Llegó este viernes sin ser esperada; así se fue a dormir también, sin esperarlo. Usualmente los viernes no duerme en casa. Y luego la noche no ayudaba: tan gris, tan no, tan escrupulosa y sin matices, tan de sí sé quién. La música: Darol Anger y Barbara Higbie “retumbando bajito” en la habitación contigua.
A estas horas, el estudio donde lee cada tarde la mujer dormida (como la llaman sus íntimos desconocidos), luce apenas iluminado por una antigua lamparilla de petróleo modernizada, electrizada, alimentada por un foco en forma de vela de escasos 15 watts. Mientras, vagamente a salvo de la obscuridad y el frío, lucen dormidos:
a) los libros, miles, no me apetece nombrarlos
b) los dos cuadritos bordados que le regaló su abuela paterna durante ese año nuevo tristísimo en el que, ¡coño, otra vez!, toda la familia olvidó felicitarla por su cumpleaños; quién la manda nacer el uno del primero
c) la alfombra persa con ácaros que le dan alergia
d) un dije que brilla, recuerdo de Olivier, un novio francés enviado erróneamente a Courchevel, al este de la Britania, para salvar la costa, a toda fuerza, del enemigo sajón… jamás volvió
e) las bolitas de madera para alejar la humedad de tanto tratado contra el aburrimiento que ella fue comprando, sigilosa, a espaldas de sus padres, durante sus últimos 24 años (y es que los señores eran, digamos, ya sabes: “artistas que han sufrido por falta de ingresos”, y temían noche tras noche que su primogénita acabara en las garras de la literatura -como funestamente terminó-, así que le prohibían todo acercamiento a cualquier encuadernado. Ella, feroz ensimismada, los leía, uno a uno, paso a paso, subrayando las frases más intrascendentes, después los metía en un sobre que enviaba a un amigo leonés, conocido años atrás durante una estancia académica en España, y ya está: los olvidaba. El amigo tendría que guardárselos hasta que sus padres murieran misteriosamente una noche lluviosa en la que su auto se quedara sin frenos. Nunca pasó, pero ahora vive sola, y el amigo se volvió un lector exigente. Imaginen: serían tres miles en vez de miles)
f) las odiosas polillas come-letras (parece que les encanta la z; una mañana le espié una novela alemana a la que le faltaban todas las z, cada z estaba quirúrgicamente ausente; en su sitio, un hoyo negro, abisal, tétrico rastro del pirálido nefasto
g) su gato, un animal terco que le ronronea por todo el cuerpo las noches en que le duele la soledad; dicen, no me consta, que siente placeres diminutos si el felino inquieto de pronto la araña
h) un gotero con esencias de canela y cardamomo para el mal de ojo
i) otro, éste con una exótica mezcla de 38 esencias naturales, remedio que la madre de un amigo cercano le regaló luego de un rompimiento amoroso del cual salió bien librada; ¡benditas las flores del doctor Bach!
j) un par de botas Break and Walk igualitas a éstas:
k) el marco de color rosa que delinea gentilmente una instantánea de Sausalito Bay, mítico sembradío de hippies donde la mujer dormida se pasó más de un mes tratando de entender la obra de Jack London. Al final no entendió nada: London siempre escribía ebrio
l) un florero que mami le había comprado en Murano luego de tremenda discusión que tuvieron la noche anterior sobre el Ponte Rialto durante un viaje de reencuentros hace casi siete años. Hasta donde sé, nada de qué preocuparse: la hija estaba de malas (así se pone con el hambre) y la madre estaba de malas (así se pone cuando ve a su hija de malas). Un florero a la mañana siguiente, y listo, a otra cosa; ahora permanece en el estudio, apenas iluminado, como todo lo anterior, con una orquídea de papel que un maestro de diseño gráfico que la persiguió durante sus años mozos le había obsequiado en son de amistad (y rendición a sus pies no tan diminutos pese a su estatura escasa)
m) el paraguas roto que arrebató a un peatón desprevenido durante una noche de copas
n) sus gafas de pasta verde; hipsters y frescas y livianas y verdes, tan ella: para ver de cerca
ñ) un diccionario de María Juana Moliner Ruiz en perfecto estado que nunca ha consultado; se da sus aires de grandeza con el buen uso del español, aún después de aprenderlo en un curso exprés a la corta edad de 19 años. Todos, y es que dicen que no había nadie que callara en el trabajo, le hacían burla por sus dislexias frecuentes
