miércoles, 3 de septiembre de 2014

(im)pulsos gra(vita)to(rio)s


(vómito textual con corrección)

°

I. Enunciación


Nada significa nada.
No es no.

El vergel donde retozas es un verde no;
el arroyo en el que nadas: no bajo las ondas de tus calmas;
los astros vespertinos son un no a las calles sin farolas,
y la merienda, si vasta: pesadillas de carne con gusanos.

Las criaturas noctívagas:
lechuzas que no
debes ver
la gasa de la mujer fantasma,
la mesa triste de raso tablón
donde se barajan cartas
de las magas
con tatuajes,
y amuletos de esmeralda
predestinan:
-tocan tu luz, tu mantilla-
“vas a enamorarte”
(gimen las pitonisas).

El centro del planeta: lava helada
gritándote que no te sueltes.

¡No te sueltes!
Nada significa nada.


°

II. Duda


¿Mis retardos y mis logros,
mi enfermiza poma que tengo en la cabeza,
tu lunar en la entrepierna
¡y todas tus hijas con hijos!
el viento que apenas aletea
por encima de las palmeras
este calor salado
que te deja la noche
oliendo a invierno en primavera,
cada relámpago
que ilumina tus ojos marrones
o son azules
de mar
mis recuerdos?


°

III. Diálogo


¿Todo significa nada?
No es no.


°

IV. Infanticidio


No es en tus tampocos,
ni en tus sueños
donde  yo me yergo con la noble figura bulliciosa
de cabellos vueltos trenza en mis ayeres.

No me visitan tus multitudes.
No me fundo en valeroso traje
ni hablo de deportes con amigos
ni camino despacito
y a tu lado
mientras te terminas el helado.


°

V.  Impulsos gravitatorios


Ya no pinto acuarelas
- te gustaban.

Ya no buceo
en picada desprendida
buscando el talud continental
desdibujado
por temblores nuestros
luego con agua y saliva
lavados.

Ya no canto las de Callas
Ni toco a Zitarrosa
en la guitarra de Paracho
ni en la ducha
silbo mientras cae la lluvia afuera.

Ni me disfrazo de fiesta
ni de orquesta
ni de one man band
ni de coma limpia que me ensucie la hoja enhiesta.

Ni ando a marchas forzadas
ni hago rimas forzadas;
(risas)
me dejo llevar:
(más risas)
ya nada significa nada.


°
VI. Intermedio


(Nunca escucho a Ferreiro estando solo
por miedo a ponerme sereno.
Todas mis tizanas
se siguen pudriendo en la alacena)

Me taché de la lista de pendientes
e hice caso al holograma:
más acciones
menos dramas.

(Play!)

   


°

VII. Duda (2)


A quién le importa nada.
A quién que no sea yo
bastándome de los engaños.

¿Mis intereses?
tus sobregiros.


°

VIII. Pulsos gratos


Nunca quise echarte de menos
pero vuelves redentora
como vuelve mi infancia
mientras se alinean los planetas
y cada telescopio escupe fuego
por los ojos de las niñas
que quisieron ser galaxias.


Mientras nada sea tu punto y aparte
nada me significa nada:

Las cartas con chocolates,
los primeros besos detrás de los primeros árboles,
las risas cómplices
el agua que escurrió por nuestro cuerpo
-la sacudida instantánea
luego de ese sexo
y esos dedos
y esa menta por mirada-
los cielos añublados,
turbiones y lágrimas rotas,
las hormigas sin casa,
el deleite de volverme y verte,
los saludos secretos
el arma suculenta que es tu lengua:
celajes perdidos
por vientos de junio.


°

IX. Partida doble


Viajes exprés encima de centauros
besos en las cumbres de montañas
viajes exprés en bicicletas
besos de silueta fina
viajes exprés bajo el rumbo de estrellarnos
besos en los semáforos
viajes exprés a nuestros gustos
besos a quien más tú y yo queramos.

Algo está siempre empezando
como triste verdad
como dulce mentira
vamos a olvidarnos de nada.


///




///


La serie fotográfica es de (el) peatón 

El video del intermedio es Turnedo, canción de Iván Ferreiro al lado de su hermano Amaro Ferreiro contenida en el medicinal álbum Canciones para el tiempo y la distancia

 Una primera aproximación, más rudimentaria y tremendista de estos (im)pulsos gra(vita)to(rio)s, puede ser leída dando clic aquí.


