humildes y sabios. Y a todos ellos, mi admiración y respeto.

Gabriel Yared.



Quizá “The English Patient” me robó un poco de infancia. Mirar tanto desierto me hizo más seco; quise creer en el amor que cruza fronteras, probé a ser aviador, baja insólita de guerra ajena, todos los adjetivos del mundo. Pero fue “The talented mr. Ripley” la que, gracias a su música, me otorgó un bello reencuentro con el clásico personaje de Patricia Highsmith: Tom, el amigo americano. Antihéroe, ambivalente, zurdo, inteligente y matón. / “Crazy Tom” y sus sincopadas cuerdas, hicieron de este peatón, una muñeca asustada:



Michael Nyman.



Moría el verano, se hizo tan largo el otoño. No hubo mucho en cartelera: “Schindler’s List” arrasó con Cannes, con la Academia, con los BAFTA. Y luego se animó Jane Campion, logró lo que nadie: un filme multipremiado, perfecto en guión, en imagen, en sonido, en actuación. Se hizo la primera directora famosa, la más adorada, la más envidiada. Nunca el rosa fue tan negro, nunca el humor tan de dama. Y vaya beldad.

“The Piano” inicia con una secuencia de Anna Paquin en patines, con alitas de algodón casi de pastorela, con mucamas encerando un piso de duela, persiguiendo al angelito que raya y raspa todo rincón; entre risas y gruñidos… con el mar y una mujer de negro, tocando un piano sobre la arena, en islas remotas neozelandesas.



Ennio Morricone.



Iba a ser descarte y se coló hasta el cuarto sitio. Iban a enojarse muchas voces. Iban a maldecir los cuervos. El italiano me pagó un dinero; para qué miento. Ennio se encargó de recordarme, casi al cierre, de “The Good, the bad and the ugly”, de “Once upon a time in America”, de “1900”, de “The Untouchable”, de la pared carcomida en el Paradiso. Y dudé; dudé bastante (todo eso encima, ¡y a mí que Sergio Leone no me gusta!). ¿Y qué me dices de Uruguay, de Paraguay, de los salvajes, de los misioneros? / ¿Qué con ellos?, contesté. / ¿No te parecen temas? / Me agradan, los oigo mucho, caro amico. Pero algo le falta, ¿qué quiere que le diga? / ¿Algo me falta? / ¡A usted no! al recuerdo. / Manda a volar los recuerdos y ponme en tu lista. / Bueno, me convenció.

Y es que la música sin conductismo pavloviano a mí no me viene. Pero esta sí; con ésta vuelo a mitad de Iguazú; casi cóndor, casi extinto, pero tan vivo:



Goran Bregovic.



Escucharle me recuerda a Kusturica, a los Balcanes, a Zacatecas, a Oaxaca. Debo admitir que la "música narrativa" (aquella que cuenta un suceso que alimenta la imagen y no es meramente circunstancial) siempre, o casi siempre, me parece efectiva. El caso de Goran es el más significativo de otros que ahora me inundan. Especialmente, el de “Underground”. Y mira que no es fácil decidirse cuando compite consigo mismo en “Train of life”, “Le temps des gitans” o la apabullante “Toxic affair” con Iggy Pop al comando vocal. No es sencillo.

Comparto aquí la “Mesecina”, la sabrosa luz de luna que, llámame vicioso, siempre me ha parecido la canción ideal para emborracharse con vodka barato hasta terminar dormido en establos. Qué ejemplos estoy dando.



Yann Tiersen.



La Francia se lleva la plata. Y en cine, a mi parecer, se queda en tercero, luego de Estados Unidos y el Brasil. Pero hubo un tiempo en que “el gigante del piano-toy” se alzó con la victoria. No fue con Amelie; lo de la Poulan es digno del aplauso, propio de la risa y la vibra retro. Lo cautivante, aquello que movió mi tapete de amargado caballero y crítico sin coronas fue la magistral (y a la vez simplista) partitura creada para “Un long dimanche de fiançailles”. Pinon y Jeunet que estremecen. Tiersen que levanta el polvo de las alfombras.



Y aunque habrá quien me grite: ¡favoritista!, no puedo ni queriendo dejar a un lado su milagro conceptual y melódico. Su más conocida creación, la que lo acercó a mi vera y con la que recordaré a mis hijos... cuando los tenga... y luego se vayan:



John Williams.



De pequeño, Spielberg me resultaba inquietante. Odiaba recordar todo el tiempo el maldito leit motif de “Shark” (turuuun…. Tuuuuurun… tun tun tun tun tun tun tun tun… tururú… tururú… TAN TAN ¡TAN TAN!). Luego crecí y miré por desgracia el behind; volví a meterme a las albercas.