o) una docena de semillas de ciruela para plantarse en luna llena, semillas que ella llamó obstinadamente “huesitos” hasta que un profesor de la facultad de Lengua y Literatura Hispánicas le dijo que las ciruelas no eran vertebradas
p) un sándwich con apenas dos mordidas, hecho con pan de alcaravea y untado obsesivamente de queso crema y mermelada de manzana con jengibre que compra cada dos meses en el área naturista de un supermercado que un par de bolivianos montaron a dos cuadras de aquí
q) una libreta de apuntes estampada con un gatito negro de cola larguísima, tan al estilo del french retrocontemporary que ella disfruta a mares encabritados durante exposiciones con gente importante que se cree más importante de lo que ya es
r) un incienso para atraer al amor eterno y someterlo
s) un arbolito de la vida pegado con Kola-loca que se compró en Metepec durante una frustrante visita a su abuelo toluqueño. Le dijo de botepronto: ya no te quiero, abue, y él le pidió que le llenara el vaso con güisqui y cerrara la puerta al salir
t) un aparatoso engargolado con textos a corregir que nunca terminó luego de la conversación que tuvo con un primo segundo que la convenció de no llevarse el trabajo a casa
u) un frasco con esmalte morado para las uñas que de cuando en vez pinta por miedo a verse en el espejo, de repente, sin color
v) un vaso con un traguito de agua de clorofila que se toma, seria y puntual, cada noche, para defenderse de una intrépida bacteria gramnegativa que es responsable de una infección en su tracto urinario
w) una taza de asa rota con la portada del asombroso Push Barman to Open Old Wounds que su hermana le trajo de un concierto al que ella no pudo asistir por quedarse dormida. Ahora, el bonito souvenir tiene lápices de índole diversa, y desde entonces, duerme mal… la mujer dormida. Curioso
y una nota esparcida con tinta verde que escribió esta noche en el ajetreo de la culpa: Todavía tengo miedo y, por eso, no escribo… Al final del día no pido mucho, sólo que me des permiso de meterte en mis ficciones.
Estoy bloqueada, gritó sin querer hacer ruido, y se fue a dormir, sintiéndose (¡otra puta vez y más que nunca!) mujer dormida. Me quedé en el estudio, como siempre, apagada a medias y sin oportunidad alguna de revirarle: La única forma, aprendiz, de expiarse esas culpas pinches, es escribiendo. Pero se fue a dormir la mujer dormida y se tendrá que conformar para siempre con la duda. De cuándo a acá han hablado las ventanas.
De la siguiente mañana, (y cada una de las noches anteriores): n i n g u n a l u z
De lo que me conformó como un todo, y de - ahora - lo que todo me conforma (aquello, con lo que yo me conformo), soy renuente a quedarme con algo.
Algo que no tenga alusión a tus fechas de nacimiento, tus horarios y estaciones, tu desnudez y tu modus vivendi (que de cuando en vez me parece extraordinario).
De la resurrección, si me dan a elegir, no quiero quedarme con nada. Ni cuerpo, ni lengua, ni ganas. Nada que tenga, deba o preste, ningún sobreviviente a mi pequeño abecedario. Nada que escape de tu inventario de pendientes y tu lista de las compras; ni con mi garganta quedarme. Nada: tu arte y mi provecta edad (de niño emancipado).
Me alejo:
De las maneras, los principios, los abatimientos y pesares, las zancadas en lentos vagares, los santos sedientos de flores en las iglesias, las tabernas, los museos, las candelillas y los mástiles de barcos que jamás zarparon. Los insondables fastidios, las tardes finitas (inquebrantables), las diabólicas madrugadas, las odas, la métrica y la ruina, las cantilenas desbordadas de mezcal, los datos y referencias en las calles exploradas, la gente de los suburbios, los náufragos en torrentes y en océanos. Me alejo de las fiestas patronales, del artificio en fuego que sujeta el mirar del cielo, los paisajes, los juegos de mesa, los excesos, los tesoros sumergidos, la gula y los dinerales...
Para comprender bien lo que a continuación se hizo, es preciso saber algo de la estructura interior de la cosa en que se operó.
Herman Melville
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Play & Read!