°

jueves, 28 de agosto de 2014

Paciencia ilimitada


(Otra fábula sin moraleja)




Paseaba su vestidura el cangrejo rozagante
terno blindado marrón y sonrisa socarrona de franco ganador. 

Dos gurruminos fueron anoche sometidos por sus pinzas rebosantes en aniquilación y furia sosegada. 

Fuera del hoyo conoció a la caracola con la que, provisto de paciencia ilimitada (amor es la palabra que utilizan en el reino de las plantas) caminó diez horas, apenas rozando la espuma de los mares. 

Entregarzas de puntas afiladas y saliva.

Poco antes: 
las claras del Sol, 
la búsqueda del árbol escondite, 
el tronco retorcido de sus vidas,
la calma que antecede a las tormentas, 
el beso inesperado y juguetón. 

Después: 
el niño taxidermista,
 la hormiga oportunista, 
la carroñera gaviota, 
las ansias de bronceado de todos los insectos.

°

¡Play!


La foto es de Roberto Trigo

°

miércoles, 27 de agosto de 2014

Tibio iluminarse de los afectos


(Un respiro)



Intuyo que nadie cree lo que digo. Al menos así no me he dado a la caritativa tarea de seguir tan vivo. Entreveo que las brisas me asedian en los túneles obscuros de un tiempo que se fugó dispuesto a no volver / Esta ventisca del otoño venidero. Seguro es ella la que aguaita al escritor cuando se torna presa. Palpitar estorboso, a medias, rutinario, vuelto nudo, de un núcleo sustancial entristecido. La pausa indebida: el tiempo fugado.


Creo que nadie intuye lo que digo. Irrebatible es el criticastro hacia la mala posición de mi sextante, allende los mares del espacio, estimulando mi raudo desvío de cada multitud en la que mal anido. Otra vez la cosecha sempiterna del mal tiempo. Otra vez las almas llagadas que se arrancan la tristeza con puntas ardientes de hierro. Otra vez la poca paz en lo que anhelo; el músculo vivaz de cada sueño; el tibio iluminarse de los afectos; la desusada calzada que por quejoso peregrino. Otra vez tu ortográfica hermosura en medio de la melancólica industria de los deberes mundanos. Otra vez mis epítetos tontos y las listas, las comas renegadas en cada servilleta de cantina. Otra vez las enumeraciones. Otra vez tú tras los velos delirantes del olvido. Otra vez nosotros a través de embozos níveos. Otra vez el sigilo de la memoria y el puente indomable hacia la remembranza, la tarde, esos saltamontes.


Digo lo que nadie cree que intuyo. Ni siquiera cedo en mis decires de nocivo caminante / Luego me distraigo / Este apaciguarme a lluvia torpe. Este diminuto gato que chilla. Estas veladoras que me calcinan la prisa y los planes. (Otra vez los planes. Otra vez los augurales malabares del destino. Las muelas del juicio. Los descansos que se otorgan mi cuerpo -poco prudente- y mi espejo -mucho arrogante-)

Nadie intuye lo que creyendo digo.

///


°

Todas las fotos de (el) peatón

miércoles, 21 de mayo de 2014

Los abrazos gratis






I.

Carla me inquirió estando en mis encimas cuánto del uno al diez yo le gozaba. Revelé que cien: ¡cien!  - prorrumpí con mis fanales radiantes - ¡diez es muy poco! Rauda se alzó de mi espesura, dio una precaria oleada a su cuerpo en el espejo con ese par de quinqués perfectos que su rostro tanto adornan, declaró dos anatemas, no encontraba su pelliza. ¡Está afuera: la enganchaste en la percha! Salió de allí gimoteando, dejándome el tálamo hecho un embrollo triste. ¡Soy una babieca!, dijo de un golpe cerrando la puerta. Anoche la vieron en Plaza Central con una proclama en cartón colgada en su cuello ofreciendo abrazos gratis. No usaba quevedos, ni cazadora, ni admirable colorete, ni aullidos ni iniquidades.

Así de inentendible fue todo el actuar de aquella madrugada.

II.

