Yo era consciente, escribía obras de teatro; 1996, parece.
Fue el tiempo aquel de las calzadas: lluvia, de botepronto el sol, el par de perros negros que ladraban, una niña trenzada y su canasta con panes, el afilador de cuchillos que hacía chillar el cilindro frente a las puertas, papalotes luego de las nubes, viento tras los cafetos, grillos encharcados, furiosas hormigas, el rocío jugando a ser el rey de lo terrestre, tres mariposas blancas bailando valses tras una telaraña perfecta y gigante.
Recurrí al Witchi Tai To porque la tarde me explicaba a través de su luz gastada y calurosa que era un instante perfecto para engendrar de nuevo el brillo profundo que a veces tienen mis ojos si de mirar los suyos se trata. Así que miré la tarde sin mirar sus ojos y supe, abrillantado entonces, que no hay peor destino que el que jamás se construye ni azares tormentosos que arañen el alma para siempre. Luego sorbí el café que empañó mis pestañas dejándome sereno y claro...
Pasado el café de las seis, me hice vigía de los bosques: algo bueno deja la absurda contemplación arbórea.
Entrar en este verso como el viento, que mueve sin propósito la arena, como quien baila (que se mueve apenas), por el mero placer del movimiento.
Sin pretensiones, sin predicamento, como un eco que sin querer resuena, dejar que cada sílaba en la oncena encuentre su lugar y su momento.
Que el soneto nos tome por sorpresa, como si fuera un hecho consumado, como nos toman los rompecabezas,
que sin saberlo, nacen ensamblados. Así el amor, igual que un verso, empieza sin entender desde dónde ha llegado.
Jorge Drexler, Montevideo.
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I.
II.
III.
Todo paisaje es construcción humana. El paisaje existe en la medida que alguien lo mira y lo interpreta para desarrollar algún propósito. No existiría sin la mediación del ojo, la mente, la mano, el tiempo...
Malpica Cuello, Granada.
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Play and dance!
Que el soneto nos tome por sorpresa by Jorge Drexler on Grooveshark
Todas las fotos: Golfo de México / Altas Montañas Diciembre 2011 / enero 2012
No se puede hablar de cotidianeidad sin antes tratar de definirla, o al menos enmarcarla dentro de un contexto. Términos como cotidianeidad, privacidad, colectividad, resultan a veces tan generales y particulares a la vez, que es imposible lograr una definición clara.
Generales, porque nos entregan una noción totalmente abierta a todo; lo cotidiano es definido como “lo que ocurre diariamente”, “lo usual”; lo que es tremendamente vago en cuanto la existencia es particular y personal a cada individuo, lo que nos produce que el término de lo cotidiano se fragmente en miles de pequeñas cotidianeidades personales y particulares de cada uno.
Lo que aquí nos interesa, sin embargo, es el lugar en donde ellas suelen encontrarse, en lo que denominamos lugares cotidianos. Lugares que deben su existencia al hecho de que entre los miles de cotidianos particulares que podemos tener, existe por lo menos un grupo de ellos que nos son comunes a un grupo mayor de personas, y estos grupos se encuentran fugazmente por momentos, en espacios definidos y determinados para tal efecto.
Es acerca de estos espacios de encuentro fugaz de los que queremos hablar aquí. Espacios como el café, la calle, el almacén de la esquina. Lugares de los cuales han derivado muchos otros hoy en día; el café se transforma en cibercafé, la calle en galería comercial, el almacén en supermercado. Hay un cambio de tiempo y de escalas significativo, la velocidad de la mirada, del paso, es otra; la escala crece considerablemente, pero en el fondo existen ciertos elementos invariantes en estos lugares cotidianos.
Fragmento de La seducción, Mauricio Baros
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6:14 > Cables de alta tensión ligan una desenfrenada carrera eléctrica al Sol que ya despunta al alba sin preocuparse tanto por las nubes, los árboles, los pelícanos >
6:17 > lo que en el '36 del siglo pasado fue una lámpara de petróleo, hoy es monstruo incandescente que abre sus fauces devorando tabiques pintados >
8:22 > cerrado por reparación, por derribo, cerrado en espera de cambios, de reajustes económicos en negocios que otrora fueran prestigiados, todo cerrado >
10: 57 > me da la mano un lunes que ha dejado de latir desde el domingo >
12:09 > ellos se besan, entibiando un poco el aire; incongruentes ellos >
18:22 > danzan acuarelas, resplandecen en los malls, miran inquietas al cliente cansado >
18:53 > cierra la tarde el otoño, apenas perceptible tras la emancipada silueta de la dama que me habita y se acurruca en la pradera.
Es el callejón de los mil espejos, el insoportable perseguir de los espejos. Dicen que detrás viven los mictlacas, y que los vivos somos las terribles sombras carnales de los muertos.
