miércoles, 14 de mayo de 2008

Escupitajo

>



Se detuvo el momento más mágico y ella con él se detuvo. Me tuvo entonces a mí y sin mí también se tuvo el placer de no tenerme. Y luego se fue deprisa, sin miramientos, con largas zancadas, entre la nieve, por fuera del viento, entre las frutas, con ansias de azúcar. Entonces miró hacia atrás y preguntó con desgana que por qué tan despacio. Tiempo no me otorgó de mirarle sus pupilas dilatadas y delatar con ello todo su afán por convertirse en cielo. En paz. En paz además me dijo que corría despacio para dejarse alcanzar por la brisa de San Vicente o el amante parisino parecido a Brel. Bella y bonita bostezó para abrir sus lagrimales y secarse la amargura que le provocaba el frío; la abracé por ello con celos y me cantó (casi Simone) Ne me quitte pas. Le devolví sus cosas y metió su mano izquierda al escondido recoveco de su prenda baja, se esfumó la comezón con rascarse quieta y mirando el horizonte gritó en silencio su desgracia, vomitó de pronto las palabras. Quieta, como ya, me pensó desnudo y vestido y elegante y sucio y húmedo también pensé que su cuerpo inherte (no más mío) se quebraba en diez pedazos por cada amigo compartido con mi cama y para cada infiel instante que, congelado en el tiempo, no me supo perdonar. La callé de golpe y cayose al suelo, despistada supo que era el fin que al fin llegaba al fin. De pie se vio segura, altiva y montonera, hubo brazos ayudantes y risitas de despecho ¡pobre imbécil trashumante!, nómada idiota del amor-lujuria, claustro de bondades nunca dadas y nalgas apretadas, vientre enjuto y viejo por el que transité sin gozo ni descanso. Así lo ves, así te ví, partida de ajedrez de cinco puntos, sin rey ni torre ni caballos que montaras en octubre mintiendo a todos tus verdades de puta noble y pendenciera. Hoy, de nuevo, te escabulles cantando tus chansones, hipócrita francesa, perra en celo sin collar ni vitaminas: ¡que te follen bien!, óyelo bien, que mejor te follen por como mejor te sepa que ni yo ni diablo ni cuento seremos capaces nunca de llenarte la boca y callar tu desconsuelo. Te dejo, luego entonces, mi querida, con el otro mandamás que hoy se creyó tu caballero y no es más que puro y disfrazado montaraz. Arregla tus encantos y vuelve a verme si tu cara se destroza cierta noche por la edad. Regresa a tus entrañas y cómete viva, y mira tu uñas crecer al revés, rebana con esmero cada una de tus piernas, carnicera, y ahumado, mándame un trozo de delicia en navidad. Ni qué decirte de la nieve y sus engaños blancos, serios, clandestinos; ni qué gritarte de tus gustos, ni bien me va ni mal me siento, ya todo es, contigo, personal. Así que me huyo, a toro pasado, con la italiana de las gafas: que te duela saber que por su nombre me robaste el sueño de ubicarte eterna en mi inventario, cosa mala, duende falso, caradura, cazadora, mataniños, rompemadres. Tuyo es tu libro: a mí mis hojas a ti; tus tintas.



<

martes, 13 de mayo de 2008

Allá (Primera Entrega)

> Para Arturo



Caía la noche y era tiempo de acomodarse en la cabeza tantos paisajes de frontera, de aire y mar y polvo. De Marruecos ya lejano, de sus albercas abultadas con gente de dinero sucio, de sus plazas y sus callejas, de todas las motocicletas maniobradas por ovejas y cabras. Había que acomodarse todo eso muy bien. Entonces caminamos, ¡dichosa medicina!, lentamente y por ratos caminamos las calles del centro; absortos observamos la noche, el fuego, la sangría, los ritos madrileños, las minifaldas de Ciudad Real, los gestos del cómplice emigrante; miramos con desdén a los tristes y nos bebimos luego, de un trago largo y fijo -que apenas dejaba caer cerveza por nuestras barbas- todas las Cruzcampo del olvido, la Mahou calentita, el mosto de la primera temporada y el recuerdo de una sidrinha con sardinas anteriormente degustada. ¿Recuerdas los Llagares?, ¡y la niña aquella que me bailó ensombrecida en el Círculo del Arte!, dime que has olvidado el aire ligero de los Picos y la rígida aduana en los Nuevos Ministerios.

