
Se detuvo el momento más mágico y ella con él se detuvo. Me tuvo entonces a mí y sin mí también se tuvo el placer de no tenerme. Y luego se fue deprisa, sin miramientos, con largas zancadas, entre la nieve, por fuera del viento, entre las frutas, con ansias de azúcar. Entonces miró hacia atrás y preguntó con desgana que por qué tan despacio. Tiempo no me otorgó de mirarle sus pupilas dilatadas y delatar con ello todo su afán por convertirse en cielo. En paz. En paz además me dijo que corría despacio para dejarse alcanzar por la brisa de San Vicente o el amante parisino parecido a Brel. Bella y bonita bostezó para abrir sus lagrimales y secarse la amargura que le provocaba el frío; la abracé por ello con celos y me cantó (casi Simone) Ne me quitte pas. Le devolví sus cosas y metió su mano izquierda al escondido recoveco de su prenda baja, se esfumó la comezón con rascarse quieta y mirando el horizonte gritó en silencio su desgracia, vomitó de pronto las palabras. Quieta, como ya, me pensó desnudo y vestido y elegante y sucio y húmedo también pensé que su cuerpo inherte (no más mío) se quebraba en diez pedazos por cada amigo compartido con mi cama y para cada infiel instante que, congelado en el tiempo, no me supo perdonar. La callé de golpe y cayose al suelo, despistada supo que era el fin que al fin llegaba al fin. De pie se vio segura, altiva y montonera, hubo brazos ayudantes y risitas de despecho ¡pobre imbécil trashumante!, nómada idiota del amor-lujuria, claustro de bondades nunca dadas y nalgas apretadas, vientre enjuto y viejo por el que transité sin gozo ni descanso. Así lo ves, así te ví, partida de ajedrez de cinco puntos, sin rey ni torre ni caballos que montaras en octubre mintiendo a todos tus verdades de puta noble y pendenciera. Hoy, de nuevo, te escabulles cantando tus chansones, hipócrita francesa, perra en celo sin collar ni vitaminas: ¡que te follen bien!, óyelo bien, que mejor te follen por como mejor te sepa que ni yo ni diablo ni cuento seremos capaces nunca de llenarte la boca y callar tu desconsuelo. Te dejo, luego entonces, mi querida, con el otro mandamás que hoy se creyó tu caballero y no es más que puro y disfrazado montaraz. Arregla tus encantos y vuelve a verme si tu cara se destroza cierta noche por la edad. Regresa a tus entrañas y cómete viva, y mira tu uñas crecer al revés, rebana con esmero cada una de tus piernas, carnicera, y ahumado, mándame un trozo de delicia en navidad. Ni qué decirte de la nieve y sus engaños blancos, serios, clandestinos; ni qué gritarte de tus gustos, ni bien me va ni mal me siento, ya todo es, contigo, personal. Así que me huyo, a toro pasado, con la italiana de las gafas: que te duela saber que por su nombre me robaste el sueño de ubicarte eterna en mi inventario, cosa mala, duende falso, caradura, cazadora, mataniños, rompemadres. Tuyo es tu libro: a mí mis hojas a ti; tus tintas.
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