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jueves, 28 de agosto de 2014

Paciencia ilimitada


(Otra fábula sin moraleja)




Paseaba su vestidura el cangrejo rozagante: 
terno blindado marrón y sonrisa socarrona de franco ganador. 

Dos gurruminos fueron anoche sometidos por sus pinzas rebosantes en aniquilación y furia sosegada. 

Fuera del hoyo conoció a la caracola con la que, provisto de paciencia ilimitada (amor es la palabra que utilizan en el reino de las plantas) caminó diez horas, apenas rozando la espuma de los mares. 

Entregarzas de puntas afiladas y saliva.

Poco antes: 
las claras del Sol, 
la búsqueda del árbol escondite, 
el tronco retorcido de sus vidas,
la calma que antecede a las tormentas, 
el beso inesperado y juguetón. 

Después: 
el niño taxidermista,
 la hormiga oportunista, 
la carroñera gaviota, 
las ansias de bronceado de todos los insectos.

°

¡Play!


La foto es de Roberto Trigo

°

miércoles, 21 de mayo de 2014

Los abrazos gratis






I.

Carla me inquirió estando en mis encimas cuánto del uno al diez yo le gozaba. Revelé que cien: ¡cien!  - prorrumpí con mis fanales radiantes - ¡diez es muy poco! Rauda se alzó de mi espesura, dio una precaria oleada a su cuerpo en el espejo con ese par de quinqués perfectos que su rostro tanto adornan, declaró dos anatemas, no encontraba su pelliza. ¡Está afuera: la enganchaste en la percha! Salió de allí gimoteando, dejándome el tálamo hecho un embrollo triste. ¡Soy una babieca!, dijo de un golpe cerrando la puerta. Anoche la vieron en Plaza Central con una proclama en cartón colgada en su cuello ofreciendo abrazos gratis. No usaba quevedos, ni cazadora, ni admirable colorete, ni aullidos ni iniquidades.

Así de inentendible fue todo el actuar de aquella madrugada.

II.

¿Cuánto me cuesta un abrazo de tu parte? La hallé en un café meses después de aquel desaguisado pendiente. La ciudad es tan pequeña que puede acomodarse en la órbita del ojo de un gigante. Desde la lluvia pertinaz miré la calidez de adentro y la noté enseguida a pesar de aquel tinte distinto en las hebras ondas de su cabello; no hay ojos más magnos que me hayan visto con las mismas ansias. Al darme el apretón indiferente sentí mi espalda mojada sobre las palmas tibias de sus manos. Hizo una mueca que en otras latitudes han bautizado como sonrisa. Se levantó de allí con presteza y pagó su espresso en el mostrador. Salió al temporal sin paraguas y caminó calle arriba hasta perderse entre los fulgores que ofrecen las noches pasadas por agua.

III.

Llegaron con octubre las hojas rojas en los vergeles. Los globos juguetones de los niños tristes poblaron cada esquina de los parques. Más de veinte lunas carnosas abrieron las rejas de los lobos que en las barras del otoño merendaban a damas con capirotes. En la estancia para el té, mientras la ciudad era trepanada cada tarde, me rodeó el invierno. Todas esas noches cené peras con queso curado y leche entibiada con brandy, miel y romero. No me bastaban los calambres del recuerdo y me acabé embutiendo cinco kilos al volver la primavera. Quizá unos más, ¡soy muy glotón con los recuerdos y tan triste en primavera!

IV.

Decidí andarme silencioso; como un grillo y de puntillas. Insecto palo para niñas traviesas. Sufrido esposo de la mantis religiosa. Cubrí con ámbar mi mirada y salí a transitar cada camino cercano a mis oficios: los ojos bien abiertos, sedienta la nariz de olores nuevos; así (de andar y caminar, de ver y soñar que toco) vendí una serie de fotografías que capté anteponiendo a la cámara un gran cristal sobre el que vertía agua o gasolina, pintura y aceite: "¡qué transgresor, qué remedo puntual de esta sociedad", "¡el artista muestra el umbral de la naturaleza humana derretida en antivalores y anticostumbres!", llegaron a escribir en los panfletos de arte mis críticos enamorados. Entre abril y mi terrible agosto también me ceñí a la antigua laudería; logré algunos pesos haciéndoles cajones a unos cubanos que mezclaban el son con la rumba y sonaban asombrosos. Me di al bien amar de la cocina, aprendí a componer relojes. Con tal de sepultar su nombre bajo la hojarasca de mi memoria, brindé por el intenso deseo sobre los colores: fui palpitar emocionado ante el lindo cabrioleo de las faldas floreadas de muchos de mis arropes. Tantas piadosas madres de tan audaces sabores, tantas señoras fugaces como de Camelopardalis.

V.

Tres años más ciego, más fatuo, más graso, más solo, me presentaron a Paulina Benavides y el mundo moderno se me volvió Gondwana, los mares más anchos, las tierras estrechas, la bóveda eterna,  los labios enjutos.  El 12 de septiembre de ese antier no tan lejano, y luego de notar con entusiasmo que a Paulina y a mí nos venía de maravilla cada embone, logré pulsar las venas de los horrores y le dije, enhiesto de alguna clase insana de orgullo paternal, que se fuera a vivir conmigo a “la montaña de los derroches” que era por mucho el a.k.a más justo que honraba cada una de mis cuatro habitaciones. Paulina dijo que sí, se mudó pasadas las fiestas patrias y tuvo a mal descubrirme en un entuerto voluptuoso con una estudiante de danza. Se fue con sus tres maletas y un termo que tardes atrás había olvidado por fútil despiste.

VI.

Los dos ojos negros (o instantes de furia) de Carla me vieron pasar a su lado. Tras varios años sin verla y lleno ya de mapas corporales tatuados en los siete mares, sus dos ojos negros me vieron pasar a su lado. Pequeña figura morena, cabello brillante y muy corto, blusa a rayas blanquiazules con los hombros descubiertos y pecas acaneladas. La suma de mis deseos me vio pasar a su lado y me tomó del brazo: ¡cómo has subido de peso! Hubo un silencio muy tierno, hubo su cuello en mis ojos, su yermas muecas sonrientes atropellaron mis labios, hubo su antiguo calor manifiesto y sus poros transpirados. Diez kilos, le susurré. ¡Diez es muy poco!, sonrió al regalarme un abrazo.

VII.

Play!


La foto es de (el) peatón


miércoles, 13 de octubre de 2010

Islas particulares

< (Alegoría de la búsqueda)



Es tarde, pero menos tarde para mí que para los famas;
para los famas es cinco minutos más tarde,
llegarán a sus casas más tarde,
se acostarán más tarde.
Yo tengo un reloj con menos vida,
con menos casa y menos acostarme,
yo soy un cronopio desdichado y húmedo.


Tristeza del Cronopio; Julio Cortázar

///

Disquisición

Estamos solos >
Somos vagabundos > Menos
Fragmentos de alguien más
Todo lo que no quisimos
La herida, el dios, la cura, el mal
Somos la paz y el sueño > piel sin dueño
Ni creamos ni arruinamos
Sólo estamos solos

Corren, agitados, los 90.



5:52 a.m.



Despunta el alba. New York ya está excitada; en sus calles hay humo, basura, gente de negro, de azul, de guinda. Hay gente corriendo con tremendas serpientes negras conectadas a sus oídos. Hay gente hablando sola, quebrándose la voz ante un microchip gigante. Hay gente y no testigos. Gente desierta, poca gente, multitudes, islas privadas, particulares. Y en medio de esas tierras ignotas, mar adentro, luz impropia, hay más gente: cortando palmeras, prendiendo las fogatas, apagando esperanzas, naufragando ensimismada… como si no quisiera salvarse, como si de pronto cada avión que surca el cielo fuera intruso de la soledad… de su consuelo.

Despunta el alba y New York está maltrecha. Es victimaria de pasados, es ciudad asustada. Es calma, y yace sola. Afuera hay gas de traspatios y cocinas chinas, nubes remotas, bicicletas aparcadas bajo charcos, cuatro estudiantes, dos prostitutas, siete abogados, cinco vecinos que salen de sus casas sin mirarse. Otro que se queda en cama, que vive ajeno a lo ajeno, que, surrealista, desempaña el cristal que da a la avenida, otro (o ese mismo) que da los buenos días a su hija adoptiva (luego amante y hoy esposa).

Woody no quiere bañarse, no quiere opacar a su impúdica persona. Debe estar en el set a las 12. Hay una escena que lo vuelve loco: Sean Penn tocando su guitarra de juguete encaramado en una media luna a manera de columpio. Debe llamar a Keith, le dijo que el bar que había ubicado para tales fines cerró en diciembre… y ya es febrero. Y Woody se vuelve loco, y Woody no quiere bañarse.