¿Cuánto me cuesta un abrazo de tu parte? La hallé en un café meses después de aquel desaguisado pendiente. La ciudad es tan pequeña que puede acomodarse en la órbita del ojo de un gigante. Desde la lluvia pertinaz miré la calidez de adentro y la noté enseguida a pesar de aquel tinte distinto en las hebras ondas de su cabello; no hay ojos más magnos que me hayan visto con las mismas ansias. Al darme el apretón indiferente sentí mi espalda mojada sobre las palmas tibias de sus manos. Hizo una mueca que en otras latitudes han bautizado como sonrisa. Se levantó de allí con presteza y pagó su espresso en el mostrador. Salió al temporal sin paraguas y caminó calle arriba hasta perderse entre los fulgores que ofrecen las noches pasadas por agua.

III.

Llegaron con octubre las hojas rojas en los vergeles. Los globos juguetones de los niños tristes poblaron cada esquina de los parques. Más de veinte lunas carnosas abrieron las rejas de los lobos que en las barras del otoño merendaban a damas con capirotes. En la estancia para el té, mientras la ciudad era trepanada cada tarde, me rodeó el invierno. Todas esas noches cené peras con queso curado y leche entibiada con brandy, miel y romero. No me bastaban los calambres del recuerdo y me acabé embutiendo cinco kilos al volver la primavera. Quizá unos más, ¡soy muy glotón con los recuerdos y tan triste en primavera!

IV.

Decidí andarme silencioso; como un grillo y de puntillas. Insecto palo para niñas traviesas. Sufrido esposo de la mantis religiosa. Cubrí con ámbar mi mirada y salí a transitar cada camino cercano a mis oficios: los ojos bien abiertos, sedienta la nariz de olores nuevos; así (de andar y caminar, de ver y soñar que toco) vendí una serie de fotografías que capté anteponiendo a la cámara un gran cristal sobre el que vertía agua o gasolina, pintura y aceite: "¡qué transgresor, qué remedo puntual de esta sociedad", "¡el artista muestra el umbral de la naturaleza humana derretida en antivalores y anticostumbres!", llegaron a escribir en los panfletos de arte mis críticos enamorados. Entre abril y mi terrible agosto también me ceñí a la antigua laudería; logré algunos pesos haciéndoles cajones a unos cubanos que mezclaban el son con la rumba y sonaban asombrosos. Me di al bien amar de la cocina, aprendí a componer relojes. Con tal de sepultar su nombre bajo la hojarasca de mi memoria, brindé por el intenso deseo sobre los colores: fui palpitar emocionado ante el lindo cabrioleo de las faldas floreadas de muchos de mis arropes. Tantas piadosas madres de tan audaces sabores, tantas señoras fugaces como de Camelopardalis.

V.

Tres años más ciego, más fatuo, más graso, más solo, me presentaron a Paulina Benavides y el mundo moderno se me volvió Gondwana, los mares más anchos, las tierras estrechas, la bóveda eterna,  los labios enjutos.  El 12 de septiembre de ese antier no tan lejano, y luego de notar con entusiasmo que a Paulina y a mí nos venía de maravilla cada embone, logré pulsar las venas de los horrores y le dije, enhiesto de alguna clase insana de orgullo paternal, que se fuera a vivir conmigo a “la montaña de los derroches” que era por mucho el a.k.a más justo que honraba cada una de mis cuatro habitaciones. Paulina dijo que sí, se mudó pasadas las fiestas patrias y tuvo a mal descubrirme en un entuerto voluptuoso con una estudiante de danza. Se fue con sus tres maletas y un termo que tardes atrás había olvidado por fútil despiste.

VI.

Los dos ojos negros (o instantes de furia) de Carla me vieron pasar a su lado. Tras varios años sin verla y lleno ya de mapas corporales tatuados en los siete mares, sus dos ojos negros me vieron pasar a su lado. Pequeña figura morena, cabello brillante y muy corto, blusa a rayas blanquiazules con los hombros descubiertos y pecas acaneladas. La suma de mis deseos me vio pasar a su lado y me tomó del brazo: ¡cómo has subido de peso! Hubo un silencio muy tierno, hubo su cuello en mis ojos, su yermas muecas sonrientes atropellaron mis labios, hubo su antiguo calor manifiesto y sus poros transpirados. Diez kilos, le susurré. ¡Diez es muy poco!, sonrió al regalarme un abrazo.

VII.

Play!