He encontrado nuevas maneras de envenenarme. No necesito volar ni estar dormido.

Caía la noche y era tiempo de acomodarse en la cabeza tantos kilómetros. Habíamos vuelto preñados de regalos y bisutería. Éramos seres livianos que con ojeras se reían de su destino. ¡Tó ‘stá mu’ caro caballero!, decíamos, ¡como pa’ volverse locus!, gritábamos. No era cierto: lo único tangible y verdaderamente real (REAL con mayúsculas, caballero) era el humo que tibio emergía de la puerta de cristal: guardiana incorrupta del Café Central.

Y allá, casi obligado, me llevaste a ver a Krahe… (tú dices que casi obligado, yo digo que a tomar por culo tus dichos). Don Javier Krahe y toda su Banda se presentaban otro invierno en el mismo sitio, con la misma gente y con nuevo disco bajo el brazo… /// Corte de electricidad /// (¿Por qué no mejor me pongo a contarte lo que fue y dejo para otro día los destellos baratos de literatura?, ¿estamos?, ¿todos de acuerdo? Allá voy entonces.)

El cartel sin muchas pretensiones anunciaba con plumón y gala de trasnochados al mítico y poliadjetivado Krahe. Tus ojos brillaron, lo noté sin necesidad de encender cigarros. Así que a rastras me llevaste de vuelta al hostal, tuve -¡maldita la noche!- que ducharme con agua helada, tuve -¡catxo ‘e maricón!- que aplicar un recorte a las mejillas, cortarme todas las uñas y pedir prestado de tu perfume, abrocharme ¡tu penúltima camisa limpia! y abrigar mi alma con el mismo suéter negro que hoy ya goza de pensión y jardines.

Céleres volvimos a la calle, andamos el corredor de las esmeraldas y boquiabiertos por su belleza no pudimos sonreírles a las guiris que coquetas se abrazaban en la fachada del Joy Eslava. De nueva cuenta subimos la pendiente paralela a Sol y casi sin aire llegamos por fin a la plazuela de Tirso; iluminada con adornos navideños y niños felices por la inminente llegada de Papá Noel. Era 19 y también diciembre, era que el azar se nos puso guapo y brindó con el destino por nuestra efímera dicha. Era vivir como maños y reír a la xiqueña. Era más, eran pasadas las diez y caía la noche, y era tiempo también de acomodarse en la cabeza tantas montañas y desiertos.



< Jorge Cari Jazz Quartet desde el Café Central >

Para leer la segunda entrega, haga clic aquí.

lunes, 12 de mayo de 2008

Saldremos a la Lluvia

>


Se aisló; vistió botas de trekking y camisas azules de pana fina. Se aisló cerca de Creta y luego en Girona; limpió de polvo su guitarra y propuso seis acordes discretos, muy de sal mediterránea. Se aisló cerca de las palomas, crestas del viento; cazó zorros con su mirada y corrió con caballos salvajes. Se aisló cerca de su madre y luego, por las tardes, le cocinó ensaladas con tomates del huerto y quesito fresco de cabra. Sintió, surcando sus mejillas, aire matutino que le invitó a la ordeña. Domó sus miedos y dijo de pronto: "tuve un amor, ya tendré otro".

Más fuerte (por las pesas) y más ligero (por las ropas) salió a caminar el sendero que con su hermano trazó en otoñales ayeres, amarillos ayeres con árboles rojos. Se sentó en el árbol viejo y eterno. Le leyó un cuento a Malva sobre cangrejos que ayudaban a unicornios a salir de la mar; ella con brillantes ojos y ternura bien puesta susurró mientras las olas lejanas se rompían: "mañana saldremos a la lluvia papá". Manolo se rió con la mueca del infante y pensó sin hablar: "habrá que perfumarse con azahar, ahora que el naranjo está floreando".



