sábado, 8 de octubre de 2011

Ctrl E + Supr

< El viento a favor del texto



a)

Nombré: luz, como quien cita “jardín”; aparecieron gigantes flores policromas llenas de fosforescencia. Dije: menos (menos luz), como el jardinero que los domingos corta el césped queriendo menos pasto; se apagaron los focos de la estancia. Quise: fuego, como las hogueras blancas que prendía en el monte sobre inviernos de la infancia; alguien me dibujó malvaviscos asados. Anoté: verdor, entre garabatos de edificios incendiados que torpemente esbocé durante una larga llamada telefónica, de esas incendiarias; miré el bosque encantado de mi postal favorita pensando: ¡cuánta leña! De seguir así, mañana vendré a escribir, misma hora, mismos desdoblamientos, y me dejará plantado el Word.

b)

Espero que llegue la señal de internet; como en los viejos tiempos. Pienso que en los viejos tiempos perdía menos el tiempo. Al menos, escribía a mano y volaba papalotes por las tardes de septiembre. Hoy me siento a esperar señales perdidas, como en los viejos tiempos extraterrestres, pero sin cometas.

c)

Como si tuviera mucho que decir; escribo como si mañana, de improviso, me diera un calambre en los dedos que no me permitiera hacerlo más. Y es quizá esa confianza tímida que me rodea (egolatría del león) la que mueve mis ansias a terrenos del febril teclado que casi maúlla mientras (inexperto) aprieto sus qwerty / ñlkjh.

Entonces acuden volando guacamayas y cotorras que estremecen los cielos grises. Es cuestión de locos, o de niños que jugaron gran parte de su infancia solos. Sólo así puedo hacerme de amigos imaginarios, como aquel que encarnara Gérard Depardieu en una tonta película con Whoopy Goldberg.

Sólo así lleno espacios, despuntando nombres y apellidos. Sólo así siento más gracia y gusto al borrar todo en un segundo, Ctrl E + Supr: dinamitado el texto y dinamitado yo. Pero esta vez no lo haré, esperaré diez años; quizá estos erróneos intentos de escribir cobren fortuna con el añejamiento.

d)

Conservo cada hoja arrugada de papel en un canasto secreto...

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Play it fuckin' loud!



No fue es una acuarela de Rono Palermo

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viernes, 7 de octubre de 2011

Los días intactos

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El otoño, con sus promesas de cambio, de deshoje y renovado follaje, nos pone a todos a transitar la vereda de la cordura a plazos; descarada introspección puebla las almas inquietas, y el reino de lo desconocido (a través de la bruma que impregna las calles de ciudades remotas) nos muestra su otra cara salvaje. / Y el tiempo, un inquilino merodeador en los pasados, nos restriega las arrugas en los espejos de los árboles que duermen / Y el mar, sandunguero e inamovible en visiones, dicta ritmos ancestrales.

Quizá por ello, Manolo García siempre publica nuevos materiales en otoño, nuevos sortilegios, desenfreno a granel para pies cansados. Y eso nos obliga a dar la vuelta y el ancho, a mirar renovados los pasos de baile de nuestros antepasados. Manolo impregna los mercados y las calles y los vientos de ocres y de verdes, de fin del verano, de giros teatrales. Es, en cierta medida nostálgica, el último de la fila, que siempre será el primero.



Los días intactos saldrá a la venta el 25 de octubre; habrá fiesta con hogueras blancas; "carbón y ramas secas".

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La imagen pertenece al video de la versión definitiva de "Un giro teatral", también disponible aquí

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lunes, 3 de octubre de 2011

Cruce de caminos 14/n

< o Cuatro estaciones



Play!



i.







ii.



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Miel o tabaco, ginebra o sal,
áspero limón limpio,
o la última fruta interna
de carne, dentro del jardín cerrado
donde se entra sin renombre
(empresa toda furtiva:
delicia no quiere proclamarse).

Tiembla, me olvida, el dulce
tacto se me escurre impaciente
y una risa, gozo inquieto,
brota profuso y rebrota.
y me echa ramas dentro de la boca:
fresco amargor de laurel,
verde rumor aéreo.

Reír, Gabriel Ferrater

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iii.









iv.



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En Xalapa, Coatepec, Xico y Quiahuixtlan; Veracruz
Entre marzo y septiembre, 2011

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domingo, 2 de octubre de 2011

Matriz del tiempo

< Para Yani, en medio de nuestros volcanes



La tarde sin el sol que usualmente los habita; sus dedos entrelazados; un par de manos tibias (una caliente, la otra fría), sin mucho ensalce de anillos y poca gloria en las uñas; sus dedos entrelazados con el silencio que atestigua las miradas ajenas, las que se posan en los objetos de siempre mientras callan los otros; mientras los hombres otros, las otras mujeres, refrescan sus memorias, cargadas ya de ardor y celos, perdón, prejuicios, “¿te acuerdas?”, “lo siento”. Aquellos dos, entrelazados, con memoria.