I. Tumulto
Regalé tanto sin desearlo, sólo por debilidad al no, que me es difícil recuperarlo. Hoy traigo dulces y adobos que yo mismo he preparado. Más de orgullo. Si lo negara, me partiría en dos diciendo que ando por ahí, regateando mis embrujos, o bien, que son tan poco eficaces que nadie se interesa en ellos. En estos días, ¡oh, lector pecaminoso!, he consentido la facilidad de que con su compuesto juegue: lo muerda, lo huela o engulla si así lo siente más propio. Porque soy de usted, así me quiero: suyo, sin la necesidad de inquietarme debido al abismo que me formo. Intenté en un tiempo seducirme a las mentiras y gritar diez veces que por ellas moría. Fui arrastrado (por querencia natural) a los suntuosos lugares de la mente que jamás frecuento. Hoy soy el que se fue a seguir el rastro de los indocumentados y, azarosamente, con grandiosa fortuna, descubrí a feliz tiempo que cada caos es sólo la asociación fatal de mis ideas; y el caos, ese caos, se mal tradujo por mi mente como una fastidiosa deshonestidad. Ya los derechistas se proclamaban como ambidiestros, cuando ocurrió el boom que le he narrado. Sucedió estando cuerdo, a la orillita del mar, ennegrecido por las calles sucias que mi recorrido en aquel instante había marcado. El Sol se creía pateta a mis espaldas, la lluvia no me coqueteaba y el barullo intrigante de turistas nacionales no llamaba la atención de quien pensaba en usted, de quien ahora mismo lo hace mientras relee para tener falsa conciencia y que no se le escape así, ningún detalle. Estos ojos que ahora asimila detrás de este peatón, centelleaban y escurrían al darse cuenta de la enorme necesidad que de usted tienen. Pero en realidad no observan su entorno, creían hacerlo antes de conocerle, sospechaban que probablemente era su derecho el decidir si era usted la paz y la guerra que ahora me iluminan. Fue en esa playa, entonces, que se enteraron de su trágica ceguera y renunciaron a sus elementos para abrirme paso. Sentí que todo gira y que usted, por ende, no es estático.
II. Examen
Veneras la vida en lugares distantes, sabes saborear cada beso que te otorgo y no crees en los cambios radicales, ni en la siempre espera de la conjugación perfecta de mis vísceras y mi cabeza ingenua que le da vueltas al mismo canto. Asúmete entonces a responder unas cuantas preguntas que sobre tu actuar diario se me presentan. Sé que puede parecer muy vano el quejarme de modo tan audaz y envidiable, quizá te estés interrogando sobre las acciones que hasta aquí te acuño. No me molesta el hecho ni me agrada en modo supremo. Quiero que te quedes y me escuches, dame la razón o guárdatela en tu cajita de secretos. Nervioso estoy al empezar mi planteamiento, al escucharme sediento en sufrimientos, pero quiero callar, vibrar en tus cuerdas y asemejarme al escondite absurdo que guardas, quizá así me destapes, quizá sea el efímero perfecto o el terrenal indeseable, quizá también te estremezcas al oír tu propio enlace, tu conjetura, tu universo, tus diversos mal sabidos; el por qué del abandono. Me he encargado de echarlo a perder, o de ser cínico, vanidoso y soberbio. Peco, pecamos todos, me justifico, siempre de tal modo que parezca un mártir y a la vez un lindo ingenuo; que pesadez; uno palidece si le dicen que el momento de empacar está cerca. Si no hay cuidado en el lenguaje, si al tratar de corregirlo lo estropeamos, uno palidece. Yo. Siempre yo. He vertido mis dudas, con cierto recelo ilógico de parecer un cobarde, me debilita el cuerpo, siempre tan temprano, frágil me vuelvo al pelear sobre los territorios, cual animales que en instantes cortos se matan por quererse tanto. Y no lo entiendo, entorpezco, es cierto, no lo entiendo por desearme ser sincero. Me da miedo lo blanco; mancharlo, si es muy fácil concebirlo. Estoy revuelto, paranoico; menosprecio menos, me vuelvo un murmullo, ya no un grito o un falaz destello de aventura, nada, un vil escape, remoto, poco estratégico, sin futuro, balbuceante, casi estéril de tanto amordazarme, muy despierto a golpes certeros que me brinden, como sea, cuando quieran, donde estén aquellos, mis terribles silencios. Así, callado en las empuñaduras de mi vientre, me alegro de saberme vivo, tal cual soy, con defectos, sorpresas y nostalgias; más débil, no tan pinche complejo como ahora definí. Y lo disfruto, o parezco al menos un entretenido niño sin buscar que el mundo vuelva a ser el mismo. Traiciono mis ideales, las cartas, los cantos, los dibujos, las citas con el té y la lluvia, las fiebres nocturnas, inseparables compañeras cotidianas y tardías que contigo he aprendido. Traiciono mis ideales, el vino, la sangre, el olvido, las vastas extensiones verdes y divinas de tu mente, las algarabías que se sonrojaban al echármelo todo en cara, mi culpa, mira; olvidemos el detalle. Vuelve a mirar: ¿conocemos a una persona por lo que calla? Al parecer no tengo voluntad, o démoslo por hecho que no tengo: cómo acostumbrarme ahora, cómo satisfacer tus encantos, cómo corresponderlos, saber si aventarles flores o desecharlos de un pasado, qué hacer ante el pleito aquel ancestral también de enfrentarnos a distancia, de regalar amor limpio, casi digerido y sin obstáculos. Me perturbo de más, ya no quiero enderezarme sabiendo que mi destino está marcado; ah, para putas como la vida, bofetadas de intriga como en las que hoy me reproduzco.
