lunes, 17 de marzo de 2014

Mereces vivir la primavera


Infusión
26 / 30

Para Elsa, Cris, Marián, Paula y Pablo



Play and read!



Inacabado, inexpresado, limpio de aventuras poderosas, seco en detalles, el invierno se te va de las manos. Ese punto allá distante es el Sol que tanta vida nos provoca. La Tierra ha dado las vueltas necesarias y en su órbita han sido lavados tus malos recuerdos.

Qué difíciles los domingos invernales ¿verdad? Ya se acaban. Podrías tener un poco de dicha al enterarte de eso. No desaparecerán ni tus manos regordetas, ni tus codos aún rosados, ni esa mirada que brilla tanto que pareciera estar siempre al borde del llanto. Nada de eso se irá con el invierno que acelerado vuelve ya a sus cometas lejanos. Ya lo tendremos de vuelta.

Pasaste la prueba del frío que sentimos cuando los árboles se secan y la niebla espesa se manifiesta en cuerpo, alma, praderas cenizas y olvidados ríos. Pasaste la prueba y mereces vivir la primavera.

Mereces la primavera por bonita y por floral, por risueña y por coqueta; mereces cada miel de las abejas, cada polen incrustado con ímpetu paciente en margaritas.

Ya verás los abejorros en abril y escucharás con desenfado el canto de ciertas aves que pueblan el jardín de tu abuela cuando llegan los primeros aguaceros del quinto mes que nos trae el año. Agua y ruido sí, chiquilla de ojos pispiretos; agua a raudales, en tormentas, con crecidas en los ríos y árboles gozosos de nuevo alimento.

La primavera es emocionante y conmovedora para todos los niños, y no serás la excepción. Tu madre, entrados los primeros días soleados, te vestirá de blanco y acomodará (con el pasar de las horas) moños en diversa tesitura y policromía. Y te sacarán muchas fotos junto al perro que te asusta, pero ya no verás colmillos con saliva en Yaqui sino ojitos juguetones donde se reflejan libélulas. Los perros siempre están jugando pero en invierno se asustan. No se lo digas a nadie, que quede entre tú y yo.

Tu transitar por esta renovación del planeta que ahora habitas durará tres meses y yo dejaré de ser tu "amiga secreta que vive en los eucaliptos" como bien le cuentas a tu hermana. En verano nadie nos necesita, ¡verás con agrado cuántos compañeros te invitan a comer y reír y nadar a sus casas! El verano es tan terrestre, y en otoño tus padres querrán que empieces clases de piano.

Ya volverá el invierno y con él las escondidillas en casa de tus primos, o los cuentos de papá en la chimenea o las camas con esos molestos monstruos que viven debajo aterrados por el frío. Pero no temas que allí voy a estar ayudándote a dormir mientras te cuento de mis nuevos amigos al otro lado del mundo; los que viven el invierno mientras tu vistes de blanco.

En nueve meses regreso, saltarina, y el invierno volverá a ser nuestro. Las nubes ya avizoran otro cielo más azul y los pastos crecidos de tu infancia te esperan calurosos para que tiendas edredones sobre ellos y bañes tus muñecas al sol de la tarde apacible.

Los minutos gotean durante el invierno ¿sabías? Lo que parecen 91 días se convierten en años de conversaciones, inventos y juegos donde sólo tú y yo mandamos. Así que voy y vuelvo Sofía; la Tierra sigue girando muy aprisa.

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El bosque de eucaliptos es una foto de Teresa Schnokea

.26.

jueves, 13 de marzo de 2014

Desdoblamiento sobre un cuento del Rainforest


   Infusión
25 / 30




En el jardín se queman las sorpresas, le dijo inexpresivo Antonio a su hija de cinco años. Ella no entendió que su padre, llevado por la escasez sentimental y el brandy barato, jugaba con el lenguaje de formas arteras: "en el jardín se queman las sorpresas" era una suerte de "¿por qué no te inmolas junto a ese árbol?".