Soon-Yi mira el televisor despreocupada: avisan del tráfico en la 5ta. Él, sin embargo, la observa atento; quiere darle un beso en su nariz; es más la pereza. Ya no recuerda a Mia Farrow, ni sus ojos, ni sus pechos, ni sus glúteos (ya no hablemos de actuaciones). Quizá se decidió muy tarde por Soon-Yi. Se siente viejo, a veces estorbo; cavila, acomoda sus lentes de armazón de pasta, icónicos, decide por fin levantarse; ser otra vez cronopio.

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6:29 p.m.



Cae la tarde a trote lento sobre Fairbanks. El sol blanquecino de febrero recorre con implacable tibieza toda la cordillera sur de Alaska. Los osos se han ido; regresarán con el verano. Christopher McCandless abre un libro magullado: tapa blanda, hojas sueltas, amarillas, subrayadas, con acotaciones sobre los márgenes. Feliz retrato del lector indiferente. McCandless lee a Jack London. “La llamada de la selva” le produce espasmos notorios en la garganta; es un libro enérgico, de los que no ceden ni un minuto ante la impaciencia y la incertidumbre. Es, además, una obra ambivalente: el misterio revelado de un muchacho que reta a su espíritu y se obsequia soledad absoluta fuera de favores citadinos, lejos de urbes inmensas, más allá de esa psique colectiva que nunca entiende.

Christopher detiene su lectura, arroja el ejemplar impreso al suelo de metal y mira quieto el horizonte. Han pasado casi dos años desde aquel abril en que dejó la casa huyendo de sus padres y de las obligaciones morales, estéticas y posmodernas que los colegas suelen depositarle a un recién graduado en Historia. Cambió su nombre por Alex, y no planea volver. Ha caminado tanto… y está tan exhausto… y se siete al fin tan pleno.

Hace dos meses llegó a un paraje desolado cerca del Parque Nacional Denali y allí tuvo a bien encontrarse con un autobús abandonado; lo convirtió en mansión de epicúreos, se propinó una dieta de hierbas y frutillas, y vive con sus libros, un saco de dormir y una sartén oxidada donde hierve el agua que toma de un río vecino. Ha aprendido a hacer el fuego, se ha divertido cazando liebres, y se sabe de memoria algunos versos de Robinson Jeffers. Christopher mira quieto el horizonte, y recuerda a su madre. Nota que quiere un abrazo. Llora un poco sobre su piel, seca por el frío inclemente. Se espabila, baja del autobús, grita a todo pulmón. Nadie responde. Nunca oscurece.

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11:47 p.m.



Emmet afina una Parlour. Cada una de las seis cuerdas se convierte en un reto, en una obligación de perfección que a toda costa lo orilla a humillarse. Emmet es descuidado, ya rompió la cuarta y no le quedan más. Se termina su cigarro, sacude su cabello, camina metódico al espejo (trata de alejarse de sí mismo y acude al espejo; ¿a quién se le ocurre?, ¿a quién que no seas tú? Eres despiadado Emmet Ray, eres anodino hasta contigo). Emmet enfurece y rompe el espejo, hace pedazos la memoria, evoca a Paris, a los tugurios clandestinos, a las casas de chansone, al gorrión Edith, al popular Django Reinhardt. Siente náuseas, comienza a salivar: se entera al fin de su inexistencia. Es consecuencia de un retardado guión que tiene a medio estudio enfurecido.

Hace muy poco apareció en los sueños de Woody. Estaba interpretando, como nunca, “I’ll see you in my dreams” de Gus Kahn. Muchas señoritas lo miraban embelesadas, él se relamía los bigotes y socarronamente sonreía. Pensaba en escoger a alguna dama distraída y con pecas luego de terminar la tanda, y desearle amor eterno, y llevársela a la cama.

Pero Woody despertó; aunque le gusta el erotismo, despertó. Tenía fiebre, hacía calor y Soon-Yi estaba en el set. Por vez primera, Woody temió. Temió de verdad (no era el nervioso aquel que se estrella en los muros, no era hipocondríaco, no era actor, ni director, ni clarinetista, ni escritor: era el miedo encarnado). Llamó a su mujer, quiso comentarle algo al respecto: notó en su voz felicidad y mintió: le dijo que había soñado con ella, que llegaría a las doce, preguntó si todo marchaba bien. Soon-Yi también mintió; dijo que sí, no quiso atormentarle con la “buena nueva” de que Sean Penn no estaba, de que Keith no le avisó que esa noche rodaban, de que habían llegado del estudio buscando culpables. Puros dequeísmos. En vez, mintió: le dijo que sí, que todo iba de acuerdo a lo planeado, que lo esperaba a las doce.

Y Emmet estaba a oscuras: sin guitarra, sin muchachas, sin libido. A tientas. Intermitente. Tratando de gritar sin conseguir que de su boca saliera algún sonido. Desnudo. Fuera de foco. Inmóvil hasta otro episodio onírico.



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10:05 a.m.



Sean sale del Waldorf con las manos en los bolsillos de una chaqueta color azul marino. Trae puesta una gorra y una bufanda. Tiene frío. Aunque nunca ha sido de hoteles lujosos o mansiones de ricos (ni siquiera con Madonna), la producción le asignó una suite que a la vez le pareció sugerente. Keith lo había esperado desde la noche anterior; acabó durmiendo en un hostal poco barato a 14 cuadras de Park Avenue. Está cansada; caminó muy aprisa y demasiado. Un agente la llamó diciendo que Sean no llegaba, que lo recogiera al día siguiente en el living del Astoria. Ella llegó puntual, antes de tiempo, desde las ocho: había que firmar algunos detalles, explicarle al cocinero ciertas excentricidades y finalmente hablar con el gerente sobre un inédito cheque que mandó el estudio semanas antes. Sean también fue puntual, la cita era a las nueve. No subió a la suite, mandó a una chica (con anteojos redondos, muy rubia y tan pálida) a verificar su equipaje y a instalar sus pertenencias. Se quedará once días, no más. Tiene programada una cita con Jon Krakauer, el escritor de moda, el best seller, donde hablarán de una posible adaptación a su última novela. Sean quiere filmarla, no tuvo mucha suerte con De Niro, y está ansioso por sacarse la espina.

Se saludó de beso seco con Keith. Ella sintió un leve rubor en las mejillas. “Debo llevarlo a hablar con el señor Allen”, le dijo. Sean asintió un tanto desinteresado; había sido abordado por una pareja de diplomáticos surcoreanos que lo habían ubicado luego de verle actuar en “La delgada línea roja”. Pidieron dos autógrafos para sus hijas quinceañeras y luego, con gestos amables de reverencia, se dirigieron al bar. Y es que beben todo el día los surcoreanos. “Ni el bigote me salva”, bromeó con Keith. “¿Es de verdad?”, “yo no uso implantes”. Keith quiso jalarlo, más como caricia que con morbo, pero fue profesional. Juntos se encaminaron calle afuera. Al salir sienten frío. Keith se pone los guantes, Sean acomoda su bufanda. Le ordenan al portero que pida un taxi; no lo ven a los ojos.

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2:18 a.m.



Cantan dos cigarras. Es Paris y es insólito aguacero de febrero. La tumba de Jean Baptiste Reinhardt no tiene epitafio. Aquel sepulcro es más bien una Gibson del ’36 entallada en acero. No hay flores, no hay agua, no hay fotos. Sólo descansa clavada en el cemento una uña rosa marca Compass que hace tres años llevó De Lucía como ofertorio de bondades al genuino “gitano de los dedos de oro”. De Jean Baptiste pasó a ser Django y de Django a mito, a referencia directa del jazz caliente de 1930. Vivió muy poco… habrá muerto a los cuarenta.

Django maravilló a todo tipo de audiencias. Incluso, los más conservadores ( músicos letrados y por nota) cayeron a los pies de aquel autodidacta. Emmet no fue la excepción; Woody le produjo el placer de presentarlos.

En 1992, durante un concierto en Barcelona, Woody y su New Orleans Jazz Band, compartieron el escenario con Dallas Tiffe; un guitarrista venido a menos luego de problemas con el alcohol que lo mantuvieron alejado de la escena musical casi diez años. Tocaron cinco canciones que hiciera famosas Jean Baptiste. Los españoles les rindieron varios minutos de acalorados aplausos; al final, Dallas y Woody agradecieron sin palabras. Se sentaron y miraron cómplicemente, para después evocar, casi como entonces, al magnífico belga y su “there’ll be some changes made”. La gente salió contenta; se les veía poblar el Barrio Gótico con emulaciones del más rudo rag time, al tiempo que sacudían sus cabecitas y olvidaban, por un breve instante, su casi obligada soledad.