<

jueves, 8 de mayo de 2008

Donde veas, veré

> o Estado de Sitio



Hay dos signos diferentes, dos modos distintos de entender el malogrado amor. Uno, vivo y fugaz, se ciñe en lo visceral y nos remonta al hombre primitivo; es fácil y con sexo asegurado. El otro es terreno literario, médico y disfuncional; imanta a los sujetos y provoca en ellos, dejos de inexplicable ternura, que muchas veces, así también de impenetrable, roza los campos floridos de la estupidez.

Abelardo y Eloísa son probablemente el referente directo de mis palabras. Él, curioso y vulnerable; ella bellísima y deseada. Abelardo, estudiante seductor, filósofo y actor; Eloísa, muchos mimos y pupila sin tutor. Se conocieron en París, no hay fecha rescatada. Él se hizo pronto de buena reputación y pidió residencia, nada tonto, en la casa de Fulberto, tío de la chica y seguro protector: algo querendón el tipo… y muy traidor.

Así que a cambio de enseñarle las verdades ocultas de Dios, el joven logró habitación y sustento, cama individual y calor de adolescente en celo. Nada es así, como lo cuento. A Fulberto mal le olían los gatos y dijo firme a Abelardito: “nada de cariños con la niña, mano dura, golpes de ser preciso”. Ella fingía con gritos el “castigo” y él redimía sus lágrimas falsas con torpes caricias de lujuria y pretensión.

Don Fulberto se supo engañado y así, desprotegido de su orgullo, muda a la virgen de ciudad donde presto la rescata nuestro héroe y huyen los dos a Toulusse para luego ver nacer, perfecto y radiante, al fruto de sus carnes: el hijo único y primero, Astrolabio, el salvador.

Entonces, no se sabe bien si por gusto u obligación, Abelardo pide casorio a Eloísa, y ella, abiertamente en contra del matrimonio, por considerarlo signo de posesión y no de amor, declina la invitación y huye asustada dejando a su niño con las monjas de Argentuil, donde tonta y devota toma los hábitos y se olvida de sí.

Fulberto, exaltado y adrenalínico, localiza por fin al pretencioso que despojole de su más preciado bien y ayudado por tres hombres de confianza, con fuerza brutal y en inteligencia sorda, capa por la noche, funesta trama, a nuestro pobre ruiseñor.

De ahí en más, se suceden miles de cartas; Abelardo se convierte en el filósofo de Dios y Santa Eloísa le pide cartas de amor y consuelo temiendo ser olvidada por su antiguo triunfador. Mas no consigue que el actor le hable como un amante, sólo lee los rastros de un maestro sanador.

Por fortuna, ¡Oh Fortuna Carminiana!, la última carta conocida de Abelardo a Eloísa, termina con una plegaria; su lenguaje abandona por fin toda abstracción y, por primera vez luego de tantos otoños, se vuelve íntimo y cálido. Con seguridad, ella sintió regocijo ante cada uno de esos recuerdos que los ligaban nuevamente y que sólo ellos conocían. Evidentemente, el recuerdo de la pasión había conseguido romper la solidez doctrinal de su amado Abelardo.

No se sabe bien de su muerte, no hay ni datos ni figuras que la ilustren, sólo un bello mausoleo, morada infinita de su descanso.

...

Siglos más tarde en Tarragona, Carmen y Martín deciden fugarse de casa y visitar el mar; la Televisión Española crea un escándalo y pronto se decide que fueron raptados como rehenes por miembros de la ETA, al poco tiempo, la policía portuguesa los descubre algo marchitos en huesos y los envía de nuevo a casa donde los padres les reprenden fuertemente prohibiéndoles para siempre volver a verse.

A dos años del incidente, un cantautor de nombre Ismael les asigna una copla, dejándonos la imaginación al vuelo. Seis años más tarde Don Sabina retoma la nota y provoca en todos, consuelo. Y hoy, entretenido lector que ha culminado con gracia mi juglaría, será testigo de todos los ángulos, de todos los matices.



< Ismael Serrano.- La Huída >



< Joaquín Sabina.- Pájaros de Portugal >

miércoles, 7 de mayo de 2008

Futuro Perfecto Simple del Verbo Olvidar

>



Él sabrá enunciarte mejor; dirá cualquier divinidad por humedecerte el cuerpo un poco, platicará sobre sus viajes al sur del sur, te contará con deleite cuánto sufrió la muerte de su madre, rebozará en ti la mejor alegría y soñarás de nueva cuenta en policromos gestos pincelados con cabellos de ángel. Y no te mentirá; no sabrá tus facetas de niña naive o astuta.