III. Disputa
Quién da más, ¿el bulto de cemento en mi cerebro?, o la mágica artimaña de tus manos, la lúgubre sonrisa que desato a carcajadas al enterarme de un desastre o tu sutil melancolía del tiempo infame donde las tortugas dominaban el planeta. ¿Quién se atreve?, llamas, guiños, esfuerzos, palabras encerradas en moldes o un te quiero honesto de tu boca, casi capcioso. Hoy me pides muerte, sabor a mezcla, raíz sin tronco, vida maltrecha, cura, cura, cura. Me exiges picardía, batalla eterna por mis metas, valentía de los cometas, velas mi pan y no lo comes, calmas mi sed y tú no bebes, viertes tu piel y yo no otorgo, te valoras, me atropellas, me rebelo deseando que tus triunfos se llenen de laureles, acabo enyesado del idiota corazón que me atribuyo mientras vivo asfixiado en la postura de desprestigiar cada fracaso. ¿Me invento?, dime si ahora es cuando, ya ves, yo siempre dependiendo. O mejor derroto a mis emblemas que ya tanto han carcomido. ¿Qué hago entonces?, ¿me invento o derroto?, quizá me invente derrotado.
IV. Entraña
Parezco aquel enorme árbol, con menor aristocracia, al decirte como el gran Eusebio: "tú eres la niña que mi tronco hirió, yo guardo siempre tu querido nombre, y tú qué has hecho de mi pobre flor", pero no soy tan drástico ni morboso, no soy el árbol: soy la niña. ¿O tú me sabes más secretos?, al parecer sí, poco negable es el caso: contradicciones, vicios, desventuras, robos, amoríos, ilegales ventas de ilegales besos, postres, quesos, conservas, vientos del centro, cánticos de rutina, baños turcos, maletas, insultos, desidias, corazonadas, inseguridades, perennes amuletos, viajeros inhumanos, revueltas, gritos, llantos, desangramientos, envidias, celos, obstáculos, kilómetros de cobardía, grillos amaestrados en noches tibias, atardeceres de azotea, claros rayos en cafetos, drogas menores, drogas mayores, perfumes naturales, bellezas intrigadas, intrigas, "por ciertos", calumnias, desastres, golpeteos, corretizas, masajes, bárbaros masajes inexpertos, cualquier elemento ineludible a esta, mi persona, pero también enajenamientos incoherentes, robustos cuerpos que nunca imitan atención alguna en tu mirada, lívidos tallos de regalos o aniversarios, batracios, reptiles, casi genios, memorias, ésas que siempre olvido, argumentos sublimes en exceso, cartas poder de alguna membrana en disfunción, baraterías que se cobran caras; trampas, salarios, gafas, diarios; lumbre, parafina, misterio; salmos, tonos, enjambres; vivencias, mutis, rencores; verbos, pobreza, quimeras; saña, destreza, trincheras; amnistía, crudeza; barbas, lamentos, sabores, horarios, prestigio. ¿O es que te sé más misterios? Me basaba en la limpieza de argumentos poco fuertes; casi no incitaba a la acción, a la verdad que, al fin, descubierta, es cruda y sin sentido. Y ahora al verte, no hago más que seguir en aquel taburete para crecer un poco y parecerme al hombre fuerte, al desdichado que no encuentra una razón de peso para amarte; pero sí la hallo, la tengo en tu frente, en tus vestidos; la leo en tus pensamientos, disimulos, calendarios y rutinas; la escucho en tu discurso, en tus fragmentos soleados y de alta marea; esa conciencia, aquella de seguir deseándote, está escondida en mi baúl de niño, en la penumbra de mis miedos muy sabidos, en la autoridad que aún me brindas para pronunciar algún te quiero desfasado; encuentro el hecho incognoscible de intentar que mi amor por ti no sea vano, viviendo en las escaleras que tantas veces pisoteaste con risas y lamentos, con besos nada mustios y feroces miradas desertoras. Ya te veo sembrando un jardín de convidados a un festín que me hace daño; no es reproche, es garantía o deber que se destruye; y es, de igual manera, paz interna que me acoge en tu regazo o en todas tus primaveras. Poco falta, ya lo huelo; más que oler, descifro presentimientos. Y me da desasosiego, me quebranta los huesos hasta el punto de desear ser algo parecido a la ceniza. Quiero asimilar mis contenidos, todas las propuestas que en tiempos venideros pretendo establecer. ¿Ante quién?, no sé; hoy lo único que me atañe es tu figura tan dispersa ya en mi lejana buenaventura. Acaso me calme al saberte feliz, sin rupturas, sin abrazos, sin cuerpos ajenos sobre tu vientre y cintura, es mi comentario, no mi queja. Son palabras de otro que en mi se vuelcan disparejas. El cielo no es eterno, lo hacemos extenso provocando un tremendo desperdicio. Pero las cosas funcionan, las cosas, vaya modo para definir lo nuestro, lo nuestro, qué sutil encuentro. ¿Lo es?, porque yo me quedo y miro que tú te retiras en avanzada ligereza que entorpece lo raro de esta espera. Esta necia esperanza en no moverse, esta claridad incierta, este menosprecio, el atuendo de hoy, lo que enamora y mañana; mañana sólo comercio.