Dicen que cada uno trae su puerta, aún desde antes de nacer, aún de cuando los libros no tenían sonidos, de cuando los sonidos no tenían ideas y de cuando las ideas no habían agujereado, todavía, nuestras cabezas.
Dicen que cuando las ruedas de tu vida se cierran se acabó tu estancia en esta tierra y las puertas del Mictlan se abren exactamente en donde se te cerraron las ruedas.
Dicen que hay que entrar sonriendo a esa puerta, pues de nada vale reír o no reírse, pero es mejor llegar feliz al Mictlan, que llegar ya muerto.
Fragmento de Entrada, Mario Ramírez.
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Play and read!
I.
Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la vida que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala suerte que nos mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres.
II.
La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida. Toda esa abigarrada confusión de actos, omisiones, arrepentimientos y tentativas —obras y sobras— que es cada vida, encuentran en la muerte, ya que no sentido o explicación, fin. Frente a ella nuestra vida se dibuja e inmoviliza. Antes de desmoronarse y hundirse en la nada, se esculpe y vuelve forma inmutable: ya no cambiaremos sino para desaparecer. Nuestra muerte ilumina nuestra vida. Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida.
III.
Para el mexicano moderno la muerte carece de significación. Ha dejado de ser tránsito, acceso a otra vida más vida que la nuestra. Pero la intranscendencia de la muerte no nos lleva a eliminarla de nuestra vida diaria. Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: "si me han de matar mañana, que me maten de una vez".
IV.
Todo está lejos del mexicano, todo le es extraño y, en primer término, la muerte, la extraña por excelencia. El mexicano no se entrega a la muerte, porque la entrega entraña sacrificio. Y el sacrificio, a su vez, exige que alguien dé y alguien reciba. Esto es, que alguien se abra y se encare a una realidad que lo trasciende. En un mundo intranscendente, cerrado sobre sí mismo, la muerte mexicana no da ni recibe; se consume en sí misma y a sí misma se satisface. Así pues, nuestras relaciones con la muerte son íntimas —más íntimas, acaso, que las de cualquier otro pueblo— pero desnudas de significación y desprovistas de erotismo. La muerte mexicana es estéril...
V.
En suma, si en la fiesta, la borrachera o la confidencia nos abrimos, lo hacemos con tal violencia que nos desgarramos y acabamos por anularnos, Y ante la muerte, como ante la vida, nos alzamos de hombros y le oponemos un silencio o una sonrisa desdeñosa. La fiesta y el crimen pasional o gratuito revelan que el equilibrio de que hacemos gala sólo es una máscara, siempre en peligro de ser desgarrada por una súbita explosión de nuestra intimidad.
Todas estas actitudes indican que el mexicano siente, en sí mismo y en la carne del país, la presencia de una mancha, no por difusa menos viva, original e imborrable. Todos nuestros gestos tienden a ocultar esa llaga, siempre fresca, siempre lista a encenderse y arder bajo el sol de la mirada ajena.
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Fotografías: Naolinco, Veracruz. Noviembre 2010. Texto en cursivas: Fragmentos de "Todos Santos", Octavio Paz.
Calzada abajo: la casa materna, el sol dorando las piedras, el Pico de Orizaba con su glaciar impenetrable. Subido en cuatro ruedas, conduciendo despacio (como quien no pretende alcanzar al destino), escuchaba con profundo gozo y atento, la revisión orquestal que Peter Gabriel hizo a sus poderosos hits, allá en el 2011, cuando dotar de nueva sangre a viejos temas era la ocurrencia que todo músico de la tercera edad tomaba como bandera. Y lo hizo bien el inglés; quiero decir: dar matices de clásica ligera a pop alternativo hecho por calvos progresivos y brillantes, no me parece una misión sencilla.
En ello pensaba, calzada abajo, y en un café que me esperaba paciente en la cocina, y en la rica sobremesa que días atrás, en octubre de aquel año de cambios, pleno en sonrientes compañías, sostuve alrededor de semántica y semiótica, el cómplex y la circunstancia, la presuposición y los giros subjetivos, las mafias de China, los ahogados en Bolivia, los escuadrones de la muerte en las favelas del Brasil y las távolas correccionales durante las duras épocas revolucionarias que atravesara México a inicios del siglo XX.
Así, más o menos así, me entretuve esas dos cuadras; atrás mío, o encima, alrededor del halo poderoso que emanaba de mi cuerpo esa mañana otoñal, sonaba dictatorial Red Rain con su proclama a cuestas a favor de los mejores tiempos venideros. Y yo me sentía imbatible, amo todoterreno de sus llantas y husos horarios, guerrero anti-gusanos en la tierra más fértil que a diario me comparte la patria y la huerta donde inician y acaban todos mis manifiestos (cada ensueño fugaz que habita mi persona; en fin).