Esa noche Woody soñó a colores. Era un bar amarillo cargado de humo y risotadas en distintos tonos. Había trece mesas llenas y dos más reservadas para los músicos en turno. Baladas de Ellington recorrían con esmerada lentitud cada espacio del tugurio. Woody tomaba güisqui a sorbos y se reía de alguna ocurrencia. A su lado estaba Emmet, coqueteando, atento a las manos inquietas de una veinteañera; feliz de que Woody soñara, y él apareciera. Entre los dos no se hablaban; a juzgar, parecían amigos de siempre; cómodos el uno con el otro, sin importarse tanto, compinches silentes, en su ambiente y con su gente.

Reinhardt llegó a aquel bar pasadas las tres. Su voz diminuta y el carácter explosivo de su risa, destronaban de su silla a los cualquiera. Finalmente se ubicó en la barra. Dos muchachitas surcoreanas, alegres y disparatadas, le pidieron con escaso francés un par de autógrafos para sus padres. Él se mostró caballero, aunque un poco displicente. No habría camas ajenas esa noche; su novia estaba de visita. Ellas se fueron apagando hasta encontrar, sobre un pasillo prohibido, cuatro manos que entretuvieron sus impulsos. Eran de dos meseros complacientes. Django conversaba con el dueño, quizá del nuevo elepé, y se bebían muy despacio una cerveza en vaso corto.

Emmet lo empujó sin querer; al parecer había cuajado una conquista y era prioritario seguir embelesándola con güisqui. Pidió disculpas sin mirarlo. Django lo detuvo; le dijo que tenía manos de guitarrista, que cuál era su instrumento, porque músico era. Emmet explicó, muy cortante y a modo de broma grotesca, que estaba aprendiendo a tocar el arpa, le sonrió por postura y regresó a la mesa. Woody, increpándolo, y muy nervioso, explicó a los seis que le escuchaban, datos precisos sobre el hombre de la barra. Se hizo un mínimo silencio y luego, poco a poco, las conversaciones volvieron a su cauce natural. Alguien brindó, y todos alzaron sus vasos…

Al día siguiente Woody despertó de buenas; le preparó un desayuno a Soon-Yi, de ricas frutas flameadas; afuera, varias personas compraban flores en Las Ramblas. Emmet, sin embargo, abrió los ojos y notó la noche: se vio desnudo, fuera de foco, inmóvil.

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1:31 p.m.



A instantes se le ve desbaratarse en ridículos gestos y manos que aletean. Es Woody mostrándole a Sean la actitud corporal que debe practicar para la escena del monólogo: una especie de homenaje a los modos de andar en cinemascope durante 1930. Algo no entiende el actor, mecánicamente alza sus cejas de cuando en vez, tratando de concentrarse. Había dormido poco la noche anterior (y el pensamiento divergente no es su fuerte). “¿Entiendes la idea?”, repite Woody cansado. “Es un tanto exagerada”. “¡No es exagerada, Sean!, así te debes mover: ¿necesito explicarte cómo ponerte un moño?”. “Aquí están los lattes Mr. Allen”, interrumpió Tim, el joven de utilería que ha trabajado con él desde sus Días de Radio. Woody toma el vaso de unicel y se quema, lo devuelve a Tim, le pide que lo enfríe. Soon-Yi sonríe, se acerca cautelosa y besa sus dedos. Sean aplaude el gesto. Soon-Yi le guiña un ojo. Woody la mira extrañado, no se lo explica, termina poniendo una cara de hartazgo y se quita los lentes. Masculla: “dónde va a estar esto”. Ha tomado un pedazo de cartón pintado que semeja una nube. “¿Y si pones un espejo mientras me acomodo el moño hablando solo?”. “Ya lo hizo Marty con De Niro”. “Dices que es otro homenaje”. El set entero se ríe. Por un momento, todos empiezan a buscar el bien común (lo que sea por irse a comer más temprano).

Ann Michel espera. No le gusta interactuar con los de cine. Como encargo de la NBC, tiene que realizarle una entrevista a actor y director. Keith le prometió 20 minutos. Allen y Penn llegan tarde, se han enfrascado en una discusión sobre el jazz que permeará la famosa toma del columpio. Saludan a la reportera sin muchas ganas. “Tienes 20 minutos” le susurra Keith al oído; es una loba defendiendo a sus cachorros. Luego sale despacio del camerino, como queriendo no irse. Mira a la periodista y dibuja un “20” en el aire. Quiere dar un portazo, y en vez, pregunta si desean café; no le responden, se va.

“Tiene usted la fama de director maldito”. “¡Por favor!, vaya y entreviste a Roman. Yo soy un niño”. “¿Malcriado?”. Sean advierte: “No quiere darse cuenta señorita, pero en el fondo es buena gente”. Woody asiente con la cabeza, se forma un silencio que corta el bombazo: “Ambos son directores y actores; ¿dónde dejan sus egos?”. “¡No los dejamos!” bromea el director de ‘Manhattan’. “Sinergia pura; a veces él me enseña a actuar, a veces yo a dirigir…”. “… y viceversa” interrumpe mister Allen. “Y viceversa” concuerda Penn. “Supe que el guión de Sweet and Lowdown está inspirado en la vida de Reinhardt. Por qué es tan importante un músico de 1930 cuando se acaba el milenio”. “No es importante; es cine, es contar una historia, son mis gustos, mis pesadillas”. “Creo más bien en la reivindicación de la soledad que experimenta la humanidad. El calor que se fraguaba entonces de transición económica dejó huecos muy grandes en este país. Y el cine, en buena medida, es documento de progreso”. “Es usted un político señor Penn”. “Le gusta salir a cuadro”, se burla Allen. “Y a todo esto: ¿el personaje central es un pateta?”. “Emmet Ray es complicado”. Woody prosigue, enumerando con los dedos, parpadeando excitado: “Músico autodidacta, bien parecido, de extracción humilde, ganando dinero, mujeriego, borracho, apostador, algo proxeneta… ¡such a precious thing!”. “¡Casi describe a Sean Penn!”. “¡Me descubrió, señorita!”. “¿Y usted qué papel interpreta?”. “Usted no se prepara, señorita”.

>>>

4:22 a.m.



Suena muy lejana, sólo aparecen atisbos de guitarra taimada. La habitación es pequeña y la música proviene del salón contiguo. Ahí, y con la calidez que el disco de vinilo provee a las grabaciones, se desmadeja tranquila y melódica “for sentimental reasons” de aquel poderoso “Swing 48” que Reinhardt dejó inconcluso.

La habitación es pequeña, y Sean está postrado sobre una cama doble. No puede dormir, ni quiere: la novela documental de Krakauer ronda por su cabeza todo el día. Hay algo en ella, una suerte de esperanza y misticismo en la que Sean se ve irradiado; nota en la trama un porvenir, una doble vida. Hay casi un muchacho feliz, casi una linda historia, casi una familia unida, casi una aventura homérica, casi otra isla. Hay un “algo más” que lo devora a cada instante y lo empuja a querer filmarla.

Mira el reloj que posa indolente en el buró. Sonríe luego de percatarse de la ausencia del segundero. Se imagina (casi una ráfaga) que el tiempo que habita es más vivo, más gustoso y más sereno. Saca del cajón la novela, ha marcado algunas páginas; siete. Su elección responde a criterios de síntesis visual. Quiere conversar con el autor, convencerlo de ceder sus derechos para una adaptación libérrima. Ha conseguido una entrevista y piensa mostrarle el bosquejo. La idea lo inquieta; debe permanecer en New York diez días, hacer pietaje a cuadro de algunas escenas, zambullirse en un personaje complejo y finalmente volar a San Francisco donde cerrará el trato. Y el reloj no tiene segundero.

Sobre las páginas finales hay una cita que hace unas noches, llevado por la simbiosis más absurda de sus últimos años, encerró en tinta roja. Al margen se lee acotado, con caligrafía nerviosa: “en súper de scan sobre créditos de inicio, letras blancas, conseguir original”. El fragmento le basta y sobra; es conciso y abriría muy bien el filme:

Greetings from Fairbanks! This is the last you shall hear from me, Wayne. Arrived here 2 days ago. It was very difficult to catch rides in the Yukon Territory. But I finally got here.

Please return all mail I receive to the sender. It might be a very long time before I return South. If this adventure proves fatal and you don't ever hear from me again I want you to know you're a great man. I now walk into the wild. -Alex.

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5:52 a.m.