Su hija deviene del sexo que ese agosto y sin condón practicaba por rutina con una compañera regordeta de intercambio, chilena, que sus padres aceptaron para hacerse de un poquito de dinero y poder techar al fin el traspatio. Es todo; así de elemental se le sigue yendo la vida a Antonio.

Sin embargo, Antonio, hoy con 22, continúa imaginando (durante las sequías de mayo) cómo detener los incendios que azotan al bosque que mira ensoñado todas las mañanas desde los amplios ventanales de su habitación. Tan grande ese bosque. De niebla, le llaman en sus vientos: caducifolio, frondoso, bajito. Él prefiere llamarlo Rainforest desde que leyó el término en una revista ilustrada de la National Geographic. Tiene sus cosas Antonio, como todos.

Pues eso; ha malgastado siete años yendo a cursos con instancias forestales que le indican que "esos incendios, Antonio, son parte vital del bosque". Y él no comprende. "Esos incendios traerán de forma natural un equilibrio en ese bosque, Antonio; te lo hemos dicho". Y él no comprende. ¿Por qué tendría que comprender además lo incomprensible? Serán cosas de dinero y de gobierno, seguramente es eso.

Y es que debiera usted saber, taciturno lector, que el muchacho fue soldado del bosque antes de ser papá: guardia forestal. Lo uniformaron, le expidieron una licencia para mantener a raya a los taladores ilegales, incluso hubo un corto tiempo que montó una moto de montaña para poder recorrer las grandes extensiones de la reserva. Fue feliz allí, sin más adicción que el sonido del viento minándose entre olmos y (a mayor altura) pinares.

Fue muy feliz allí, debiera precisar. Usaba todo el tiempo unos auriculares preciosos sin cables, caros y ergonómicos, autoajustables en volumen, impresionantes. Y la música generaba en él tanto gozo, tanto placer colosal, inconmensurable e infinito, que al final de la jornada se sentaba al borde de un barranco desde donde podía admirar la gracia eterna de Dios (Gracia con mayúscula inicial, me dicta la conciencia) y sacaba una cinta de su mochila que había grabado repitiendo la misma canción una y otra vez: Conferring with the moon, de William Ackerman.

Entonces se abrochaba el rompevientos y la cara se le hinchaba lentamente por el frío, las estrellas, los grillos, las cigarras, el rocío sobre los pastos, la mirada, ¡el alma misma enhiesta de felicidad y silencio! Todo el universo en sus ojos, toda la entraña natural de ese Rainforest: lagos lejanos vueltos presas, riachuelos en los que calman su sed algunos caballos salvajes, cabañas de las que se desprende un humo con sabor a café y a canela, ciénagas creadas ex profeso para sexo salvaje entre ranas y sapos, tímidas luces provocadas por cientos de luciérnagas en época de apareamiento, zorros arrullando a sus cachororos, líneas celestiales verdiazules para pedir cien mil deseos...

¡Y allí se pasaba la noche entera durante sus vacaciones un guardia forestal de quince años! Inaudito. Y los padres felices que nunca lo querían cerca; pero esa es otra historia más cargada de lugares comunes y pocas imágenes que remitan a la naturaleza. A que es bonito lo anterior ¿no? El bosque, la musiquita, los insectos, la introspección como una metáfora de plenitud de arroyos en calma. Sí. Definitivo. Muy bello.

Pues eso, asustadizo leyente, eso se terminó el día que su madre decidió que Dafne llegara desde Chile a dormir a su casa durante el verano con su candente y nada despreciable voluptuosidad y cargando dos senos hermosos por descomunales y gigantes por escasos en decoro. Eso, o ella, a dormir a casa en el cuarto contiguo al de un chico de 17 años con mucho acné. Y listo: sexo perpetuo, experimentación acústica, y nueve meses después una hija para Antonio. Y para Dafne, por supuesto, quien se vio forzada por sus padres a vivir en México y a seguir engordando.


Sí, el último párrafo ha sido deliberadamente misógino pero había que entender la penosa situación para que ayer Antonio pidiera a su hija de cinco años, bajo poéticas formas si se quiere, que se prendiera fuego en el jardín. Seguimos siendo egocéntricos. Ese es el problema.