La foto es de (el) peatón


martes, 20 de mayo de 2014

Atención a los detalles


A Cris, Pepe, Yayo, Yoyo y Pato
por las tardes en la cocina



Es cierto: lo vimos estando juntos; entallado en elegante traje obscuro con una fiera rosa en el ojal. Declamó para mi padre y, por sombras gentiles, para mí. O hubiera escrito también, "para aquella entonces volátil figurita diminuta que era yo". Parió la poesía con su voz de intenso aspecto y un par de buenas manos batiéndose en el aire espeso de la taberna. Era Madrid, finales de un invierno. Manuel Benítez postróse entero sobre el tablao que habían montado dos estudiantes amigos de papá en los años mozos de la tuna y la estudiantina (casi lo mismo, venido a ver, en términos cuajados).

Sí: lo vimos estando juntos; tras la montaña un arcoíris doble bajo el ala protectora de los aires frescos que trae la lluvia por consecuencia, cuando abre la tarde en mi pueblo y entona la resolana sus cantos para deleite nuestro. O hubiera escrito también: "para bien de nuestros rostros fríos, nuestras mejillas enjutas, cada calandria en abril aligerada por ese viento". Era Xico, albores de primavera; y mi madre intentaba alzar al vuelo un papalote para gracia de su pequeño. Habíamos comido berros con requesón por la mañana junto a un riachuelo cascajo.

Juntos lo vimos estando: dejándose ser, toreando, a Curro Rivera en una plaza de antaño con gotas de lluvia que enviaba el cielo y que triunfaban en las corolas de los hombres calvos.

Los vimos juntos también: desde una palapa desierta, nadando entre la tormenta, a trece delfines salpicando el mar abierto, mareándonos las pupilas envueltas en el Pacífico. Un cadáver de pez vela, dos orcas remotas, cientos de peces voladores vimos también y tan juntos.

Estábamos juntos y vimos: al granizo romper la cosecha de eneldo, a las hojas rotas del eneldo perfumando el aire con su olor anisado y de limón, al viejo limonero chino tirándole sus frutos a los niños, a los niños de mi cuadra crecer y dejar de reírse por cualquier andanza.

///

Vimos cada caminar en cada instante de cada fiel mirada; vimos lo que ofrecemos hoy al mundo, lo que el mundo nos devuelve, lo que el reino del tiempo va dejando, lo que la muerte reconstruye, lo que la vida nos propone, lo que labran las familias, lo que los pájaros hablan, lo que en la noche estrellada sucede y, de sucesos hablando, lo que quedó de los árboles de hule cuando cayeron con estruendo tras la surada caliente y feroz que cada junio azotaba las quintaesencias veracruzanas.

Nos enseñaron a usar los ojos, a ponernos los pantalones y amarrarnos bien las agujetas. Nos mostraron cómo nacen los pollos si dejas que un foco alumbre un huevo fértil durante algunos días. Dieron lección para alimentar a un gallo que resultó ser peleonero. Nos explicaron de qué estaba hecho el caldo esa tarde en la que el ave bravucona maltrató bastante al perro.

Pusieron atención a los detalles: nos mostraron cómo conectar la vista y el olfato, cómo paladear castañas sin quemarnos, cómo cortar toronjas sin enterrarnos espinas, cómo palpar los higos sin magullarlos.

Nos enseñaron a usar los ojos, a caminar a través de lo que vimos juntos, a quererse por lo que hicimos juntos y a dar en el hoyo de los errores, juntos.

Nos enseñaron a usar los ojos, el viento a favor, las herramientas domésticas. Nos dijeron cómo caminar en los museos, cómo sentarse a la mesa y ser amables, cómo aguantar la respiración debajo del agua, "dórico, jónico y corintio" repitieron, "barroco y churrigueresco", "Van der Weyden y Velázquez" se pelearon, Japón y el "no me interesa", "Ama y haz lo que quieras", "Siempre hay una ventanita abierta", "Poco a poco, Paco Peco, poco pico", "Sol, seca el agua, que no quiere apagar el fuego, que no quiere quemar el palo, que no quiere pegarle al perro, que no quiere morder a la oveja, que no quiere comerse la yerba, que no quiere limpiarme el pico para ir a la boda de mi tío Perico"...

///

"Yo tuve una vida y no me acuerdo" cantó de repente esta tarde Campello; y quise vivirla de nuevo.

¡Jo'er, matxo!