En una pared se lee: “la vida es breve, el alma es vasta; tener es tardar”. Nadie se entera; la calle donde está esa pinta permanece cerrada hasta nuevo aviso. Despunta el alba y New York ya está moviendo sus brazos. Lejos de la habitación de Woody, un edificio entero se quema y de sus ventanas emergen papeles incendiados. Woody amaneció perezoso, aunque al final, ha decidido levantarse y darle ese beso en la nariz a Soon-Yi. Ambos gustan del ritual, aunque afuera el mundo se desvanezca.

Sean duerme cerca del fuego, quizá a un kilómetro. Escucha a los bomberos y algún recuerdo de la infancia se le mete en el cabello. Tímidamente despierta, pero no consigue abrir los ojos. Estuvo leyendo hasta entradas las cinco y quiere descansar de sus insomnios. Hay poca luz, se cuela por debajo de la puerta cierto aliento blanco de resplandor que lo hace dormitar de nuevo. Sólo se escucha un tic tac insistente, poco más o menos invisible, que rítmicamente lo acurruca.

Sobre la tumba de Jean Baptiste, una uña Compass (encarnada en el cemento) revuelve técnica y tiempo. Desacelera los eventos. Sigue lloviendo sin importarle a febrero. Llega Luc muy puntual; saca de su almacén una escoba y empieza por barrer las lápidas de la avenida principal. Le gustan los cementerios; es adicto al silencio sepulcral de tanto rey muerto. Al pasar por el sitio de Django descubre de reojo a un gato. Lo ahuyenta golpeando la escoba contra el piso y el felino huye despavorido tumbas adentro. Luc está satisfecho; sabe que a los gatos les gusta el olor a muerto y que usualmente rascan donde encuentran tierra y no cemento. Luc está contento, entonces sigue barriendo.

Encima de una cama adaptada al fondo de un autobús descompuesto, yace lánguido el cuerpo de Christo. Las tres últimas noches se han acercado los zorros y han despertado a McCandless con gritos y risas que semejan la voz lastimera de los bebés abandonados. Pero él no se inmuta, tiene poca fuerza a estas alturas. Su peso ha cedido más de 17 kilos a la dieta de frutillas y las decisiones están tomadas. Christopher lo ignora, pero un día su voz resonará por todo el planeta dándole libertad a las almas sedientas. De momento es casi marzo, y en marzo siempre hay zarzamoras.



>>>

Derivación

Hay otro lugar; más vacío de flores, de luces, de alimentos. Es un sitio reducido en espacio y con una negritud que sorprende. Ausencia de colores, y en medio un hombre desnudo. Fuera de foco. Inmóvil. Sólo parpadea, mira desorbitado tratando de agrandar sus cuencas. No logra vislumbrar la inmediatez de su existencia. No se entera del contexto. Hace de su imagen un espejo roto. Finalmente evoca una mueca alegre; sabe que vino de paso y que es muy probable que no vuelva. Nunca se había sentido tan henchido de placer. Comienza a moverse. Toca.



Agosto, 2008

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miércoles, 25 de junio de 2008

Osvaldo Venancio Flores

> No. 100



I.

Play. De favor.



Fue en el verano de 1987 cuando mi madre, esa flor otoñal perfecta y entusiasta, me regaló “El maravilloso viaje de Nils Holgersson” escrito y pintado por la sueca Selma Lagerlöf. Debo decir que mis noches (días, tardes y sueños) cambiaron radicalmente. Quise, por un momento, ser escritor. Darle otras alas a mi Nils interno.

Presto, tuve a bien encontrarme un rotafolio verde -tipo libro- con hojas sueltas y escribir, por ejemplo, la letra de alguna canción que me gustara, lo más importante de mi semana o dibujar incluso algún garabato de mi familia reunida en una mesa jugando al monopolio. Aún conservo ese cuaderno. Lo estoy viendo ahora.

Lo estoy hojeando ahora…

Aquí dice que lo primero que leí -que en verdad leí por disfrute- fue “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez. Mi padre, ese universo interminable de bondades, lo sacó de una biblioteca para que yo me pasara mejores tragos con la hepatitis (aislamiento, dulces, libros y telenovelas venezolanas). Recuerdo también al Principito perdido en desiertos terrenales y lo mucho que me gustaba el personaje del zorro. Y cómo olvidarme de los “Cuentos de la selva” de Don Horacio Quiroga, regalo de un médico hippie, amigo de mis padres.

Qué ambrosías tan literarias.

¡Y, claro! “El Pájaro Azul”, aquella obra teatral donde Mytil y Tyltil buscaban… buscaban… eh… sí, claro: un pájaro azul que les brindara la felicidad eterna. El título lo dice todo. Y el libro lo heredó mi madre de su tía Gloria Barrena (una mujer de carácter indomable). Es increíble que guarde todo esto… bueno, yo guardo todo, así que ni tanto. Tengo una carta que me escribió en una hojita con corazones mi primera novia, en el kinder… no nos alarmemos.

… ¿qué es esto?... QUÉ / ES / ESTO. Imposible.

Tengo en mis manos el original del primer cuento que me aventuré a escribir. De mi puño y letra, ¡en tinta roja!, con horrores ortográficos y de sintaxis bastante dudosa. Yace aquí, sumergido entre mis cuadernos de apuntes (no crea usted que Moleskine o cosas así, no; más romántico: hojas recicladas con números raros al reverso). Y aquí está, lo estoy leyendo ahora: ando viajando en una nube de espacio-tiempo inconmensurable, con la risa a 1000 por hora y el corazón palpitando fuerte.

Es oficial.
Debo compartirlo.
No se merece ese abandono.

(… ¡es que desde el título!)

Bien; luego de esta breve introducción, permítame obsequiarle (con más pena que gloria) la historia que seguramente ayudó a este peatón a cruzar, por vez primera, las calles de la ensoñación. ¿Y sabe por qué se lo regalo?, ¿y por qué hoy? Porque hoy cumple 20 años: fue escrito un 25 de junio de 1988 y quiero que aparezca aquí como testigo de mis andares. Lo que leerá, créame, no tiene corrección de estilo. Se lo entrego así; casi desnudo y con sonrisitas pudorosas.


II.

(Transcripción)

Una de las mejores mañanas, cierto niño caminaba con rumbo hacia una cascada, se perdió y al poco tiempo encontró una vara, sí, una vara y empezó a jugar con ella, era una vara fea, jugaba con ella, la lanzó al aire y no la alcanzó, cayó al suelo.

-oye- dijo una voz muy enojada, -contrólate!-
-que?, quién me habla?-
-yo, quién ha de ser, la varita con la que juegas!-
-la… que? tu me hablas…!
-claro tonto, la madera también habla, respira y come!-
-pero como hablas?-
-eso no importa!, por otra parte te agradezco que me hallas sacado de ese fango donde vivía, pronto me pudriría; y en señal de mi agradecimiento, no me queda más que acompañarte, bueno vámos, no hay que perder el tiempo!-

Camino a la cascada se toparon con un gran oso, un oso grisly y venía hacia ellos…

-¡mira, mira, un oso, ayúdame “varita”!-
-ay, qué miedo; conozco a ese tonto animal y es más tonto de lo que el mismo se imagina.-
-yo no veo que sea así!-
-escucha; inútil, ven para acá…!-
-me llamas?-
- sí, mira te presento a este niño, es inofensivo; él me sacó de ese pesado lodo…-
-Ah, que bien, te sientes mejor? pedazito de madera?-
-esperen, mire señor oso, yo le quiero decir que si acepta acompañarnos a una hermosa cascada.-
-yo?, que honor, claro que los acompañaré!-
-bien, bien, empiezo a pensar cómo llamarme…-
-que dices?- preguntó la vara extrañada.
-no nada, no es nada!-

Prosiguieron su camino y volvieron a tener un “encuentro” y esta vez fue con un venado; sí, un cervatillo; este al ver a un hombre y aparte un oso, corrió sin pensarlo…

-espera, no huyas, no te haremos nada… vuelve!-
-imposible alcanzarlo es muy ágil.-
-por fin piensas querido oso!-
-eso no es cierto!-
-por favor, ya cállense y no empiecen!-

Caminaron y de repente, el venado se acercó a ellos y aunque un poco temeroso les dijo:

-me les uno!-
-que, lo dices en serio?- dijo el oso asombrado.
-sí, es en serio… bueno, pero y(m) que se me quedan viendo caminemos!-
-oyes… y cuál es tu nombre.-
-eh, sólo dime “oyes”, entendido?-
-sí, pero…-
-entendido!?-

Al llegar a su destino había una pequeña aldea de madera; y entre un intercambio de voces se oía:

-aquí es?-
-que bello!-
-creo que este es el lugar, fabuloso!-
-si, si, si. Dijo el niño bastante aturdido, y creo que ahora es el momento para que les diga mi nombre… bueno; mi nombre?...-
-nombre, pero, bueno… que es todo este enredo?(3/4)-
-sí mira, cualquier persona debe tener su nombre y si alguien lo desea su mascota también puede tener su nombre o mejor dicho…; olvídalo!-

El niño, con voz entre cortada empezó a relatar su historia muy corta por cierto:

-… y ya que nací huérfano de padre y madre, no sé que nombre darme y pienso que ustedes me podrán ayudar.
- con mucho gusto “oyes”.