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La asombrosa foto es de John McColgan
del Alaska Fire Service

< veinticinco >

lunes, 10 de marzo de 2014

La gente se muere


Infusión 
24 / 30




Rescatado del espasmo de sentirse vivo murió Santiago la mañana que decidió cambiarlo todo: cuerpo, mente, espíritu, dieta de drogas, gustos musicales, pasajeras pasiones por la pesca y el modelaje sin alambre en plastilina; cambiarlo todo –pensó- y se murió.

     Apenas seis días atrás bebía licor de naranja al lado de una treintena de personas que lo amaban. Lo querían por tibio y por saber escuchar con calma y sin prejuicios. (Paolita, una antigua compañera de la universidad le había dicho a Santiago -durante un masaje antes de una clase de semiótica- que estaba destinado a ser querido por su cuello en calma: ¡siempre estás tan tranquilo, Santi!) 

     Quién iba a pensar sobre la madrugada y el baile, sobre los besos robados y otros abrazos cariñosos que partió y repartió entre comensales esa noche, quién iba a pensar sobre las últimas copas del alba, quién iba a pensar que Santiago iba a morirse así de pronto por querer cambiarlo todo.

     La gente se muere, murmuró Esteban durante el sepelio. La gente que está más viva también es la que más condenada está a morirse; al menos eso han escrito muchos romanceros sobre la fútil existencia de tantos amigos caídos. (Esteban siempre creyó saberle leer las plantas de los pies a Santiago: amigos y hermanos como ellos son atestigüados sólo de cuando en vez y en esas veces se topa uno con la mirada envidiosa que a otros se nos sale desde adentro. Así de lujosa es la amistad.) / Sí, puede ser que lleve razón Esteban: la gente se muere, y la Tierra, aún tan inexplorada, sigue quedándose virgen.

     Ese sábado a las diez ya habían nacido los mirlos en el avellanar del bosque contiguo a esa casa de madera que antaño diera cobijo a muchos otros escultores mexicanos. Cuernavaca en abril es especialmente asombrosa en luces y rellanos de sombras por donde se escurren buganvilias, y los muros blancos parecen de pronto más blandos. 

     Allí se fue a extinguir apenas pisados los 40. Embolia, dijeron dos periódicos que quisieron destinarle una nota sin foto en interiores a uno de los más grandes labradores de granito que diera este asombroso país en el último siglo.

     De la muerte quedan escuetas palabras; parece que al lenguaje se lo llevan las hormigas en pequeños pedazos de calidez y lontananza: se dijo lo dicho en la distancia y sólo en el recuerdo se siguen cocinando a fuego lento las frases de los muertos. Calidez y lontananza que encontró Santiago a través de la gubia y el martillo.

     Y le quitaron eso por querer cambiarlo todo. Dios, o el diablo, o el aguarrás, o los pulmones defectuosos de su niñez, el polen, o la desgana. Sus miedos, sus resacas, sus obscuras ambiciones, ¡sus terribles decepciones le abrieron el pecho!, y ya sin alas mutiladas, lo tiraron al piso de un solo golpe. 

     Frialdad de sicario la que tienen nuestros vicios. 

     Yacido en su estudio, cara al suelo y con la nariz rota, sólo siguieron con vida los acordes que Brad Mehldau aventaba desde las poderosas bocinas que le había regalado su padre bien entrados los años 70. Nada quedaba de Santiago: ni su obra “inmortal”, ni su voz de trueno, ni el tintinar de hielos en su eterno old fashion con ginebra.

     Qué dimensiones notorias le ponemos al fin de nuestra vida ¡y siempre es a solas!, siempre sufrida, siempre sin ruido final aparatoso, tan de apagón, siempre sencilla, de ida sin vuelta, de vuelta a la base.