La tarde a cuestas para estos dos, sin la sombra tampoco de los otros tiempos, sin el sentido aquél de los lugares comunes, sin el óxido arbóreo que enmohece los recuerdos. Los otros recuerdos, los otros lugares comunes, las otras miradas sobre los nuevos tiempos.

Y el reloj que nunca para, tic tac en la misma pared recién pintada, indicando que es momento de cosechas otoñales, frutos del bosque y conservas en alcohol / recetas distintas, diferentes los cuerpos. Lo que ayer veían como azul añil, hoy les parece prístino eucalipto: el mismo color al otro lado del invierno.

“Poca gloria en las uñas”, vuelven a pensar esos dos; se han vencido de arañar al aire, de golpear fantasmas con los mismos dedos, de mirar al cielo y ver las mismas nubes sacadas del tronco universal de lluvia, la misma lluvia; uñas rotas de tanto temporal uniforme; “qué aburrida la lluvia”, vuelven a pensar esos dos.

Sin embargo, sin dudas y sin pesares, dos les basta a esos dos; dos es diálogo sin teatro, amor que pareciera por momentos agente que aletarga los principios del amor que aletarga los principios del amor eterno; dos sin treses ni cuatros ni pasados. Crecen a partir del dos aquellos dos, y velan su confianza con bálsamos que obtienen de las cortezas que rodean a sus ya sonrientes corazones; vida que vuelve a sangrar despacio, ¡a estar expuesta!, a llenar de nueva savia la matriz del tiempo en el que juntos renacen, se equivocan, se convencen –amalgaman piel, llanto y saliva-.

Un par de manos tibias son las que avanzan sobre el mismo meridiano donde los otros recuerdos mienten. Diez dedos entrelazados pasean los prados que alguna vez fueron lugares comunes. Dos miradas se funden por mitades y observan a los hombres otros, las otras mujeres, que nuevos y bellas, pueblan los ojos que al mismo tiempo miran al mismo sitio. Son un legado esos dos, de lo que vino y partió. Son múltiplos de dos.

Y el reloj no para, tic tac por autómata costumbre... pero la lluvia hoy la sienten tan distinta que de pronto se inundan en ganas de ver los colores por el filtro del verano. ¡Aquellos dos!, siempre buscando pretextos para encontrar arándanos… Miran al Norte, allá está el sol, amaneciendo; se van cantando:



Otoño VII es una fotografía de Triní Reina

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lunes, 12 de septiembre de 2011

Los continentes vencidos

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Play & read!


Struggle for pleasure by Wim Mertens on Grooveshark


Miro una garza herida pero desvío la mirada; no me atañe a mí la sangre que a tibios borbotones emerge de una zanca blanca o el débil graznido que susurra su alma.

Cuán cantidad de mejores razones me otorga el árbol aquél para que algo escriba sobre su fronda, su fruto, su altura, su “rojo que te quiero rojo” ante el verde anestesiado de tanto follaje incaduco.

Qué necedad la del viento que arremolina frente a mi ventana las alas de los insectos que aprendieron a volar en la prehistoria; qué empeño el de éstos mismos en dibujar con su vuelo líquidas líneas policromas que aparentan ser círculos erráticos de lámparas con filtros de celofán.

Qué lúcido instante me regala el cerro al postrarse eterno y silencioso ante mis ojos que, incautos, mimetizan su pupila con la del ocre y barro que de su tierra emergen.

A dónde voy, si todo lo que miro no se mueve; yo lo muevo. Yo entiendo de mover espacios. A dónde voy si lo que añoro está tan cerca y nunca lo visito. Miro una garza herida pero desvío la mirada; me sucede todo el tiempo.

Cómo llegó esa zancuda solitaria a la azotea del vecino si su parvada descansa de la migración praderas atrás, sobre mi Sierra Madre; ¿o es que no son migratorias estas aves?, ¿o esta Sierra Madre ya no es mía?; ¿o no es en ajenas azoteas sino en mi pletórico jardín donde cansada la garza agoniza a cuestas con su pena?

Quién movió las señales de vuelo: ¿el gavilán será el que con hambre y destreza mutó al Sur por el Norte?; o el potrero, tal vez, harto de daños a terceros, ¿inclinó los avisos que indicaban el camino corto a la evolución para que nadie los viera?; o las vacas aburridas que odian a las garzas pese a la simbiosis buena que años atrás pactaron; o el niño inquieto, hijo egoísta del cabrero que perdió a su rebaño; ¿el niño, tan dueño de sus pastos, tan arribista?

Quién pudo mover las señales si sólo nos queda el recuerdo de haber nacido sin ropa; nosotros, seres humanos prudentes, sin ropa, sin propiedades, sin turbas emancipadas contra los malos gobiernos, sin malos gobiernos, sin siquiera gobiernos, sin anuncios de metal impuestos donde sólo crece el heno, sin derecho a estorbarnos, sin armazones ni amazonas.