El cuarteto empezó a pensar qué nombre podía darle al tal “oyes”.

-ya, ya, ya lo tengo!- gritó el niño lleno de satisfacción.
-si, y ya lo tengo yo también!- pero después de todo es tu nombre y yo no influyo en nada.-
-pues miren me llamaré de una manera muy sencilla: Osvaldo Venancio Flores!-
-como dices?- dijo la vara por ese enredado nombre.
-sí, Osvaldo me puse por el oso, nuestro valiente oso gri(-)ly que si no pelea, es por hombría, más no por cobardía, ahora Venancio por el venado que nos demostró valor viendo que lo podíamos atacar; pero no!, sino que tuvo la valentía de acercarse a nosotros, por eso y por tanto; Venancio y Flores, por la vara, ya que sin tener flores, y ser un simple pedazo de madera, puede capacitar y hasta mejor que muchos de nosotros.
-así que Osvaldo Venancio Flores…-
-Osvaldito sí, es un bonito nombre, no?...-


Fotografía: Cristina Barrena. Febrero de 1985. Yo.

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miércoles, 21 de mayo de 2008

El Valle de Sangre

> A Dan Fogelberg, in memoriam



Dorothy se entibia; dilapida el mundo del mago. Desploma su figura descalza sobre líquidos senderos y azules, fuera de historias pueriles. Retorna, protesta, gimotea, desamparada ríe, se descoyunta perturbada, afina y no se espanta. A este modo lo hace todo: mirando remisamente los árboles que rugen. Tomando hachones y extrayendo augurios se atreve a maldecir y por eso se enfada con la lobreguez del sol (si es que halló por fin su sombra).

Arremete contra los cedros, de madera fofa, y de dos en dos, engulle taño, postas y corazón. Los marca de azul, naranja y verde, por edades, por traidores, por raíces, por temores. Hinca sus dientes de azulejo y pica luego en los fresnos, recios, refulgentes. Cae ramaje en los centímetros de la espesura, antes floresta, hoy osario de troncos maltrechos.

Palos y tablones glorifican al alza su certeza: “la maldita traviesa canta, la del moñito rosa, esa voluble señorita adolescente”. Y vuelve a la carga; se toma su tiempo, gusta de su limonada y le dice al perrito feligrés que no asuma su miedo. Casi anochece.

Onomatopeyas de diversos golpes organizan retumbos en las costillas de Dorothy; su utensilio feroz por fin se sacia. Anochece. Regresa entonces al valle de sangre y avienta con desdén los maderos a la lumbre. Prepara café, se sienta, reza o conversa a solas; tímidas le visitan las setas que no encontraron parador para merienda. Se las come también, sin siquiera despedirlas.

Sale a su portal, percibe ruidos: ligeros crujidos de hojarasca. Son las almas. “Amigo puede ser si no lo veo”. Cierra la puerta - ¡cierra bien la puerta Carole!, pidió de buenas una tarde -, las cortinas, mete leños a la hoguera. Sirve en despostillo su café y lo traga inclemente haciendo buches. Sus ojos se encienden con las chispas, arrojan certeros flechazos a los violadores.

Transcurre la noche, cantan dos búhos. Se distrae, mira con fijeza los recuerdos pegados en la mesa que se han ido eclipsando, así de a poco, debido al hambre peluda y salvaje. Si tan sólo fueran muestras de amistad. No, sólo fútiles recuerdos enmarcados por azúcar y alcohol en redondo.

De vez en cuando vigila al río por las hendijas que se someten a la frialdad de sus ojeadas. Es julio de lluvias y los árboles ya no juegan a divertirla. La aridez de su cuerpo es ignorada por límites ocres y verdes. Y pensar que el cuidado de aquella madera era impecable, logrado sabiamente por aldeanos colindantes… ¡Tanto frío ahuyenta a la imaginación!, las efigies se quebrantaban diariamente por barrotes que protegen a ventanas. Dorothy se aburre. Suspira. Se viste el suéter de lana. Es paradójico fotografiar en tales circunstancias. Sola, con tenue luz y algo de folk, saca de un baúl su cámara y se autorretrata: rústica y oliendo a tierra mojada.

Cambia la escena musical; un antiguo country corroe el escaso metal; descansa como un títere en espera de la muerte de su ánima. ¡Suena tan bien! Su rostro, sin denotar cansancio, se opaca y amarillenta ante 75 palpitantes watts. Es inútil; una torpe descarga la deja a oscuras ¡y ese "country" maldito que se marchó también!

Cómo odia ese tipo de caprichos…

Una luz de fósforo, en acomedida parafina, le devuelve la delicia de captar siluetas. Sombras templadas se arrastran sobre el soportal. Revisa los fusibles y surge previa chispa que despierta. ¡Cuidado, bravas ratas! Además odia lo minúsculo; igual y es un capricho, un capricho minúsculo de Leviatán. La luz vuelve enseguida. Así regresa a la estancia interna, donde ya la espera, retozando como inocente, la baladita que Fogelberg, aquel cantante norteamericano de las montañas, le facilita.

“Sólo de ti depende la lucha o el esfuerzo, niña”: se lo han dicho siempre (casi desde siempre). Cada palabra le sacude el cuerpo, “llorarás y llorarás”. La autobiografía eventual se la brindan los espantos. A los vivos les deja la parte difícil: juzgarla.

El cautivo y el libre se dan la mano de ladera a ladera y le avientan cuatro besos distribuidos a las cuatro fotografías que siempre conservará Dorothy: La soledad, hilada a la niña que sus penas suscitó, cuando una tarde descubrió a un extraño jugando con sus ojos.



< Acotación: En el verano de 1993 llegó a mi cancionero un cassette rojo rotulado bajo el título: "The innocent age"; supe que pertenecía a la discografía de Fogelberg luego de una cómica casualidad en Napster. Gran parte de mi juventud escuché con atención (y a veces a gritos) "The leader of the band", la primera canción del lado B, eterno legado a su padre, muerto trágicamente en un accidente automovilístico... ¡extraño a mi padre!, eso quizá provocó, que luego del fallecimiento de José Medrano, la canción me gustara "más de lo indicado"; junto a "Father and Son" de Cat Stevens, son probablemente los dos himnos en inglés que yo le dedico cada que puedo...

Los años, como siempre, han pasado desinteresados de nuestras tristezas y pormenores, y apenas hoy, urgando en escritos antiguos, me encontré con una miniatura literaria que "milagrosamente" pulí hace once años durante un 'retiro intelectual' de tres horas acaecido en una remota cabaña que mis padres tuvieron a bien construir en abril del 97. El escrito se titula: "madera inocente en climas culpables"; mientras lo escribía (y pensaba en un final menos "final", inentendible y rebuscado) sólo escuché, lamentablemente como fondo, el lado B de "the innocent age". El ejercicio lo publico hasta hoy; barroco en cambios, tantos, que he decidido alterarle personajes, final y moraleja (de acaso haberla)... y hasta título.

Y pobre de mí: ahora que me ha dado por curarme en salud con un video al final de los textos, como complemento, despiste o disfrute, busqué (donde buscamos) "the leader of the band" y con tristeza descubrí que Fogelberg ha muerto: lo hizo en diciembre pasado, durante un accidente automovilístico... >

miércoles, 15 de febrero de 2006

El Enredo de un Cordón Umbilical

Una narración de Juan Carlos Medrano.
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"...amigos míos: veo que los padres están complacidos y eso me complace a mí también, porque sé que si los padres están complacidos, ellos complacerán a los hijos (enorme aplauso, gran risa)."
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GEORGE CATLIN. Vida entre los indios.
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Raúl y Josefina son una pareja que ha nacido para amarse, para jurarse eternidad, para disimular su enojo cuando están en compañía, para reír y llorar con las películas, para comer del mismo plato y tomar del mismo vaso. Raúl y Josefina están satisfechos pues han crecido, tienen responsabilidades mutuas, ya no son pequeños, ya no huyen de los besos ni del sexo, tampoco se esconden ni se citan ciegamente en los cafés. Papás ya no se enojan.