°

Las cursivas finales son un breve fragmento del cuento "El gallo de boda", de Ruth Robés Masses y Herminio Almendros / La foto es de... bueno, yo... yo quisiera decir a mi favor... yo tenía un diente en aquellos entonces...


martes, 13 de mayo de 2014

Cuatro Carrasquenses


(bajo una lenta progresión
en la pérdida de los sentidos)




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I.

Tengo tréboles viejos en álbumes viejos. Rojos botones que cayeron en la cara de una novia. Unas hojas de albahaca aprisionadas entre micas. Miro el mar verdusco si entrecierro la mirada y sé contar estrellas sin señalarlas. Turbia la plaza de la Verónica forzada. Turbia la intencionada cornada.

Campeón de los desprevenidos, soy, divina mentira, el más precoz de los hombres excedidos. Sucio hilvanar con dramas, llantos, sacudidas. Lento en todas las despedidas, libidos vencidas, camas e inventarios, sueltos tantos textos, tanto manjar encriptado en tus aguas azucaradas. Libres las letras y las palabras, libres hembras que han planeado en sobres lacados hacia otros destinatarios.

II.

Soy, más que menos, la entraña del pensar que se trunca por violenta. La aurora austral que evaporan los pingüinos. Soy el callejero, el diamantino, el sibarita postergado en cada postre; cigarrillo de mentol para tus asmas, viento a discreción en la entrepierna, lobo derrotero en tus cabellos, tronco en cada labio inferior de tus deseos, vívido espejismo, toro descastado. Más que menos soy también la manzana de Adán bien injerta en los huecos de mis Evas.

Ando el camino a machete, tuerzo figuras de monos y con ramas largas me decoro. Viajo sediento en estampa, pesado en silueta, rodeado de dagas, culpable de farsas.

III.

Bandido turbulento con gritos, cientos de poses, amenazas; quieto a mi pasar, sólo la aguja avanza, férrea en tus ombligos se esconde, penetra también tus labranzas. Cada "te quiero adentro", y cada que te retractas, una nueva aguja va desgañitando tus ansias.

Y dado que la posees, la abrazas con nunciatura, tengo que darte la aguja que acabe, puesta de mañas, con tantas, tantísimas ganas.

IV.

No por lunares esto soy, no por lumbre, tarde, luces, hijos rotos, esto soy. No más cartas sin más postilla. No en tus lugares ni en mis estepas te doy al galope entero. Ni yo te pongo alunada ni tú sabes cuál es la Luna. Esto soy: no el que araña ni el que rasguña, no el que quieres entre tus cunas, no aquel duende que se convierte de pronto en maraña. Esto doy: todos los besos de muerte. Todas las posesiones. Todas mis alimañas. Todos los trajes que usé. Todas y cada mañana. No nunca más los "contigo". No, nunca y ya nunca, sin ti. Ya no te acuerdes de mí; soy por placer, ya lo dije: soy tu enemigo, el esquivo.

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El óleo es de Walter Zuluaga


lunes, 12 de mayo de 2014

Debut XII





°

Es muy quieto el cielo si lo miras con ahogo; estática la bóveda, tremendo el tanto espacio para no estar bien contigo. Parece de momento que no hay nada allá arriba; que desde acá, los que aún están dejaron de estarlo y los que ya se han ido no volverán a verte nunca.

Mi tristeza es azul cielo de noche con reflejos lejanos de ciudad palpitante. Solo el cielo con sus millones de estrellas e infinitas rondas en bares infinitos y solo yo con tanto cielo a cuestas y tan pocas ganas y tantas apuestas.

Soledad de cielo ardiente y de cigarras enterradas. Cansancio emocional, descanso que perturba, humos y gestos de tragedia, hongos terribles que revientan al planeta. Indómito limbo de los caídos, paz fulgúrea a los que bien vivieron, toma y daca de las decisiones diarias.

En medio: la desidia al ultimátum, el rostro del minero que prefiere el carbón al aire puro, el ala del insecto que perdió sus batallas contra gatos juguetones, la lluvia enloquecida que inundó las casas y mojó los corazones de la gente inamovible, el trueno impuntual que incitaría al grosero pensamiento aquel de las tormentas y las calmas consecuentes.

