miércoles, 3 de setiembre de 2014

(im)pulsos gra(vita)to(rio)s


(vómito textual con corrección)

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I. Enunciación


Nada significa nada.
No es no.

El vergel donde retozas es un verde no;
el arroyo en el que nadas: no bajo las ondas de tus calmas;
los astros vespertinos son un no a las calles sin farolas,
y la merienda, si vasta: pesadillas de carne con gusanos.

Las criaturas noctívagas:
lechuzas que no
debes ver
la gasa de la mujer fantasma,
la mesa triste de raso tablón
donde se barajan cartas
de las magas
con tatuajes,
y amuletos de esmeralda
predestinan:
-tocan tu luz, tu mantilla-
“vas a enamorarte”
(gimen las pitonisas).

El centro del planeta: lava helada
gritándote que no te sueltes.

¡No te sueltes!
Nada significa nada.


°

II. Duda


¿Mis retardos y mis logros,
mi enfermiza poma que tengo en la cabeza,
tu lunar en la entrepierna
¡y todas tus hijas con hijos!
el viento que apenas aletea
por encima de las palmeras
este calor salado
que te deja la noche
oliendo a invierno en primavera,
cada relámpago
que ilumina tus ojos marrones
o son azules
de mar
mis recuerdos?


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III. Diálogo


¿Todo significa nada?
No es no.


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IV. Infanticidio


No es en tus tampocos,
ni en tus sueños
donde  yo me yergo con la noble figura bulliciosa
de cabellos vueltos trenza en mis ayeres.

No me visitan tus multitudes.
No me fundo en valeroso traje
ni hablo de deportes con amigos
ni camino despacito
y a tu lado
mientras te terminas el helado.


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V.  Impulsos gravitatorios


Ya no pinto acuarelas
- te gustaban.

Ya no buceo
en picada desprendida
buscando el talud continental
desdibujado
por temblores nuestros
luego con agua y saliva
lavados.

Ya no canto las de Callas
Ni toco a Zitarrosa
en la guitarra de Paracho
ni en la ducha
silbo mientras cae la lluvia afuera.

Ni me disfrazo de fiesta
ni de orquesta
ni de one man band
ni de coma limpia que me ensucie la hoja enhiesta.

Ni ando a marchas forzadas
ni hago rimas forzadas;
(risas)
me dejo llevar:
(más risas)
ya nada significa nada.


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VI. Intermedio


(Nunca escucho a Ferreiro estando solo
por miedo a ponerme sereno.
Todas mis tizanas
se siguen pudriendo en la alacena)

Me taché de la lista de pendientes
e hice caso al holograma:
más acciones
menos dramas.

(Play!)

   


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VII. Duda (2)


A quién le importa nada.
A quién que no sea yo
bastándome de los engaños.

¿Mis intereses?
tus sobregiros.


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VIII. Pulsos gratos


Nunca quise echarte de menos
pero vuelves redentora
como vuelve mi infancia
mientras se alinean los planetas
y cada telescopio escupe fuego
por los ojos de las niñas
que quisieron ser galaxias.


Mientras nada sea tu punto y aparte
nada me significa nada:

Las cartas con chocolates,
los primeros besos detrás de los primeros árboles,
las risas cómplices
el agua que escurrió por nuestro cuerpo
-la sacudida instantánea
luego de ese sexo
y esos dedos
y esa menta por mirada-
los cielos añublados,
turbiones y lágrimas rotas,
las hormigas sin casa,
el deleite de volverme y verte,
los saludos secretos
el arma suculenta que es tu lengua:
celajes perdidos
por vientos de junio.


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IX. Partida doble


Viajes exprés encima de centauros
besos en las cumbres de montañas
viajes exprés en bicicletas
besos de silueta fina
viajes exprés bajo el rumbo de estrellarnos
besos en los semáforos
viajes exprés a nuestros gustos
besos a quien más tú y yo queramos.

Algo está siempre empezando
como triste verdad
como dulce mentira
vamos a olvidarnos de nada.


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La serie fotográfica es de (el) peatón 

El video del intermedio es Turnedo, canción de Iván Ferreiro al lado de su hermano Amaro Ferreiro contenida en el medicinal álbum Canciones para el tiempo y la distancia

 Una primera aproximación, más rudimentaria y tremendista de estos (im)pulsos gra(vita)to(rio)s, puede ser leída dando clic aquí.