Raúl y Josefina viven ahora juntos, son deseados por demás personas, ajenas a su magia, a su encanto y a toda melodía. Personas ajenas a su sangre; por eso son deseados. Raúl se envuelve siempre en misterios, en libros, en corazones olvidados, en cantos de tarde sin sol, en manzanas, en navajas de afeitar, en cortauñas, en metodologías usuales de todo desayuno; se especializa en omelettes y le gusta el agua simple. A Raúl le gusta mucho el agua simple. Josefina es delicada, amable con visitas que saben ser amables, fuerte con los tropiezos vitales y amante del té con crema; muy inglesita es Josefina. A ambos les fascina el sol y no la playa, se visten como niños, les gusta el lodo, el azúcar y la cáscara de naranja cristalizada, matarían por ella. De hecho cultivan las naranjas, las deshidratan, las empolvan con un chile pequeño que dicen es afrodisíaco y después se las comen, son capaces de pasarse toda una tarde viendo escurrir gotas raras de otoño; escurrir por el tejado, caer enseguida, destruirse. Son capaces de todo.

De pequeños, luego de cenar, jugaban largas horas a ser astrónomos, y a veces, cuando la cena era muy fuerte y la hora temprana, a ser estrellas. Y ardían, ambas estrellas ardían si en alguna casa no había padres. Muy precoces, muy 12 añitos, muy de su estatura. Sólo ardían, Josefina cerraba los ojos y tragaba saliva; jamás explotaban, a Raúl le daba miedo explotar. Sería el caos, la pérdida total de los sentidos y los ecos de un romance prohibido agitarían pañuelos en la catedral de aquella cabecera. Y los ecos, queridos míos, lo vuelven a uno vulnerable. Los ecos hacen que uno se escape, que uno viva huyendo por decreto universal, porque está prohibido ya lo dije, porque Dios castiga estos romances. Son de monstruos estos romances, y su prole son monstruos igualmente. Diosito los castiga, envenena por dentro a la mujer, y su nidito de venas y placenta se endurece, se deforma. Lo mismo pasa con los perros, sus cachorros mueren y nos quedamos todos sin vender siquiera " al prieto aquel, ese que se mueve como si estuviera borrachito". Ni eso nos dejan los perros, por eso los Hombres y los perros se están muriendo de hambre. Ni vender al borrachito podemos.

Por eso, por los castigos divinos que jamás se dieron y por los cachorros que Momo y Snoopy, la pareja de perros que los acompañaba a todas partes, jamás tuvieron, por los ecos y por las catedrales, Raúl y Josefina huyeron encolerizando al cielo, a los padres, al viento en arrozales, a la multitud entrometida. Huyeron de ellos mismos, pero juntos, sin trampas, sin juramentos eternos, sin pareja que ha nacido para amarse. Se asentaron en la ciudad cercana a su pasado. Incluso en los hospitales, si se les veía de la mano sonreír y luego detenerse a contraluz para besarse y amarrarse, eran tildados de obscenos, de malditos, de prófugos. Yo mismo, de tener las piedras, se las tiraba.

Detener las piedras, eso hacían Raúl y Josefina, y luego, te devolvían a cambio una sonrisa cómplice y era cuando te sentías sucio, o te ruborizabas o te descarabas e ibas con tu amante de la farmacia a decirle que tu esposa ya había aceptado el divorcio. No había por qué temerles. ¿O la envidia es tu conciencia?. No. Entonces no hay por qué, ni a ellos, ni a los raros, ni a los que se salen de tu esquema, el esquema universal. Eso te dicen los letrados, los intelectuales. ¿Pero si están mintiendo por ser ellos iguales?, ¿qué tal si se contagia?. Por eso tomamos medicinas, y nos sentimos más felices, por eso nos tapamos los ojos cuando vemos el terror muy de cerca, por miedo a que nos guste. Por eso tú tienes a tu pareja, que conociste en un bar, o en un kinder, con la que ahora vives alejado y sin saber que en la casa de enfrente mataron a un gatito por celos o hubo un accidente, uno pasional, de esos que nunca son accidentes.

A Raúl y a Josefina les pasó lo mismo, vivían en la casa de enfrente y un mal día, de esos en los que arrojamos objetos para defendernos de la persona con la que hacemos el amor, un día con trincheras, en un ratito, en un minuto, sucedió lo que no tenía que suceder jamás: tocaron el timbre los papás de Raúl, y a Josefina se les salían las lágrimas mientras abrazaba a ambos. Raúl no los quería, Josefina era suya, no de ellos, ni de nadie, suya sola, muy suya, muy de su agrado, muy cercana. No hay nada más cercano. Los papás se la llevaron entre empujones y gritos y las noches de Raúl se hicieron amargas y rudas. La cama había crecido y Raúl no era gordo. La cama era muy grande sin Josefina. Y Josefina muy pequeña sin Raúl.

El papá de Raúl se llama Raúl y la mamá de Josefina, Josefina. Personas comunes, que vemos en los bancos esperando turnos o en cocinas cocinando, personas que no entienden la otra dimensión de los espacios, personas comunes. A ambos les hubiese gustado que sus hijos fueran comunes también, que supieran leyes y encontraran caminos justos, equilibrados, sin cuestionamientos morales, sin algarabías. Y no es raro, la esposa del papá de Raúl es increíblemente adorable, una señora muy tierna, que borda en las tardes con otras tres amigas y que a diario llora cuando le recuerdan de su hijo, y del esposo de la mamá de Josefina nadie se puede quejar, es un hombre que trabaja duro en una firma de abogados y que quiere lo mejor para su hija. Historia sencilla, sin rodeos, hay miles de ellos, muchos quisieran ser como ellos de hecho. Los papás de Raúl y los de Josefina son personas de bien, que a veces pierden los estribos por que a sus hijos se les ha ocurrido quererse. Diario pasa y nadie dice algo.

Raúl hijo, protagónico, no el padre sino el hijo, esperó dos meses a Josefina, su amada, no la madre de su amada, pero Josefina no asistía al encuentro así que Raúl corrió a rescatarla de las conversaciones de siempre, de vino tinto y pan con queso que a él tanto miedo daban. No le fue difícil entrar en la casa donde ahora vivía su única ilusión pues a final de cuentas era bien recibido, era parte de la familia y aunque todos quisieran negarlo, siempre lo sería. Así que por qué no ir a reclamar lo suyo, lo que le otorgaba cariño y le servía de postre por las madrugadas. Por qué no ir a recuperar a Josefina de su claustro y demostrarle a todos que los monstruos no tenían más monstruos por hijitos. Podría ser, pero no era el caso. Así que decidido entró, habló con los padres de Josefina mientras ella escuchaba tras la puerta de su habitación la discusión que poco a poco iba creciendo, hasta que oyó el disparo, uno sólo, muy atinado y luego un llanto quedo, de soledad anticipada.
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Luego Raúl fue por Josefina y salieron de ahí sin ser notados por antiguos vecinos o antiguos hospitales. Ya que nadie les querría después de lo sucedido, decidieron huir lejos, esta vez más lejos y más sin motivos que la primera. Raúl ahora se dedica a la abogacía y Josefina ha puesto sesiones de bordados en las tardes, en aquel ático que les alquilan barato en una ciudad muy grande y sin compromisos donde se ve seguido lo prohibido. Dicen que el talento pasa de generación en generación. ¿o es al revés?.

Dicen que ya nadie les molesta, tienen ahora una hija, es ciega, pero sus doctores de confianza han dicho que es debido a las malformaciones genéticas de las que todo mundo antes hablaba. Pero su hija no es un monstruo, sólo es ciega. Josefina ya está embarazada otra vez y su hijito, al que llamarán Raúl, honrando a su abuelo, nacerá en los primeros días de junio. La hija ya quiere tener un hermanito y habla con sus amigas de la escuela que cuando crezca se casará con él. Los papás, cuando escuchan eso se ríen discretamente. Raúl y Josefina comieron del mismo plato y bebieron del mismo vaso. Saben a lo que se refiere su pequeña. Raúl y Josefina son hermanos de sangre. Y ahora están viendo escurrir las gotas del tejado, eso que tanto les gusta.

miércoles, 1 de febrero de 2006

Jazmín Envuelta

Una narración de Juan Carlos Medrano.