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La foto
parecida a cualquier end of the line que hayamos explorado, 
es de Leigh Louey Gung

°
- 24 -

martes, 11 de febrero de 2014

Té para cinco


Infusión 
23 / 30


- Vacío creativo sin concesiones -





Uno

Alienados, vencieron el miedo a terremotos y gobiernos; clamaron por familia honesta y se deshicieron de sus ropas, de sus bienes, de sus hijos inquietos y esposas mandonas. Pocos saben hacia qué lugar partieron.

Quienes los han visto cuentan que -ases de todo camuflaje- saben obscurecer la mirada cuando atisban rayos lejanos. Llega siempre en punto de las cinco la lluvia impertinente y no hay fogata; huyen como borregos asustados en medio de la campiña y agitan los brazos, los pañuelos blancos: ¡tapa esos leños!, dicen en su nuevo lenguaje silvestre y adiestrado.

Se está cayendo el cielo -¡mira esas nubes moverse como dragones negros!, ¡mira esas olas!, ¡mira ese mundo en torbellino!- y con uñas y pellejo se protegen de los dioses.

Luego bailan vencedores cuando la luna emerge por los mares y cede la noche el paso a las linternas, a los insectos, las medusas fluorescentes, a los cangrejos, el silencio, la caza en silencio, su caza en silencio, su silencio.

Valiéndose de pertrechos, colores, sinrazón, han sabido forjar amasijos de flores que luego cambian por mujeres al mejor de los postores. Saben reinar sobre lo secreto y hacia lo secreto divagan como ágiles monos entre las ramas que esconden a los árboles viejos de los / No. Muy... no sirve. ¿A dónde va?, ¿de dónde viene?, ¿cuál es el móvil, la estrategia, la línea directriz de tus "monos"? No sirve.


Dos

Le gustaban los sonidos y a mí la arquitectura de la planta de sus pies. De pies nos desarmamos al volar hacia la estepa carmín de nuestros espejismos áridos. Antes de partir, alimentamos una última vez a los colibríes que siguen llegando a esa nítida provincia del ensueño entrado mayo, cuando el sol se filtra en las gargantas de las ranas.

Antes de partir emergió el rumor de más grillos que acechaban desde hace algún tiempo los alrededores del huerto / ¡Qué coños! ¿"nítida provincia del ensueño"? ¡Qué mierdas es eso!


Tres

No tengo ganas de decirte lo mucho que presiento que el barullo universal de este diseño maltrecho ha desgastado los engranes y querellas que una tarde con estanque nos armaron de fuego y concupiscencia las orillas de tus labios y los míos. 

Quedose para siempre el rubor de mis mejillas metido en cada hueso, y el agua dulce de tus ojos se inclinó sobre mi sien amalgamada ya a tus pechos / Debes de estar bromeando al escribir 42 palabras sin una sola coma. Es buena imagen, puede servir más adelante, pero te estás repitiendo: "ya sé; como no se me ocurre nada, hablemos de amor, ¡y metámosle sexo!". Fino, torero caro ¿eh?, peatón acatrinado. No sirve, pues.


Cuatro

Me rompió la mano al saludarme. Hilos de escarcha salivosa escurrieron de su barba luego de la gentil carcajada que tras de sí soltó. La marea bajaba tanto en abril sobre el plano inclinado de sus playas que hoy, pasados los años, sigo creyendo que el gigante no notó todo el daño que me hacía al momento de ent / ¿El cuento de un hada madrina? "Me rompió la mano al saludarme". No mames. No pinches mames. 



Y cinco

Recuerdo con cariño y hastío la tarde aquella de noviembre con baja neblina xiqueña en la que decidí pintar una cenefa de diversos tonos verdes sobre los muros de mi cueva. Sonaba insistente el jazz nórdico de Lisa Ekdahl y su insigne Peter Nordahl Trio. Y mis dedos, de pintor de barrio, de hacedor de sueños / Eso, ponte a hablar de música... ¡cobarde!


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La foto es de "Abandono y decadencia", 
el súperblog de Jordi Coll

~ 23 

lunes, 10 de febrero de 2014

¡Rufianes, Beatriz!