Al llegar a casa, bajé del auto dejando la puerta abierta y abrí el portón de madera que ha recibido a tantos, tantísimos fantasmas venidos de otros meridianos. Supe de inmediato que el brujo de los teclados, amigo por circunstancia geográfica y antiguo vecino de la calle Abasolo, tendría boda esa noche, o al menos se le veía inquieto dirigiendo chalanes de carga: ¡Pendejo; mete primero el bajo!, le gritaba a rafita que ya se había “trepado” al Torton en el que el brujo usualmente se desplazaba a pueblos cercanos con sus cumbias y otros ritmos tropicales para dar alivio a cualquier recién matrimoniado. Así era el brujo, le decían toño sin llamarse Antonio; era el toño, nuestro brujo de los teclados, particular insurgente de la música guapachosa en el beloved Xico, Veracruz.
Y el toño, hijo de un magistral herrero que en el otoño de su vida se dedicó a la curación de huesos “chispados”, era música en estado desnudo, más allá de cualquier entendido intelectual que proclamen los fanáticos de George Steiner. “Antonio” aprendió a golpear Yamahas ya entrados los místicos ochenta y decidió, como uno escoge cualquier pescado en un menú, que aquello era lo suyo; músico autodidacta (cual Paquito de Lucía), mago emprendedor que al cabo de unos pocos años se hizo manager, líder y vocalista de “La Brujería Tropical de México”, un combo poderoso con dos trompetas, baterista, tres coristas amistosas, dos teclados, y un saxofón soprano; todos entallados en camisas rojo vivo y pantalones blancos; toño usaba paliacate para ocultar su poco pelo.
Así estuvo, embrujado, por más de treinta años. Firmaron una placa durante esas tres décadas, que él mismo grabó, mezcló y distribuyó. De una copia me hice acreedor durante una tarde de fiesta mexicana; por puro protocolo le pedí su autógrafo y el muy cabrón me lo negó argumentando que el día que fuera a escucharlos y a taconear gustoso su, por demás, enérgico éxito “El patito (se sume y se moja, se vuelve a sumir)”, con todas las de la ley imprimiría su firma en el estaño. Nunca fui, sería el azar o mi poca paciencia en los bailes populares.
Vuelvo al caso: toño gritándole a rafita que subiera primero el bajo (el muy pendejo), yo pensando en Umberto Eco, Peter Gabriel ensimismado con su versión orquestal de Red Rain, el sol quemando las piedras, el Pico de Orizaba y su eterno glaciar incorruptible, etcétera; toño parando de tajo la operación Torton ante el asombro de rafita que, sudando, trataba de subir un timbal gigante al monstruo aquel de ocho llantas.
Quiovo Juan Carlos; me atinó casi en la nuca / ¡Quiubo toño!, qué; cóm’tás, ¿ya estuvo? / Ahí vamos, jalo pa’ Cosautlán a un bautizo / Ah / … / … / … / Está de la chingada la carretera ¿no? / ¡Vaya! / Sí, está cabrón / … / … / … (yo notaba que toño paraba la oreja y se acercaba a la bocina incrustada en la puerta de esa Tracker gris 4 X 4, 2003, Chevrolet en su estado más fiero, carrazo; en fin) / … / ¿qué orquesta es? / Es la New Bl… una de Londres, toño / La de Londres, mjm / ¿está chingón, no? / déjame oir, déjame oir / … / … / … / … / ¡a toda madre! / otro pedo mi toño, ¡tú sí sabes!; sonreí complaciente / es que como soy músico, pu's uno aprende, aunque no quiera, a analizar lo que escucha ¿verdá? / sí; qué chingón mi toño (era importante el “mi”; en aquel entonces proveía un sentido de comunidad y camaradería que a todo mundo gustaba) / ¡grábamelo!, te paso un disco ‘orita / claro, claro, ‘orita me tocas y yo te lo quemo / ¡a güevo!; alzó a medias sus puños cerrados en señal de infantil victoria / ‘ora toño, así quedamos / ‘ora Juan Carlos, gracias.
Jamás tocó a mi puerta el brujo de los teclados; cuando de pronto me lo cruzaba por las calles del pueblo, me saludaba escueto, cabizbajo; dos años después dejó de tocar, de componer, vendió su camión, liquidó a rafita y a sus músicos.
Anoche, más viejos los dos, lo encontré sentado y perfumado en la fila k de un teatro desvencijado minutos antes de que diera inicio la temporada de la Orquesta Sinfónica de Xalapa. Chingón, Juan Carlos; me susurró despacio / ¡A toda madre mi toño!; le grité ante el asombro de otros finos parroquianos.
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New Blood es el título del nuevo álbum de Peter Gabriel, donde, efectivamente, revisa a través de la New Blood Orchestra, sus éxitos más significativos. Sir Peter, arropado por estos brillantes músicos, se presentará el próximo miércoles 23 de noviembre en el Auditorio Nacional, en la Ciudad de México.