V. Vértice A las respuestas
Faltan cambios, aquí se merece, por citar algún ejemplo, que se coloquen floreros traicioneros con el fin de enderezar siluetas, se vale, de manera parecida, plantar rosales, navajas de doble filo, un pez beta, incluso a él plantarlo aquí, en esta diminuta habitación que construimos. Si se consigue un bono, una tarjeta, mil felicidades, canastas de invierno, fogatas, nada de rencores, vuelta de hoja, alebrijes, si tú quieres compro el pan, no te apures mi amorcito, ya el horno nos va mediando. Además, no estaría de sobra que ambos dijéramos poesía al filo de los ventanales, o en noches de Luna clara, llena, nueva. Propongo. Opino que ante la necesidad de un tierno escaparate, pongamos ceniceros para observar si creamos paraísos. Pues sí, muy lindo todo, muy práctico, sencillo, poco rutinario, original si así lo quieres, pero ¿y el azúcar?, ¿cuánto de azúcar a la taza?, basta con que no nos enfermemos. Ya para cuando se llegue ese tiempo, habremos relegado los asuntos formales a los sucios cajones, casi estorbos, que tanto frecuentamos. Los días nos avientan vida, nos dan aliento para el último suspiro, para el fatal infarto o incluso brindan un hálito que en vano equipara sus sentidos a los de su clara pareja. Entonces cambia el clima y se lleva arrastrando al fugaz destino que poco a poco nos envuelve, porque creo en aquel sitio metafórico al que solemos huir por compromiso, siento que el destino existe mas no lo defino, tengo escalofríos interminables de sólo pensar en ello. Y no sólo el clima o el destino son los que se mueven, van de la mano los amigos y las multas, los celos nuevos y unos duendes tiernos llamados corazones, se va la mierda de un instante si así me lo propongo. No discuto, acepto el hecho intransigente por el que ahora atravesamos y sin calma lo vivo, sin calma por la estúpida manía de quebrantarme en toda cima. Los trajes que porto son de falaz categoría, inventados por los locos, no necios, que asumen con frialdad los oficios de sastre que van quedando tras recortes, patrones, discusiones y tabaco. Así pues hoy escribo con miseria imaginada, tal vez palpable... seguramente palpable; ligero, sin ventiscas que me eleven al inframundo feroz que sueña seguido con poder devorarme hasta saciarse. En contradicciones como éstas, merodeo, canto, giro, tomo infusiones que saboreo imaginando que serán las últimas. Las últimas vueltas a tu mente, a tu cuerpo casi perfecto que deshace los intentos de enlace, las cartas finales del deseo, la equivocación y los horrores, los abrazos terminales en las noches nuevas, en las barrigas luminosas de comensales que ansiosos esperan mi partida. Puede ser melancolía o paranoia, quietud aparente y al mismo tiempo divertida, esperanza rota, filosofía recién nacida. Vislumbro emocionado a los gestos prontos, a las decisiones fatuas y al futuro empedernido que se queda en mis momentos de más sincera inocuidad. Regresar a esas estrategias, caminar por lagos y montañas, tener frío, llorar a pecho suelto, mimarnos a escondidas. Qué sutil sería acostarnos en el césped cálido de la despedida y desearnos buena suerte, sería más bien un tonto en busca de caricias lamentables, en pro de las resurrecciones; quizá hasta me altere al pronunciarte el buen placer que me otorgaste a diario. Es mi amor un adorno de palabras, o al menos mi lección concluye así de desdichada. Quiero venerar a la relación, pues de ella me he dotado, pues de ti me he enamorado largamente, me he callado, sucumbido a tentaciones, mal vendido las opciones, criticado situaciones para después meterme en ellas. Quiero acalorar el contenido, pues de él con golpes he aprendido, pues así me quedo solo, sin reunirme ante la cueva o los extraños. Cerrarme, cerrarme; cerrarme hasta crecer por dentro y sentir de otra manera que el "tú conmigo" ha terminado, que el "ya estoy fuerte" me ha aplastado. Qué pretexto, qué desliz de niños, qué martirio me he escogido. (Lo sé, mis acciones ya no te atormentan, mis errores nunca se conforman, yo sólo tropiezo, te molestas; yo sólo te esquivo, me detestas)
VI. Turning
