jueves, 8 de abril de 2010

S. T. 6/n

< A la memoria de Josefina Valencia



Play, de favor:



No recuerdo a mi abuela materna. Ni sus tardes de cajeta ante el sol tímido de los noviembres que inundaban la cocina. Ni sus lecturas o escritores favoritos. No me salen al encuentro, como hallazgos solitarios, los estambres azules o el suéter que por navidad me regalara. Ni siquiera entiendo a bien por qué le escribo con tanta galanura como si estuviera aquí a mi lado en este instante. De pronto, otra vez, la noche. Y afuera nada, o todo con luces, grillos, maravilla. Quizá son los techos altos, los muebles en la niebla, el camino polvoriento que cruzan los caballos de vuelta al prado.

No recuerdo a Josefina, ni a sus pastes ingleses de su Pachuca eterna, ni a sus buenos modales, ni a sus frutos, ni a sus sombras. No me llena el olor de aquel armario alcanforado, guarida de fresas cristalizadas y pastillas blancas, señuelo para el niño inquieto, martirio de santos y ladrones, cava inexplorada de un vermouth añejo y libretas amarillas con fotos y recortes, luego, nada, la noche, afuera, otra vez, las cigarras, el búho que vive en el cedro y nada, maravilla.

Tal vez me esfuerzo en demostrarme algún recuerdo y miento. Tal vez no concibo la “psicodinamia de su comportamiento”. Tal vez, también, si su mano se ha posado en mí, me obliga sigilosa a dar de tumbos con las palabras esquivas. Quizá son los techos altos, la lluvia intermitente de relámpagos, el piano que tocaba a tramos, los días de campo cerca de arroyos transparentes: los berros, las canastas.

No recuerdo a mi abuelita; ni siquiera por ser la única mujer que pude llamar así en mi vida, ni por sus noches aletargadas con radionovelas de Radio Red, ni por “la risa, remedio infalible” de cada Selecciones olvidado, ni por los “quintos” que me daba por recoger sus agujas del suelo o empanzonarle sus alfileteros. No me asaltan los buñuelos, sus quejas por el calor o el frío o ambos o la amenaza latente de los mosquitos en mayo. No se me ocurre su nombre o apellido, no siento su cabello blanco, mirada lejos. Vamos, caminemos, debió decir, aquí nos están dejando morir las plantas.

Para qué insistir.

///

El Campo abierto es de José Ramón Martín.

>

7 comentario(s):

Unknown dijo...

:-) el closet era esencial, por que los aromas que se mezclaban era entre las Pastillas de Vichy sabor Violeta y el perfume Vent Vert de Balmain que le traiamos de Paris :))
Una mujer muy refinda con un arte para la cocina unico !!!
xoxox

Juan Carlos Medrano dijo...

¡Prima! / qué emoción me provoca saber que desde Suiza visitas al Peatón. Ojalá vuelvas siempre.

¡Vent Vert de Balmain!, claro. Qué buen aporte. También besos y abrazos. Y viva siempre la abue Jose.

Juan Carlos Medrano dijo...

... oye, no tienes habilitado tu perfil :-( no puedo entrar a tu blog.

PAto dijo...

Me tome la libertad de compartir tu blog con el primaje Barrena, así es que igual te caen algunas visitas.
Je, perdon, perdon, eso me sonó como cuando llega algun amigo incomodo a una fiesta: "invite a unos amigos, espero no incomoden", jeeeeee.
Saludos Furx.

Juan Carlos Medrano dijo...

Bienvenidos todos Pat; sería buena excusa para irse organizando una fiesta masiva Barrena en la que se conmemore la vida, o qué.

¿Le entras como parte del comité?
Saludos.

Carmen dijo...

Hacías falta mi estimado, eran necesarias estas entradas, qué bueno que no abandonaste el lugar.
Supondo que estás dónde Sabina y yo mañana parto para Xalapa, pero todo sucede de manera vertiginosa y muy muy cansada.
Besos a los dos.

Juan Carlos Medrano dijo...

Gracias, mujer, por las porras y apoyos. Supones bien, estuve donde él y de maneras que se quedan bien guardadas. Pronto habrá en este espacio una crónica al respecto, se está fraguando...

Por qué todo sucede así Carmen, tú dime, que no haya próximas sin vernos en terruños xalapeños.

Gracias por los besos partidos. Nosotros mandamos pa'llá la misma dosis, y también pa' dos.

S A l U d !