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jueves, 28 de agosto de 2014

Paciencia ilimitada


(Otra fábula sin moraleja)




Paseaba su vestidura el cangrejo rozagante
terno blindado marrón y sonrisa socarrona de franco ganador. 

Dos gurruminos fueron anoche sometidos por sus pinzas rebosantes en aniquilación y furia sosegada. 

Fuera del hoyo conoció a la caracola con la que, provisto de paciencia ilimitada (amor es la palabra que utilizan en el reino de las plantas) caminó diez horas, apenas rozando la espuma de los mares. 

Entregarzas de puntas afiladas y saliva.

Poco antes: 
las claras del Sol, 
la búsqueda del árbol escondite, 
el tronco retorcido de sus vidas,
la calma que antecede a las tormentas, 
el beso inesperado y juguetón. 

Después: 
el niño taxidermista,
 la hormiga oportunista, 
la carroñera gaviota, 
las ansias de bronceado de todos los insectos.

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¡Play!


La foto es de Roberto Trigo

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miércoles, 27 de agosto de 2014

Tibio iluminarse de los afectos


(Un respiro)



Intuyo que nadie cree lo que digo. Al menos así no me he dado a la caritativa tarea de seguir tan vivo. Entreveo que las brisas me asedian en los túneles obscuros de un tiempo que se fugó dispuesto a no volver / Esta ventisca del otoño venidero. Seguro es ella la que aguaita al escritor cuando se torna presa. Palpitar estorboso, a medias, rutinario, vuelto nudo, de un núcleo sustancial entristecido. La pausa indebida: el tiempo fugado.


Creo que nadie intuye lo que digo. Irrebatible es el criticastro hacia la mala posición de mi sextante, allende los mares del espacio, estimulando mi raudo desvío de cada multitud en la que mal anido. Otra vez la cosecha sempiterna del mal tiempo. Otra vez las almas llagadas que se arrancan la tristeza con puntas ardientes de hierro. Otra vez la poca paz en lo que anhelo; el músculo vivaz de cada sueño; el tibio iluminarse de los afectos; la desusada calzada que por quejoso peregrino. Otra vez tu ortográfica hermosura en medio de la melancólica industria de los deberes mundanos. Otra vez mis epítetos tontos y las listas, las comas renegadas en cada servilleta de cantina. Otra vez las enumeraciones. Otra vez tú tras los velos delirantes del olvido. Otra vez nosotros a través de embozos níveos. Otra vez el sigilo de la memoria y el puente indomable hacia la remembranza, la tarde, esos saltamontes.


Digo lo que nadie cree que intuyo. Ni siquiera cedo en mis decires de nocivo caminante / Luego me distraigo / Este apaciguarme a lluvia torpe. Este diminuto gato que chilla. Estas veladoras que me calcinan la prisa y los planes. (Otra vez los planes. Otra vez los augurales malabares del destino. Las muelas del juicio. Los descansos que se otorgan mi cuerpo -poco prudente- y mi espejo -mucho arrogante-)

Nadie intuye lo que creyendo digo.

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Todas las fotos de (el) peatón

miércoles, 21 de mayo de 2014

Los abrazos gratis






I.

Carla me inquirió estando en mis encimas cuánto del uno al diez yo le gozaba. Revelé que cien: ¡cien!  - prorrumpí con mis fanales radiantes - ¡diez es muy poco! Rauda se alzó de mi espesura, dio una precaria oleada a su cuerpo en el espejo con ese par de quinqués perfectos que su rostro tanto adornan, declaró dos anatemas, no encontraba su pelliza. ¡Está afuera: la enganchaste en la percha! Salió de allí gimoteando, dejándome el tálamo hecho un embrollo triste. ¡Soy una babieca!, dijo de un golpe cerrando la puerta. Anoche la vieron en Plaza Central con una proclama en cartón colgada en su cuello ofreciendo abrazos gratis. No usaba quevedos, ni cazadora, ni admirable colorete, ni aullidos ni iniquidades.

Así de inentendible fue todo el actuar de aquella madrugada.

II.