Cada nota crea en mí la feliz sintonía de un paisaje con lobos, con nieve, pinos, pisadas, ojos rojos. Cada cuerda me revienta con pausa en una oreja, me aleja del disturbio que ahora sufres, digamos: vives, pongamos: sueñas. Cada tiempo hace del tiempo un tiempo propio. Cada flor renace si la miras; yo estoy sin frenos que ataquen mi arrepentimiento: demasiado tarde, no soy ave de mal agüero. ¿Me crezco?, me crezco: soy la vía por la que ahora fluyes, permanezco intacto. Soy la nada en la que destruyes, la muerte por la que vives, el mito que desciendes de un paciente firmamento, cruel testigo, como el polvo de hace tiempo, como el alba que hoy encuentro. No me dices tus reglas, no dejas de ser jinete, no interfiero más en tus delgados instrumentos, no te lloro, te lloro, carajo, lo hago, no te lloro, te lloro por darme cuenta de un invento costoso que nunca podré pagar; no me dejes con la carga, no te vayas sin silencios, no prometas lamentos, ni pendencias. Desaparece de entre mis dedos, cómete cada músculo que hayas recorrido, fija los recuerdos en tus días, hazlos florecer con tiernas melodías, dímelo al oído, dime que te vas, que ya no vuelves, no hay persecución, no más engaño, disfruta del alivio que he sentido. Mentira. Pídeme la paz, la prisa, las horas; y guárdalas bien en esa que presumes, tu caja de Pandora. No hay vigías, ni avisos, ni tampoco un pequeño escaparate para ambos. Existe el común acuerdo, mas no lo respetamos. Así que te dejo en paz (¡absurdo!), dejamos al mono y al piano vacíos; qué truco peligroso, qué aventura la tuya de besarme, qué carnal disculpa nos brindamos, qué enjuague bucal desesperado, qué tormenta, qué sollozos, qué ternuras, qué alegrías, menos cruces, menos religiones, menos límites, otras barreras. Mira este bufón de enfrente; mira bien su anatomía. Y adiós: buenas tus noches, todas.
Él, torpe, ensimismado en el nimio detalle de los objetos livianos cuando se mueven por vientos del sur, trata de ponerse el suéter gris, y (sin mirarla a los ojos) le dice, lejano, cansado ya de su antifaz: A veces, cuando me marcho, se me nubla la cabeza como si fuera el último día de los días que me quedan. Me voy solo y la tristeza crece cuanto más me alejo, no quiero seguir andando sin todo lo que yo quiero. No sé si vender el alma a un diablo o a un ángel del cielo, a un relámpago en tormenta, a cambio de todo el tiempo. Sólo sé que si me marcho me parece que me muero, por eso no quiero irme, no quiero, mi amor, no quiero.
Canción
Ella, solícita y gentil, deja la copa con la que minutos antes jugueteaba sobre la mesa y, casi sin notarlo, le ayuda a que esos brazos anchos entren por las mangas de lana; luego, viéndolo con la franqueza que emana de su espíritu noble, le habla con la mirada de quien dice todo sin decir realmente nada: Cada vez que te vas con tanta pena, me enveneno; cada vez que te vas tan paso a paso, con tanto sin mirar, con tanto duelo… Cada vez que te vas no queda nada, tengo miedo. Cada vez que te vas me voy contigo, aunque me quede aquí, te voy siguiendo. Cada vez que te vas -si tú supieras- no me puedo dormir; no me hagas caso. No soporto mirar cómo te marchas, no quiero ni pensar que te has marchado. Me quema el aire que te va perdiendo, me quedo inmóvil por sentir tus pasos. Cierro la puerta, no apago las luces para que sepas regresar intacto.
Pianísimo
Así, tal vez, quisiera proseguir si me permiten: con el adiós cuesta arriba y lo nunca hablado como sombra. Así, martirizado en agua, sutilmente alojado en la lluvia fría de junio que limpia las ventanas de pasado. Y así, sólo quizá, fue mi encuentro con el amor, aquel que describieron otros como “eterno mientras dura”. Inadvertido, por la edad ligera de mis cuencas, pienso (imaginé) que las cosas buenas vienen y van, no se quedan, ni se calientan como vinos tintos, ni endurecen de capa como los quesos hogareños. Vienen y van: retozan en las vigas de madera y sacuden de cuando en vez el polvo añejo que en los rincones del conocimiento, hierve. Hierven también las cosas buenas (y el polvo añejo agiliza la ebullición de la memoria). Aunque habrá oportunidad, y seguramente ganas, de evidenciar con música y palabras cada instante que me regaló el amor sin concesiones (violento, emancipador y de inacabables bondades), hoy la noche eclipsada antoja al silencio, al té, a la muda compañía de la introspección, a la mirada furtiva a través de los cristales empañados, y al piano; mansas eufonías, o vivas; pianofortes de intercalada agudeza, tamborazos a la inversa, agua y miel para abejas tristes. 30 años después, y llevado nostalgiosamente por lo que ya no está pero perdura, me vuelco, obsesivamente si se quiere, al rescate de las sonoridades dejadas entre renglones de la memoria y la prisa. Viva el tiempo que tenemos atrapado en las rendijas de las manos, aún y siempre: viva. De su recuerdo parto a lo que soy, en su engranaje me enfundo y muevo, y comparto y tomo y presto y vivo y yerro (cual Francesco Petrarca) “sintiendo el yerro mío”.