Hoy la angustia se ha declarado en bancarrota y ha puesto en venta sus terrenos para que yo los compre a bajo precio, edifique en esos suelos, adorne con insanos pensares y convierta cada estancia de aquellos habitares en actos delictivos, llanas y simples matanzas: más oro que se me escapa, más vida que ya no riego, más tumbas con esperanza.

/

Callado el cielo si lo miras tan abatido. Supramundano el silencio de tu padre que acaricia tus mejillas con el céfiro de la aurora ensoñadora.

No vales una migaja de ese cielo, piensas, y te duermes. Todo el día te estás durmiendo, piensas, bebes agua fría que te aturde la garganta, y te duermes.

Sin cielo, sin agua, casi también sin vida despiertas bajo el tictac insolente de los gallos que ya no te cantan y notas, gris de semblante y animoso en tonos menores, que el cascabeleo de las bicicletas amarillas y matutinas, que los piares de exóticas aves consteladas, que el humo de los motores, las hadas en faldas cortas, los perros que se pasean, el olor de los cafetines que abren sus ventanas, (¡notas tan pálido de muerte!) ya no te devuelven la dicha de tu infancia.

Así te precipitas a la calle, fuera del confort que emana suave de los muros frescos hacinados en el almacén de concreto en que te hundes. 

No vales una migaja de ese cielo, piensas; y en el taxi dibujas tu sonrisa de robot cuando un espejo se te cruza, y callado te maldices. La tibieza te maldice. Los hombres con corbata en los semáforos te maldicen; te maldice cada tacón de aguja rumbo a los hormigueros laborales. Tus fracasos te maldicen, tus erróneos movimientos de durmiente, tu infatigable sed de ser más pequeñito, cada tatuaje de los huesos, cada entramar que se te escurre te maldice.

No llegas nunca ¿a dónde vas? 

°


La foto es de (el) peatón


martes, 29 de abril de 2014

Debut XI


- Mañana no preguntes por mí -




No estaré. 
(Y si estoy, quizá me esconda. Y quizá ni haga falta esconderse: seguimos siendo las mismas máscaras de todas nuestras noches. Allí estás tú, por ejemplo, pensando que te traerán nuevas dichas los vientos del sur; como si fueras mar o tormenta, como si estuvieras bien plantado y te hicieran falta sedimentos, grasas, abono, humedad. Son las mismas dichas, pero hemos aprendido a odiarlas. Son los mismos ojos, pero nos los quitamos de encima para ver a nuestro modo. Allí también estás tú, a conveniencia por ejemplo, para dormirte al borde de los abismos y de culturas. Dormirte (¿te escuchas?) como un hurón viejo. Allí estás tú, ¡ladino boicot de tu vida!, fuego helado, equívoco silencio que no llega a desgajarse. No estás en el eco de las bocas que has besado ni en el ritmo de tus pasos por las calles ni en la antigua nombradía que te tiene cobijado. Allí sigues estando; en los patios, por ejemplo, con tus perros y tus tardes y tus libros, tus cascos, tu animosa estrechez ante el movimiento de las agujas del tictac. Allí vuelves a estar, por ejemplo en las ventanas, o en cada puerta nunca abierta, o a las orillas de todas las mesas, todas las ansias, todas las tretas. Viviendo a orillas de todo lo que no conectas. Te has vuelto malabares sobre zanjas y sigues creyendo que caes con gracia. Te timaste por mirón y por kilo vendiste las ganas, la euforia, los retos, los celos, el ego, las montañas, la lluvia, los pasos tuyos, ¡tus pasos!, tu frente y cuello, tu sibarita avanzar, tu entramado; vendiste tu historia y cada gota de ahínco con la que peleaste al nacer. Aquí estás. No hace falta que te escondas. No estaré.)
Y si estoy, déjame a mí las respuestas. 

- déjame aprovechar las sonrisas en las calles -


El cielo es de (el) peatón

°

lunes, 31 de marzo de 2014

303 días después


Infusión
Obra completa



(Musiquita para relajarnos)


Durante una tarde de mayo del año pasado recorrí el refri y el pensamiento buscando ideas frías. Y encontré una muy caliente: volver a escribir en mi blog que, si bien no había abandonado, lucía pálido de efigie.

Idea fría: escribir por deleite de crearme más y diferentes mundos efímeros. Escribir ficción. Inventar dolencias y placeres de personajes que probablemente nunca podría llegar a ser (por mi nimio interés en ser alguien más de lo que soy) dada mi cobardía y el infatigable paso de los años sobre mi redonda figura.