‘Tiempo después’. Ella nunca supo a dónde mirar. Durante todos sus años mozos fue llevada ante cientos, y literalmente explico y reitero, cientos de admiradores y otros tantos pretendientes. Acabó con el peor. Pero a Jazmín se le terminaba el tiempo o al menos eso se decía cada mañana al verse cara a cara con el espejo maligno que le devolvía un rostro triste, de ángel, pero triste.
Tal vez era el momento de decidir si seguir con vida o traicionar a todo instinto moral y matarse enseguida, ahí, ante el espejo que la veía demacrada y vieja. Jazmín susurró unas cuantas palabras al oído místico del aire y mirose con maldad en su reflejo precavido. ¿Qué le recordaba ese vestido?, ¿qué era lo que tantos habían visto en ella que los tenía tan encantados?, ¿cómo era cuando pequeña?, ¿por qué nació? y ¿qué es ahora lo que la impulsa a querer morirse?. Hubiera querido hacer todas esas preguntas a tiempo. Pero era muy tarde: si sucumbía a los deleites de la muerte, en este justo instante, nadie vendría a reclamar su cabellera brillante o mal hallara al día en que el evento sucedió. Ningún hombre, con honra, patán o aventurero, se diría decaído por la ausencia de Jazmín. Esas cosechas ya no viven. Pasaron a formar parte del inventario de leyendas populares; la mujer más bella del mundo, el espacio sagrado de su alma, el embrujo de su cuerpo y su mirar, la rabia de sus dientes, el poder de su voz, ¡maldita voz aquella que reemplazó a Jazmín!.

Damián. Fue ella quien me mandó llamar, por los días de la derrota nacional, mientras litigaba un caso venenoso de asesinato en primer grado; el tipo era culpable y no había mucho que hacer por su pobre aliento, moriría electrocutado, pues así lo marcaban las leyes del estado donde fue enjuiciado y todos olvidaríamos el asunto muy pronto. Así fue, a Elías lo metieron en la silla, su muerte duró, clínicamente, un minuto y cuarenta y dos segundos; algo terrible si nos ponemos a suponer la cantidad de energía que es descargada en el cuerpo del acusado.
Nos conocimos por un meritorio accidente automovilístico donde ella iba algo alcoholizada y yo, afeitándome, pérdida total, ninguno salió herido de aquel suceso... quizá alguna cicatriz de memoria, o alguna contusión mínima en la frente, nos dimos la mano, sonreímos a la par; mujer muy bella, con sonrisa de querube, ojos miel, piel morena, unas piernas suculentas tornadas divinamente con medias de seda casi imperceptibles, unos labios, que juro ante mi madre, fueron hechos por el mismo lucifer. Y su voz; lo primero que oí decirle fue un descompuesto “gracias caballero” seguido de una carcajada de terror, producto de los vodkas ingeridos previamente. Entonces la tomé del brazo pues la dama se caía por el impacto. Carraspeé algo, quizá los nervios, algo como un “pero qué guapa”, no sé si me oyó y no me interesa, era la verdad y a ésta estoy destinado para siempre.
Así que, para no abrumar con historias que quizá no vengan adecuadas. Aclaramos conceptos, confió en mí cuando le comenté que era abogado y que me haría cargo de todo. La chica se veía una dama adinerada, quizá no le importó. “tómese un café conmigo”, volvió a reír (y yo siempre tomo las risas como un asentimiento), “ande entonces, deme su brazo, le ayudo”. Salimos del sitio algo maltratados en ropajes. Tardarían un poco en encontrarnos, no era una carretera transitada. Me sentí un hombre afortunado.

Eva. La señorita Mina llegó a la residencia poco antes de las once. Yo desperté aturdida, con miedo, miedo que siempre le da a una cuando escucha a horas fuera de lo común cualquier tipo de ruido y salí de la habitación donde dormía con el camisón, regalo de mi madre, a ver que ocurría.
Los señores tienen un pasillo amplio, alfombrado, con tapetes muy caros a los lados que diariamente limpio de los polvos que almacenan. Hay tres puertas sin contar la de mi espacio, el que me destinan. La primera es un bañito cómodo donde todos vamos antes de cualquier comida al lavado impecable de manos y rostro antes de sentarnos a la mesa. A mí sí me dejan comer con ellos, los pasados patrones eran terribles, gente mala y muy separatista, pero a ellos sí les gusta, y me dejan hablar y comentar algo al respecto, creo que por que les hago reír; la segunda puerta es la que pertenece al cuarto de la señorita Mina donde rara vez alguien entra, nos lo tiene terminantemente prohibido, es una puerta color crema muy linda que cada que puedo pulo con un aceite especial que me han comprado para las maderas pintadas, cosas raras; la tercera y última puerta... ¿si le dije que eran tres?, porque pensé que había dicho cuatro y no señor, son sólo tres puertas las que tiene ese pasillo; la puerta número tres es la de los señores y en ella entro y salgo todos los días, puedo ver la televisión mientras escombro, que en realidad no es difícil pues son personas ordenadas, yo creo que hasta el exceso, que usualmente dan poco trabajo.
Al final del pasillo, nada, una separación de esas invisibles que hacen ahora los que construyen casas para que se luzca el sitio y la sala, una salita muy roja, con dos lámparas que son la envidia de medio mundo cuando viene de visita; la señora Berta ordena prenderlas en ocasiones especiales. Aquel día, ellos viajaban celebrando un aniversario más de las nupcias y la casa quedó sola para esta madame... y la señorita Jazmín, por supuesto. Pues las lamparillas estaban prendidas, las dos y había, también en par, unas risitas minúsculas que luego se elevaban y bajaban de nuevo casi cediendo el paso a los gemidos y los saliveos tronados que proporciona uno de esos besos románticos de película actual.
Mina y un joven, de no tan mala soldadura, lucían despiertos y un poco ebrios en la salita apreciada. Mina se paró, creo que por la botella a la barra y el joven quedó sonriendo un tanto ido ante la copa, pero de pronto levantó la mirada y vi dos ojos llenos de maldad que me sonreían con alevosía, despacio, pero presta, recorrí de vuelta el pasillo y me metí en mi cama. Las risas cesaron un poco.

Arianna. La conozco, soy su mejor amiga, o la más íntima al menos, no quiero aclarar conceptos de amistad, por hoy, dejemos en paz ese tema. Aquí lo que interesa no es mi apego a las personas de mi mismo sexo, es Jazmín la que interesa ¿cierto?. Entonces hablaré de Jazmín y no de mí o de mis inclinaciones sexuales.
La niña era un bombón, ante cualquiera quiero decir, a nadie le negaba una sonrisa y a pocos, el acto, dejaba inadvertidos. Dulce, sencilla, siempre animada, bien vestida, bastante cuidada de su cuerpo, con siete lunares en la espalda en puntos que pueden dejar petrificados a los ojos del dios más poderoso e intangible. Estudiamos juntas, lo mismo, nos divertimos como toda chica de 24, fuimos a lugares preciosos, muy naturales, le gustaba la naturaleza, observar, era el único momento donde callaba... y lo hacía bien, callar es un arte en personas como ella. Hicimos de todo, pregunte... (usted pregunta).
De ese día. Nada, por la mañana le llamé a casa y contestó Evita, la sirvienta, una mujer maravillosa... nada, que no estaba, que salió muy temprano (acompañada de un joven apuesto, pero eso me lo callo)... sí nos vimos por la tarde del día anterior, en una fiesta de diseñadores... ¡y mucho!, el vodka no se siente cuando lo sirven bien frío con un poco de naranja... No, verá, ella estaba perfectamente cuerda cuando salimos de la reunión, me pidió las llaves de su auto que al llegar me dio a guardar y no dudé en regresarlas... Es fuerte, sí, nunca la he visto mal por tomarse unas copitas. Yo vomité en el baño de Joaquim, terrible, no volveré jamás a esa casa, su mujer se entera y me mata... es una expresión, por Dios.
Llamé para preguntar... claro que estaba preocupada, ya le digo, somos muy “juntitas” en esto de llamarnos después de fiestas... Evita me lo dijo “ya se fue señorita Ari, salió temprano, llevaba prisa, ni siquiera se desayunó”, textual... Jazmín nunca desayuna señor, no es tan grave, debería intentarlo un día... y después nada, no he sabido de ella... sí, pero no me gusta atosigar a la gente, usted comprenda, usted más que nadie comprenda que no es correcto fastidiar a las personas en horas de trabajo... bonito color, aquí está la mía, llámeme un día guapo (guiño el ojo para que piense que soy una zorra y una bruta)... pase caballero (¡puñal!).