Infusión 
22 / 30




Ya no. Me honras pero no. Hay modos, niña. Momentos, circunstancias por las que pasamos todos los hombres, golpes bajos, así somos: ¡pum! y lo tiramos al suelo, ¿me entiendes?, reflexiones alrededor de la mesa para el parkasé y los amigos. Momentos, ya te digo. ¿Estoy de ti embarazada? Es como estallarme en la cara un panal lleno de avispas. Es un crimen estar de mí embarazada porque el embarazo debe hacerse, en estos tiempos, entre tres; ni más ni menos, óyelo bien. Y no espero que lo entiendas. Estoy de ti embarazada y yo con tan poca ropa para el invierno. Apenas y puedo sostenerme de martes a domingo y estoy de ti embarazada. Apenas me bebo unas latas de atún, membrillos secos, vino agrio, ¡y estoy de ti embarazada!, ¡qué modales! ¡Y qué hosquedad la tuya! Así le vas a dar miedo al más valiente. Mira que llegar y plantarse en bragas a los pies de mi ventana y gritar lo que has gritado sólo lo viven los corruptos, los que al margen de la ley hacen riqueza, los sacerdotes, los matones, la gente que hace el mal y lo compone con diamantes. Yo soy un don nadie para tan poca hembra, de estatura corta y barriga ajustada; ni embarazarte podría. Estoy de ti embarazada es la mentira más dulce y más podrida que habrá de salir de esos labios carnosos que alimentan a serpientes y batracios. Dichosa la llama de tus labios, jocosa, los de arriba y los de abajo. ¡En qué estabas pensando! Las seis de la mañana y estás de mí embarazada. No ha habido ginebra en tres meses y estás de mí embarazada. Estoy de ti embarazada, ¡fácil y lineal tu movimiento! Ayer movías las piernas por el barrio negro y los mendigos grotescos te silbaban y montaban tu fantasma de cara casquivana sobre el fuego de sus basureros. ¡De sus basureros, guapa! Ayer te reías entre cantina y cantina con Jochepo, Lampardio, Luis Alfonso, Caraenoble, alguien me falta... Arturete, Ramoncín, Nuncadoy. ¡Rufianes, Beatriz! ¡Entre cantina y cantina con rufianes y estoy de ti embarazada! (¡Ponle más clara a estos huevos, Imelda!) ¿Se te ocurre siquiera pensar lo que va a decir de ti Imeldita cuando se entere de tu bravuconada? Mídete un poco, niña. Tómate un té con Jacinto y vuelves aquí repuestita a pedirme perdón y ofrecerme un cariño y un anís. Cuéntaselo al de enfrente que tiene pinta de querendón que se dobla al llanto, o al que se fue al Sur buscando más oro; sé dónde vive y dónde está ahora mismo, lo que le gusta, lo que me debe y lo que no tiene. Pero Beatriz, tontita, estoy de ti embarazada el día que inician las Patronales no me cabe ni en los sueños matinales de los niños que ya tienen granos. Vete ya que el agua se me enfría. Yo también estuve de ti embarazado un día, ¿te acuerdas?

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Manolito Osorio es un óleo portentoso de Goya

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domingo, 9 de febrero de 2014

(Abrupta pausa musical de 4 minutos)


Infusión 
21 / 30

También llamada
"Entre volar y correr"


¿Me quieres?
¿Te quiero?
¿No?
¿Sí?
No sé...
Y qué sé yo
¿Y me deseas?
Ya, ya
¿Te gusto?
¿Sí?
¡Sí o no!
A mí no me gritas
Ni a mí me entretienes
¿Te gusto?
Imagino que sí
¿Te sepo?
¡Me sabes!
¿Te gusta?
¡¡Me encanta!!
Me gustas
TE QUIERO
Me entero
¡TE QUIERO!
¿Me quieres?
¡¡¡TE QUIERO!!!
¡¡Me vengo!!
¿...ya?
¡YA!
¿Segura?
Te odio.





- La imagen es un disfraz agotado Kardoo -
- La caligrafía es del peatón, luego de dos ajenjos -

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