Nunca he sido disciplinado; gozo de un trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad (o creo gozarlo) que me aferra al orden preestablecido del universo: mi universo, mi física y mi tiempo. Eso es tan distinto a la disciplina y la constancia creativa que sugiere ciertos huecos en mis momentáneas encerronas con las musas... y en mis devastadores enamoramientos; pero eso no viene al caso.

Dicho lo dicho, pensé en escribir 30 cuentos no mayores a los diez párrafos. Uno diario, un mes, una taza de té mientras eso ocurre. "Salir fortalecido", dije en voz baja para no ser escuchado, volver a mis antiguas glorias de desenfreno existencial y literario llegadas tan sólo hace cinco años. 30 cuentos, 30 días, 30 tazas de té. Y volver a empezar. Escapar de la monserga de escribir por escribir. Fijarme objetivos. Diversificación es diversión.

Y aquí están, 303 días después, los resultados.
(Guárdese sus comentarios)

PARÉNTESIS DE APERTURA

Infusión es la tercera serie que completo. Las dos anteriores (Debut y Dilecciones, que puede usted encontrar al costado derecho de esta bitácora electrónica bajo la columna Barrios) fueron monotemáticas.

La primera, de diez entregas, revisa mi adaptabilidad a los cambios que ha sufrido (el) peatón, tanto en diseño como en maneras de utilizar el lenguaje, y es más bien una suerte de ejercicios que no tendría por qué haber publicado -y que, venido a ver, ni siquiera sé muy bien si esté "completa"-; cosas del ego, como este texto, como este blog: cosas del ego. Arrebatado, incluso, por cambiar de estigma, intenté desaparecer mis rastros a través del Debut X. Por supuesto, no lo logré: para desaparecer hay que ser constantes.

En Dilecciones, sin embargo, la fuerza motora de mi núcleo sustancial que (perdone la franqueza) ha sido siempre amar y ser amado, se me fue de las manos. Así surgieron treinta textos en los que utilicé un lenguaje más ramplón y coloquial para generar conversaciones lo más humanamente realistas entre dos enamorados.

A esas entregas, se les sumaron después doce garabateadas imágenes sobre el desamor y los celos. Hoy se muestra completa luego de haber desaparecido un par de años del blog y puede usted leerla con los 42 incisos.

PARÉNTESIS DE CIERRE

La serie Infusión no consiguió extraer de mi cerebro envenenado el mal bicho de la desidia y la poca perseverancia, pero sí dio luz a una faceta distinta en mis umbrales creativos. Por ello le debo mucho y la atesoro desde ahora como un premio de consolación a los diez improductivos meses que tardé en terminarla.

Su numeración sólo corresponde a un registro elemental de mi lentitud hacia la vida; un mero orden cronológico que supo trazar algunos esquemas sobre los temas a tratar, las formas narrativas y la experiencia misma de ir aprendiendo palabras en desuso.

Por ello sugeriré un orden (recuerde usted mi trastorno), más de fondo que de forma, y que no pretende ser paradigma para su lectura sino sutil acomodo de tópicos o circunstancias. Vaivenes emocionales que en el continuo desdoblamiento (canalla o hipócrita) que supone para  un servidor el acto de escribir, servirán de menos para entretejer de modos más honestos este enredijo sin cabeza que tuvo a razón perdida llamarse: Infusión.

Los dos bloques que le presento muestran los vínculos a cada entrada, lo que le permitirá navegar con más comodidad por este mar de nombres propios y sustantivos.

Espero que disfrute el trance y logre conectar con más de uno. Sírvase un té de lima y tenga a la mano sus galletas. Feliz viaje. Gracias por leer.


INFUSIÓN
OBRA COMPLETA

PARTE 1

(La vanagloria de esa tarde de mayo. 
Una introducción)

(Extrovertidos escupitajos sin sentido)

(Mejor no hablar del pasado)

PARTE 2

(Cuentos para niños y adolescentes)

(Cuentos de malicia y regocijo)

(Cuentos para envejecer)
Tangentes:
a) Primera
b) Segunda

(Breves homenajes a la literatura de la Onda)

(Rendición de honores a la Naturaleza)


F I N  D E  S E R I E