miércoles, 18 de enero de 2006

Lecturas Detestables 2/n

- Se salieron con la suya. Los dogmáticos del tiempo, del espacio y de la vida, se salieron con la suya. Hicieron que descubriera por méritos propios que el fuego quema. Se desquitaron por no saber acomodar más horas en un día, y así nació la noche; aquella triste dama en luto eterno que propaga los deseos más siniestros del hombre común, hombre que trabaja de 9 a 5 por un "miserable salario que no alcanza a fin de mes"*, casado con una mujer sociópata que lo atosiga con pagos, caprichos, negados besos, efímeros placeres carnales y que, encima de la ya dramática existencia del miserable, lo espía. Sospecha que mantiene un secreto romance con la de caja. Así entonces, el hombre sale a la noche y divulga sus torturas a desconocidos en barras viles que abundan en la ciudad, misma que no cesa de refrendarnos nuestra insignificante labor humanitaria. Llega luego, borracho y pleno, al hogar que le asemeja de inmediato una mazmorra, sonríe; sabe lo que tiene. -

> "El día es un desgraciado que le roba horas a la noche" dice Chavela Vargas. Y es ahí, durante las obscuras estadías de nuestra existencia diaria, donde por fin nos liberamos del terremoto interno que amedrenta todas las virtudes. Como bien preciado, la noche invita a los excesos; no más bailes de disfraces... sin máscaras ya, recordamos nuestro génesis. Pareciera que es, durante aquellos negros instantes, un volver a verme sin historia clínica o social, un deambular desnudo por las grandes avenidas. O mejor aún, un cigarrillo fumado despaciosamente sin el ruido de motores que hacen de cualquier momento, un fatídico y banal resultado. Una noche conmigo me deseo, conmigo a solas... y decirme todo lo que siento, sopesar errores, suspirar amores imaginarios, cantarme desafinado y valorarme sin ataduras de estatus. Después vendrá lo establecido y mandará mi futil romanticismo directito al caño urbano donde me encontraré con otros hombres grises, donde checaré crueles tarjetas bajo un inquisidor reloj, donde tomaré café con el enemigo, donde saldré por fin a la bella luz del día, a la que le pediré, por favor, que desarrugue mi corazón con la ternura de sus besos. <

* frase extraída de la canción "Princesa" - J.M. Serrat

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