martes, 23 de junio de 2009

Solsticios

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No sé en qué punto de la historia se volcó sobre nosotros el tiempo (aquella esquizofrénica invención del solitario). Una mañana despertamos tarde y los relojes, todos, los cuatro o cinco de la habitación que olía a naranjas, se nos volvieron locos.

Cada uno marcaba con sus líneas doradas la hora designada para una tarea especial: el rojo seguía durmiendo, por ejemplo, en playas de Nueva Guinea; el azul quería desayunar omelettes y acompañarlos con té y pan tostado; el blanco, en lo suyo, era un firme regordete que alcanzaba, puntual (mágicamente puntual), el instante de los bostezos y caras hinchadas. Los otros dos (o el otro), tu tiempo y el mío, se mantenían a distancia de la sutil batalla que alrededor de la mañana profería más encantos que maldiciones.

En tu tiempo despuntaba el sol dos horas después, y en el mío se leían horrores con café cuando el tuyo esparcía fragancias nobles sobre tu cuerpo. Antes, para mí, era un ahora singular que dictaba caprichoso tu humor de acuerdo al clima. Yo era más viejo y vivía de noche, literalmente, debido al tiempo tuyo. Conmigo llovía por las madrugadas y a ti te salían las serenatas de grillos al encuentro de las calles mojadas. A mí se me daban bien las diez de la mañana y tú preferías los sueños si afuera había mucho albor y griterío. Y es que siempre serán más feroces las almohadas que /

la envidia sana era no alcanzarnos nunca: popular de husos horarios o digno de cómicos desvelos a destiempo. Vivíamos entonces enclaustrados en el sol de medianoche, en las avenidas vacías, en lo eternamente crepuscular o bajo el alba siniestra de los sueños de otra gente. Era fantástico encontrarte en los solsticios de verano o que tú, como casual destello, me pillaras descalzo y en cama.

Y luego, durante una semana, decidimos acercarnos una hora: empecé a sentir tu olor a mentalbahaca y quisiste entonces besarme casi al mismo tiempo que yo lo deseaba. Alargaste un brazo hacia el sur, el sur te devolvió mi mirada. Avancé sin prisa hacia tu norte logrando percibir tu silueta: a un lado el sol perseguidor del que tanto hablabas y enfrente la luna eclipsada; era noche de octubre para ambos, marea uniforme, faros apagados...

Otra ocasión vino diciembre a pedirme disculpas, y tú, acto colateral y desde entonces, pudiste dormir dos horas más. O menos.



Duality es una foto de Aline Grayman.

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