Quién arruinó nuestros vencidos continentes si antes todo era Gondwana y ligereza. Bien es cierto que pudimos transitar descalzos todos los caminos y regresar al hogar a nado franco, batiendo el mar con nuestras manos limpias; cuándo, entonces, empezaron a hacernos falta las aletas, los visores, las antenas, los motores, las venas en las ciudades, las monedas, los aviones, las banderas, los alambres de púas, el gas pimienta, los robóticos soldados y otros instrumentos de diseño homologado. Qué tipo de dios idealizado, poderoso, barbado o lampiño, pudo más que millones de acuáticas bacterias mutantes.

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Tierra virgen es un óleo de Angels González

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viernes, 2 de septiembre de 2011

Oquei, supuse

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Sucede que he vivido un par cosas. Pasa como con el mar: se me amontonan las olas en las orillas del tiempo. Lo primero, el cambio de eje; una inesperada solución a mis ataques de nervios. Lo segundo, el amor; inquebrantable doquiera que me mueva. Un par de cosas: un cambio de eje, un amor. Y ya está.

El entretejido ha sido, por demás, interesante. Las fallas en mi sistema nervioso comenzaron a dar fe de vida (tres,) cuatro meses atrás. Entonces notaba con infantil asombro ciertos y extraños espasmos en mis dedos: mucho café y tabaco, dirían los doctos; “se te va la vida” fue la teoría por la que se inclinó la familia. Se te va la vida y tú ni con los ojos en buen estado para verla pasar.

Se me va la vida… sin embargo, yo he preferido ser docto al respecto. Me ilustré brevemente: el café recalentado en un horno de microondas altera, de forma sustancial, la actividad del Gran Simpático, ¡mira si no son irónicos los hijos de puta que otorgan nomenclaturas!

Mucho café y tabaco, podría ser; sí. A favor. El detalle es la abstinencia: no he bebido, no he fumado, no he escrito ni una línea en dos meses. Mi solución es el hartazgo, podría ser. A favor, sí.

Aunque el tedio me va a causar problemas; y es que los ciclos no deberían ser tan cortos: (con excepción de los últimos, y afamados ya, dos meses) tomo café, bebo café, ingiero, ingiero, ingiero más, me corto. Me limpio con agua, bebo y bebo, libo, digamos libo, se acaba la sed; me pongo hambriento, me tumbo al sol, me quemo, me rostizo, me seco, me seco; sonrojo a mi piel con rayos catódicos mientras finjo que escribo; tomo una ducha, rehidrato los poros, canto en el baño, juego con el patito amarillo, me resbalo, me duele, me sobo, me sano, me visto; tomo las curvas con cuidado; tomo más café, litros ingiero, más ingiero; me corto / me aburro, definitivamente me aburro, ergo, se me va la vida; sí, podría ser. A favor. Se me va la vida. ¡Se te va la vida, muchacho, y tú sin usar los ojos para verla pasar!

(FUERTE BOFETADA)

Cambio de eje. ¡Lo tengo!; encontré, por razón de Eurípides, la génesis encarnada del mal: yo mismo. Eso me pasa (pensé), el trágico-griego lo supo desde un principio y nunca me dijo el secreto: “El hombre que ama en exceso pierde su valía” (¡Eurípides, hijo de la gran puta!, y yo parado en el pedestal de los orgullosos, con mi vida resuelta y VTP’s lunamieleros, ¡VTP a la mierda, poeta cobarde!).

“… pierde su valía” / “… pierde su valía” / “… pierde su valía”, fueron los ecos que escuchó este peatón adormecido y triste. ¡"Pobrecito de mí", cantaron los pamplonicas cuando acabó San Fermín!

Cambio de eje, repetí cansado. Cambio de eje, Juan Carlos. CAMBIO DE EJE. ¡Toma las riendas, tú conduces, vales tanto mi muchacho! (No / Demasiado Cohelo, pensé, mucho Deepak Chopra, mucho Jodorowsky -traidor, cineasta maldito, ¿dónde te quedó el espíritu de Fando y Lis?-; muchos aeropuertos, muchos desayunos a solas en el Sanborns, muy poca prisa; qué desastre).

First of all, tu imagen; me vas cambiando esa imagen de gordo tirando a viejo. Dos, sonríe, coño, si el camino te muestra los dientes, tú responderás de igual manera. Tres, vacaciones de ti mismo; nada de autocomplacencias, ya estás grandecito ("éste es el último texto autocomplaciente", me mentí por complacerme). Y cuatro, como nueva adicción, ni un paso atrás; todo es sucesión espacio-temporal, Cortázar te enseñó a subir escaleras; no olvides lo aprendido.

Oquei, supuse, suena fácil, divertido, puedo hacerlo. Y salí a la calle, mirando los lugares otrora inadvertidos, retando siempre al poeta aquél, en búsqueda de la pérdida total de mi valía.



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