Quisiera, doctor, poder vaciarme aquí, ante usted, sin muchos tapujos ni esmeros. Las razones son múltiples, señor, para vaciarme, pero los hombres vacíos nunca han estado en los escaparates de las tiendas de moda. Lo vine a ver porque he estado tomando arenillas de veneno y no sé bien si me harán daño. Dice la etiqueta al reverso del envase que no, que no me va a pasar nada si sigo ingiriendo la dosis recomendada, pero aquí entre nos, estoy tomando más de lo que debo. Todo empezó hace un par de noches, cuando me di cuenta, al tratar de alcanzar la mermelada de ciruelas, que estaba allí, diminuto y escondido, un elegante frasquito azul, con la muerte como capa. Dentro, había polvo de colores, muy fino, y de olor sutil parecido al del hinojo. Lo aplané con el meñique, queriendo, sí, sentirlo, y se me ocurrió de pronto, así, sin mucho sentido, darle un lengüetazo al dedo. Nada ocurrió, esa noche dormí soñando con lobos disfrazados de corderos, y yo era uno más en el rebaño hambriento y maldito. No suelo recordar mis sueños, sin embargo, al día siguiente, con esas mañas que uno tiene, irreversibles, de mirarse en un espejo de cuerpo entero para ver si amanecimos completos, (al día siguiente) me di cuenta que dos uñas de mi mano derecha, sangraban. Y no era mi sangre, señor, era de una liebre muerta a la luz de la Luna. No me lavé las manos, así llegué a la cocina y tomé leche fría que escurrió por mis colmillos, y fíjese, fue el néctar más dulce que yo haya bebido antes. Vi el frasco allí, lindo y despreocupado, azul y con muerte, y le metí cuchara, no lo pensé dos veces, esta vez sí burbujeó en mi lengua, se adaptó a mis cuevas, doctor, empezó a moverse adentro, ¡me sacudió tan fuerte que quedé inconsciente!, sólo recuerdo haber volteado los ojos mirando a la buganvilia sonrojada que asomaba su piel por la ventana. Debí despertarme pronto porque la luz era la misma, intensa y poco sosegada luz de la primera mañana del verano. Ayer, luego de batirme a muerte con el polvo policromo, estuve acalorado. Copiosamente sudaba y respiraba de a poco, entrecortado y jadeante, minuciosamente inhalaba el aire que ya no era el mismo, era un cíclico espasmo lento de nitrógeno compacto. Anoche no quise cerrar los ojos por terror a la visión insana. No pude orinar ni comer, y aunque bostezaba con una lentitud pasmosa y sentía los ojos lubricados, no dormí, doctor / Habla usted muy bien, como orador / Doctor, no vine a eso / Perdone, no pude dejar de notarlo / ... / ¿Y hoy? / No sé / ¿Volvió a comer de esas harinas? / No son harinas, son polvos o… arena; parece más bien arena muy fina / Sí / … / ¿Cómo le llegó ese frasco? / Hace… algunos años lo trajo un niño que vendía enredijos de eucalipto… / … / y nada; se lo compré, me gustó. Lo guardé en la alacena, me había olvidado por completo que allí estaba / ¿eucalipto, dice? / Pues sí, creo / Qué más vendía el muchacho / No sé, hierbas, tal vez, frutas, no recuerdo, doctor / Es… me gustaría verlo, el producto, quiero hacerle algunas pruebas / Lo tiré. Vacié el polvo en la tarja y rompí el frasco / … / … / Hay… una… probabilidad, ¿verdad?, de que se trate de… hinojo; usted dice que olía a hinojo / No era hinojo, doctor / Podría ser; estos… niños de por aquí venden una tisana para el mal de amores / ¿Psicotrópica? / Ya le digo, podría ser, si tiene además floripondio y… esto (cómo se llama), y… y anís, floripondio y anís puede causarle algún daño / ¿Y de colores? / Colorante artificial, para que se vea bonito y usted lo adquiera / … / Véalo así, se tomó algo diseñado para remediar los males / De amores / De amores o de lo que sea que tenga / ¿Y la pesadilla? / Eso sí no sé, pruebe una terapia / Menuda ayuda, doc / No me meto en otros campos, usted… tendría que entender; es… celo profesional, supongo / ¿Celo profesional?, vengo aquí, envenenado, y usted me dice que me tomé algo para el mal de amores y que me vaya a una terapia / Así es / ¿Así es?, ¿y como por qué es así? / Yo qué sé, será la… el… libre albedrío para soñar lo que queramos y... eso debe ser/ … / … / Con razón no se mete en otros campos, doctor; con razón no viene nadie a verlo / No me hable así / Ya es tiempo de que alguien le dijera que no sirve usted para nada / Salga de mi consultorio, por favor / ¿Y mis uñas?; cómo me explica lo de la sangre / No sé, salga, por favor / ¿y las burbujas? / Por favor / ¡No sabe usted ni una puta madre! / Váyase. De verdad. Por favor / Tenga el pinche frasquito, aquí se lo dejo para que haga pruebas / ¿No lo había tirado? / Aquí se lo dejo, cabrón / ¿Tiene etiqueta su "remedio casero"?, ¡qué mentiroso! / No pone atención, ¡pendejo! / PORTAZO.