Con él arrasarás los bailes y tocarás la guitarra en las tardes con lluvia. Habrá parroquianos que desmayen de celos con sólo espiar sus charlas. Cada dos meses, como para borrarme de tu agenda, llamarás a casa y dejarás recados: fríos rastros de habernos amargado la existencia alguna vez. Quizá en una de esas te conteste el gesto y subraye que todo marcha bien, pese a tu ausencia. Quizá me fume un cigarro, asomado al viento, y los ojos se me enjuguen cuando se atraviese, impertinente, una canción de cuna que cantabas sonriéndome ligera (con tu rubor de pecas y los párpados hundidos).

A tu nuevo amante lo traerás más listo; su trabajo irá mejor cuando a media mañana lo cites en el café de chinos y se pidan un bisquet para los dos: será su religión y les sabrá a miel fresca, misma que él atentamente limpiará de tus labios con un beso. Habrá peleas que los harán más fuertes, él discutirá sus costumbres y tú defenderás las tuyas. A nadie le dirán cuánto se aman: rompería el encanto convirtiéndolo en un frívolo acto sin espinas.

Un día abrirás un sobre sellado en Lisboa, dentro reposará una carta donde te enteres de las falúas que tanto extrañas, una carta que te invite a visitar el barrio de La Alfama mediante fotos anexadas. Nostálgica buscarás con desespero un cassette de Madredeus y vacilarás en ponerlo. Finalmente sucumbirás al abismo de la derrota y ahí, sentada en la misma mecedora donde te gusta cortarte las uñas recordarás tu infancia, te prenderás un cigarro y asomándote al viento se te enjugarán también los ojos.

Pero la noche transcurre y el pájaro que contra tu ventana se golpea dormirá protegido en el cedro aquel que sembraste cuando niña. Él llegará de su oficina mostrándote con cierto desaire los planos aprobados para la reconstrucción del edificio de Orlay, el que te gusta con su fachada así de vetusta y problemática. Hablarán de arquitectura y discutirás empedernida, sirviéndote otro anís, sobre "la belleza del maldito minimalismo" que reduce toda avenida a vil trabajo en serie. Con toda certeza él se reirá bromeando sobre tus disparates, habrá un silencio (de los que preceden al aplauso), aún con su sonrisa intacta te mirará a los ojos con amor del que sonroja, besará tu frente, tomará de tu copa, ¡pero qué fuerte lo que bebes! Y tú muy cómplice le arrastrarás con el dedo una gota de Chinchón que resbaló de su boca para llevártela a la tuya. Tú tan coqueta y enamorada.

Esa noche harán el amor y pactarán su eternidad, dejarás que te acaricie la espalda mientras miras tu cedro por la ventana. Todo será más fácil así, sin deberes ni orgullos ni estafas ni odios ni peleas. Teresa Salgueiro sonará desde la sala y su voz marina abrazará los muebles; dejaste la música corriendo, la luz encendida y la copa de anís sobre mi carta. Cerrarás por fin los ojos y el batir de alas de cientos de cigarras arrullará tu sueño para siempre.



<

martes, 6 de mayo de 2008

Lecturas Detestables 3/n

> ... tras un intento fallido (junio 2006)

No si el viento sopla. Si la mata crece no. No mientras valga la pena y tú te fijes en detalles. Nunca, de serme posible, te diré un piropo porque sí. Jamás de los jamases. No cuando te acuerdas. No hasta que lo olvides. Tú prosigues, yo me atengo. Antes dije no, hoy te lo repito: no, porque me ciegan tus modos y tu andar. Diré que no cuando me invites y hasta saber si tú viviste o no, con otro. Ni por un instante creas que sí. No quiero insistir en tu perdón. Nunca no; y de ser así llegarás muy lejos sinmigo, porque ¿conmí?. No, pues se estropea lo que no llegó a cuajar. Ni así, porque tampoco dar es dar. No mientras yo viva y tú no me animes al sí.



< Liliana Felipe.- Pero no te extraño >