...

Que alguien logre ese tamaño de conducta me eriza la piel. Que alguien musicalice mis recuerdos más vetustos en el cine no se paga de otra forma. Star Wars, Indy, ET, Jurassic Park. Pasen todos mis ayeres a divertirse. A fin de cuentas, el cine es para eso.



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5 comentario(s):

Celeste Laviani dijo...

¡Ah, caray!...
Excelente post, Juan Carlos.
¿Qué es el cine sin música? No es. Aunque también es con sus silencios. Esos enormes silencios que nos evocan a otros tantos.
Qué buen texto, ésto es lo tuyo. Definitivo.
Gracias por la música, a la mayoría tengo la fortuna de conocer...
Me sorprendió la creatividad de Marianelli.
Gabriel Yard me dejó con la duda, qué se yo, no quiso tocar, tal vez fue esta canija mac que activa los botones que quiere, probaré desde mi PC en casa...
Soñé con Michael Nyman.
Recordé a mi padre con Ennio Morricone.
Evoqué la locura que fue ver 'Underground' con Goran Bregovic. (Madre mía, la primera vez la vi a las 2 de la mañana y fue cansadísimo)...
Lloré con Yann Tiersen. Adoro a Tiersen, su música hace sentirme melancólica.
Y con John Williams volví a ser pequeña, cuando vi 'Jurassic Park'. Recuerdo, la vi en el DF.
Recuerdo.
¡Gracias!
¡Abrazo desde acá!...

pensamientovisible dijo...

Sí!!! Un largo SI a este listado. Oye, y Don Felipe Vidrio, léase Philip Glass? A mí se me hace que es pariente muy cercano de Nyman. La reiteración minimalista tiene lo suyo. Gattaca, Truman Show, The Hours ... ¿O uhté qué piensa, caballero?

Salud con té negro.
Luza

ursula dijo...

... la segunda de Tiersen. Qué alegre. Qué soleada. Como salir a andar en bicicleta. Aunque suene cursi, como campos con flores y brisas y cielos. Vastos, que se extienden. Como perseguirse entre ellos. Y ese brusco final: como caer entre ellos.

Sí, me gustó. Y Morricone, le regalo algunas memorias, si le hacen falta. Y Underground, bueno, sí, siempre es un poco tortuoso, no? Al menos ésa fue mi experiencia, yo rogaba para que terminara, pero no podía dejar de verla. Y la música, escenario perfecto para locura y sinrazón, para la más honesta felicidad. Nyman y El Piano me dejaron una fuerte impresión, aunque ahora los vea más bien muy a la distancia. Y Jurassic Park y el cine La Diana, ahí en meritito Reforma, cuando había una sala y una pantalla enooormes (y la matiné y la permanencia voluntaria, y no me extrañaría que algún incauto hubiera quedado medio aplastado tratando de subir las escaleras y encontrar lugar).

De la mayoría de las otras... mjm mjm, cough cough, tendré que salir corriendo a la tienda de video más cercana y encerrarme varios días a verlas, y a escucharlas, pues. Perdonará usted mi ignorancia.

Vale mi querido don, gracias por el recorrido, personal, fílmico y musical. Regresaré a él, de seguro, y varias veces.

Beso y guiño.

Eduardo Jácome Moreno dijo...

hace poco compre el dvd de CASINO, recordé aquellas tardes de 5 6 8 horas jugando cartas sin parar, vodka, cervezas, cigarros, y de fondo una y otra vez ese soundtrack, bastante bueno.,

saludos

Juan Carlos Medrano dijo...

A ver, a ver, a ver.
Vamos por partes, como Jack el destripador.

1. ¡A mí, los silencios me gustan! (nunca me doy a entender)

2. ¿Cómo de que no jala Gabriel Yared?

3. También pensé en biciletas con Tiersen. Eso es tan extraño...

4. No es cansado ver Underground. Vean las tres del padrino en maratón. Una vez lo hice y quise irme a Sicilia a matar gente.

5. (Dear T) Vuelve a él todas las veces. Me hace bien saberte cerca (oque, oque, oque).

6. Felipe Vidrio ¡maldita la patria!, lo olvidé... chingaos... cómo se me pudo haber pasado, yo que tanto profeso de los concretos y abstractos. Cero y van dos mi Philip, cero y van dos. ¡Carajo! tengo que hacer algo al respecto Luza. Salucita.

7. Ah... Casino. Queridísimo Smith, me transporté a esos momentos. Un día te doy la sorpresa y publico uno de grandes bandas sonoras con rolas varias... sí, sí... lo haré.

A todos un abrazo.
Un beso a quien se lo agencie.