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¡Si el amor luce sus iris, lanza rayos en la guerra!
Es como quitarle un caramelo a un niño, dijo. Es como, es más, es como sentir, paladear, intuir, cómo sería quitarle el caramelo a un niño. ¿Entiendes? Es la acción de pensamiento, no la acción ensimismada en movimientos corporales, arrebatados, inusitados de quitar, propiamente, robar, un caramelo de la boca de un niño, aunque, la… acción, quiero decir, la magia oculta en la mirada del infante, o su posterior reacción al atraco sea más bien… llorosa. ¿Entiendes? Porque no hay que hacer el cuento largo; o decides convertirte en monstruo o reinventas las pautas de tu comportamiento hacia los niños. Y los niños no van a cambiar nada de su esencia por ti, ni van a dejar de comer dulces, ni te van a tener miedo si te vuelven a ver; no les provocará tu presencia la más mínima noción de espanto. Es más, tarde o temprano, los niños te harán sonreír tanto que querrás dos, con sus mochilas cuadradas en las espaldas, uniforme azul, loncheras de Micky y barra nutritiva de linaza y almendras. Dos niños bien peinados, sonrientes, indiscretos, con caídas múltiples por los céspedes urbanos y con un San Bernardo maravilloso que ande a galope con ellos doquiera se escondan. Dos niños felices. Y habrá, por supuesto, tendrás, que quitarles caramelos de vez en cuando, y sentir remordimientos por los gritos y dar las bendiciones en litera y planchar/almidonar/resplandecer la ropa de los actos cívicos. Así que mejor no te metas; ya tendrás tiempo para soñar con niños, dijo, o para criarlos si te descuidas, o para darlos en adopción y mirar los miércoles, de lejos, a través de un enrejado permanente, la forma en la que crecen, se suben a los árboles, descubren, entristecen.
¡Qué mamón te has puesto Frank! / Me soñé padre de mellizos, qué quieres / No son tan malos, chico; míranos / Tú estás joven y nunca entiendes / ¡Te llevo diez minutos! / Pero estás joven de acá arriba / … / Te hace falta una novia / Y a ti kilos de menos / Pendejo / ¿Tú crees? / Creo que te hace falta una novia / O coger, más bien / ¡Frank! / Qué / ¿Y tener novia no es garantía de lo segundo? / Uno nunca sabe / Si eliges bien es garantía / ¿Me vas a dar a mí clasesitas de amante? / A güevo / Si ni siquiera puedes decir “coger” sin ponerte rojo; puto: coger, coger, coger, desenfrenadamente coger, ¡y después seguir cogiendo! / ¡Frank! / Qué / Por qué te encabronas / Soñé que era padre de mellizos y que mi novia se había largado contigo / Cuál novia, de qué hablas güey / No te hagas pendejo / Si tú no tienes novia, güey / Deja de decirme güey, me caga que me digas güey, me recaga / … / … / … / … / Güey / Vete a la mierda / Frank, ya, no mames, qué te pasa / Tú eres el que va a tener niños, güey, no yo / No mames Frank / Yo no voy a poder tener hijos nunca / No lo sabes / Tú lo sabes, yo sé que tú sabes, te han dicho / Frank, qué pedo, faltan… ¡años! / Años para que tus hijos crezcan y los míos no nazcan / … / ¿Lo ves?, lo sabes / Pero habrá otras cosas / Qué pendejo, nunca entiendes / Serás un tío chingón / No me chingues / Frank, nunca habías pensado estas madres, por qué te martirizas / Tus güevos y tus pinches palabritas / Frank / Qué / … / Qué / Nada.