¿Cuánto me cuesta un abrazo de tu parte? La hallé en un café meses después de aquel desaguisado pendiente. La ciudad es tan pequeña que puede acomodarse en la órbita del ojo de un gigante. Desde la lluvia pertinaz miré la calidez de adentro y la noté enseguida a pesar de aquel tinte distinto en las hebras ondas de su cabello; no hay ojos más magnos que me hayan visto con las mismas ansias. Al darme el apretón indiferente sentí mi espalda mojada sobre las palmas tibias de sus manos. Hizo una mueca que en otras latitudes han bautizado como sonrisa. Se levantó de allí con presteza y pagó su espresso en el mostrador. Salió al temporal sin paraguas y caminó calle arriba hasta perderse entre los fulgores que ofrecen las noches pasadas por agua.

III.

Llegaron con octubre las hojas rojas en los vergeles. Los globos juguetones de los niños tristes poblaron cada esquina de los parques. Más de veinte lunas carnosas abrieron las rejas de los lobos que en las barras del otoño merendaban a damas con capirotes. En la estancia para el té, mientras la ciudad era trepanada cada tarde, me rodeó el invierno. Todas esas noches cené peras con queso curado y leche entibiada con brandy, miel y romero. No me bastaban los calambres del recuerdo y me acabé embutiendo cinco kilos al volver la primavera. Quizá unos más, ¡soy muy glotón con los recuerdos y tan triste en primavera!

IV.

Decidí andarme silencioso; como un grillo y de puntillas. Insecto palo para niñas traviesas. Sufrido esposo de la mantis religiosa. Cubrí con ámbar mi mirada y salí a transitar cada camino cercano a mis oficios: los ojos bien abiertos, sedienta la nariz de olores nuevos; así (de andar y caminar, de ver y soñar que toco) vendí una serie de fotografías que capté anteponiendo a la cámara un gran cristal sobre el que vertía agua o gasolina, pintura y aceite: "¡qué transgresor, qué remedo puntual de esta sociedad", "¡el artista muestra el umbral de la naturaleza humana derretida en antivalores y anticostumbres!", llegaron a escribir en los panfletos de arte mis críticos enamorados. Entre abril y mi terrible agosto también me ceñí a la antigua laudería; logré algunos pesos haciéndoles cajones a unos cubanos que mezclaban el son con la rumba y sonaban asombrosos. Me di al bien amar de la cocina, aprendí a componer relojes. Con tal de sepultar su nombre bajo la hojarasca de mi memoria, brindé por el intenso deseo sobre los colores: fui palpitar emocionado ante el lindo cabrioleo de las faldas floreadas de muchos de mis arropes. Tantas piadosas madres de tan audaces sabores, tantas señoras fugaces como de Camelopardalis.

V.

Tres años más ciego, más fatuo, más graso, más solo, me presentaron a Paulina Benavides y el mundo moderno se me volvió Gondwana, los mares más anchos, las tierras estrechas, la bóveda eterna,  los labios enjutos.  El 12 de septiembre de ese antier no tan lejano, y luego de notar con entusiasmo que a Paulina y a mí nos venía de maravilla cada embone, logré pulsar las venas de los horrores y le dije, enhiesto de alguna clase insana de orgullo paternal, que se fuera a vivir conmigo a “la montaña de los derroches” que era por mucho el a.k.a más justo que honraba cada una de mis cuatro habitaciones. Paulina dijo que sí, se mudó pasadas las fiestas patrias y tuvo a mal descubrirme en un entuerto voluptuoso con una estudiante de danza. Se fue con sus tres maletas y un termo que tardes atrás había olvidado por fútil despiste.

VI.

Los dos ojos negros (o instantes de furia) de Carla me vieron pasar a su lado. Tras varios años sin verla y lleno ya de mapas corporales tatuados en los siete mares, sus dos ojos negros me vieron pasar a su lado. Pequeña figura morena, cabello brillante y muy corto, blusa a rayas blanquiazules con los hombros descubiertos y pecas acaneladas. La suma de mis deseos me vio pasar a su lado y me tomó del brazo: ¡cómo has subido de peso! Hubo un silencio muy tierno, hubo su cuello en mis ojos, su yermas muecas sonrientes atropellaron mis labios, hubo su antiguo calor manifiesto y sus poros transpirados. Diez kilos, le susurré. ¡Diez es muy poco!, sonrió al regalarme un abrazo.

VII.

Play!


La foto es de (el) peatón