Raúl. Raúl Soriante, apúntelo tal cual, es importante. Dentro de muy poco, cuando mi padre muera, heredo “Las Telas de Soriante”; y ya sabrá que el negocio marcha bien; quiero que sea mejor. Hagamos esto, yo le cuento de Jazz y usted me deja un rato a solas con Matilde... me está esperando (debe susurrarle y, por cierto, los billetes de doscientos están pasados de moda).
De Jazz nunca fui nada, no tuve ningún interés en ella como para declararle mi amor o sonreírle para ver qué pasaba, no, sólo me encanta su compañía, es la única chica guapa con la que puedo hablar sobre cosas no tan tangibles, ¿me sigue?. La mujer tiene una inteligencia asombrosa, ese tipo de agudeza que deja fríos a los sentidos y poco calmos. Eso me gusta en las mujeres, su madurez intelectual, su saber sobre la savia, sobre la lluvia, sobre el terreno que se pisa. Yo diría que es muy callada, que ese es uno de sus muchos y grandes inconvenientes. Si fuera más sociable sería una chica perfecta, pero nunca sale, ni siquiera a las reuniones que organiza la compañía ésta de diseño para la que trabaja. Es una chica rara. Jamás la verá bebiendo, ni fumando marihuana, ni siquiera tosiendo enfrente de otros por “modales” que aprende uno desde pequeño.
Quizá le guste saber que no hay hombre en la vida que la haya penetrado, la muy maldita es una virgen llena de ganas por ser desvirgada, pero no habla, pues así, cómo, dígame. Nunca le he conocido un novio, su vida sentimental es prácticamente inaccesible para cualquiera.
La última vez que le vi, yo estaba en un cafetín curándome el frío y sosteniendo una plática con (dedo pulgar apuntando hacia atrás y luego el biensabido susurro) Matilde, ya sabe, para descongelarnos e, iniciar, posiblemente una bonita relación. Soy un hombre que debe tener una chica formal: “te he estado viendo en la escuela, y me llaman la atención tus ojos, pero, no creo que seas mi tipo”, esas cosas que prenden a cualquier bollito... y luego, ¡exacto!, luego me llama un día para invitarme al cafetín que está sobre la federal a Calvarios, ¿le conoce?, maderita, banda de rock urbano muy queda, algo de café con brandy y las siempre usuales conversaciones juveniles a nuestro alrededor. La ligué, costó poco trabajo una vez que el primer beso, casi por descuido llegó. Y luego Jazz, con un vestidito de fantasía hace sonar las campanillis de la puerta acompañada de un tipo con diminutas gotas de sangre sobre la camisa blanca.
No me vio, o no quiso mirarme por miedo a las preguntas, se le podía saber contenta. No creo que estuviera borracha, de estarlo, un chico como yo se da cuenta, usted comprende, tantas noches, tantas farras, tantos encuentros en discos con niñas tomadas. No creo que estuviera borracha, de saberlo, quizá hubiera dejado en la mesita, sola y con su vida llena de estorbos a Matilde. Así es la gente como Jazz, precavida gran parte de su vida hasta que por accidente del azar llega a un lugar público donde están todos sus conocidos que ya hablan a espaldas suyas del acontecimiento.
Estuvo una hora, reía mucho, insistentemente, como pidiendo ayuda, pero el tipo, aunque seguro, carita, bien vestido y hablador, no parecía en lo absoluto un criminal ¿lo es?. Verá, debo dejar esto a un lado, después hablamos, le parece el... viernes. El viernes me queda perfecto para la tensión un güisqui, ¿usted lo toma?. El viernes entonces, aquí le espero.

Alfredo y la señora Luz.
La única posibilidad es que haya sido el muchacho que tanto la acompañaba. Rafael, Raúl... ¡Rafael!. No había día que no estuvieran juntos en la mesita de la ventana ésta que se ve desde aquí. Es un lugar especial pues por las tardes tiene la luz perfecta para conversaciones largas y por las noches es muy fresca por su cercanía con los ventiladores además de que el poblado se ilumina y proporciona una atmósfera cálida muy apropiada para jóvenes con clase como ellos dos.
Ahora que lo veo con más calma, y trato de visualizar el día aquel que se nos cuenta... no estaba Rafael con ella, era más bien, no es verdad, estaba con Rafael, sí, pero después salió unos minutos. Ari la acompañó y regresaron entonces con un joven muy alto, serio y elegante que reía poco a comparación de sus acompañantes.
Había sangre en la camisa del tipo.
Sí. Un poco, Luchi se agitó conmigo en la barra y le dije que se quedara tranquila y que se irían pronto. El joven no es del pueblo, nos asustamos por esa y por otras razones.
Su mirada Alfredo, su mirada era la de un chico siniestro que se aprovecharía de ambas tan pronto como le diéramos la cuenta. Quería llamar a la policía para que hicieran las preguntas pertinentes. No hay que confiar si de repente ves, en tu establecimiento, un forastero con sangre en la camisa y doliéndose un tanto de uno de los brazos.
No se dolía, era más bien un impulso nervioso que le obligaba a moverlo de forma extraña. Eso era todo Luchi, no cofundas más al hombre.
Pues como 30 años, quizá menos, bebieron vodka con naranja y salieron de ahí.
No, sólo jazmín y el tipo.
A Arianna le dejaron con un grupo de amigas con las que siempre se la pasa horas aquí. Se le veía borracha y aunque Jazmín también lo estaba, creo que más bien era algún tipo de treta para que los dejara solos.
A Jazmín le gustaba el tipo.
¿Cómo lo sabes? (se escuchó al unísono, sólo que la del interrogante fue sin la última ese de sabes –cuestiones de propiedad que deben ser respetadas cuando se realiza una entrevista-)
Cualquier hombre se puede enterar cuando una chica quiere algo más contigo. No te ofendas Luchi, pero hay muchas estudiantes aquí que por lograr descuentos en la cuenta me cierran el ojo, se alzan la falda, se mojan los labios...
Bueno, bueno Alfredo, (manoteo al aire, indicativo de un cambio de tema urgente, la pareja tiene problemas, como todos, pero quizá sus problemas pueden deberse a alguna infidelidad lograda por Alfredo con alguna estudiante por “problemas de cuenta”).
Estoy seguro que Jazmín se fue a algún lugar más (ademanes del entrecomillado) íntimo con él. Hay que entender la escena con las copas, la elegancia, la rebeldía que se despierta, la edad de estos muchachos y sabremos entonces que hay mucho de probabilidades de que Jazmín haya pasado toda la noche teniendo relaciones sexuales...
Alfredo...
Jazmín no es una chica a la que cualquiera pueda menospreciar. Teniendo esa oportunidad de hallarla con unos vodkas de más, pues...
Pues qué Alfredo.
Pues se ocupa Luchi. Mi amor, entiende lo que estoy diciendo y no hagas volar a tu imaginación con miles de preguntas sobre el matrimonio, “la seguridad de mi esposo” y las diarias y múltiples faldas que se le alzan en los ojos. No Luchi.
¡Múltiples! (ríe sarcásticamente), ¿Quiere un café, una cerveza, agua?, yo quiero agua, ¿tú quieres? (nerviosa). Me da pena lo de la chica. ¿y murió?

Joaquim. Sí la conozco, es Jazmín Praga, buena en su trabajo, la hija del diputado que perdió las elecciones nacionales. Vendrán tiempos oscuros ¿señor?... Medrano, tiempos muy oscuros, de políticas atrincheradas y sabios que salen en la tevé diciendo que nunca esperaban un cambio tan repentino. No vamos a creerles a ninguno de esos partidarios de lo siniestro, que nunca estuvieron de acuerdo e incluso que votaron por la izquierda. Por eso perdió el padre de la chica, por los traidores.
No tenía idea de lo sucedido señor Medrano. Es más, me inquieta que esto llegue a tener toques políticos. ¿Será posible?. Sí bueno, a Arianna, Arianna, también trabajó con nosotros. Es lesbiana. Nos lo ha dicho muchas veces, no sé bien por qué. Mi esposa le tiene un rencorcito pues vomitó sobre unas toallas muy preciadas para ella. Fue el catorce, así es. Ha investigado.
Para nada. Siempre bebemos en esas fiestas, usualmente no las organizo yo sino mi personal... presto la casa, es amplia, cómoda y con un genezy que deja estúpido a cualquier vecino. Es broma, no tengo vecinos señor. Tampoco tengo un genezy. Es una imitación pero de cualquier forma hace mucho ruido, más del necesario.
Sola, siempre llega sola a las reuniones con el coche de la madre, a quien no tengo el placer de conocerle, me han invitado en dos ocasiones a su casa, pero (desvía la mirada) no he podido. Casi siempre, sí. ¿por qué lo pregunta?, (es tiempo de cerrarle la puerta a este individuo y no hablar del asunto). Una vez, cuando no estaba, pero fue hace mucho. Nunca lo volvió a hacer. La gente habla. Vocifera más bien. Y eso a ninguna con tal apellido le puede gustar.
Muy enterado. Era una de mis contrataciones estrella. Soy un hombre casado, por favor, me ofende. ¡no!, sería tonto negarlo, a todos les gusta la chica, y cómo no, si es tan solidaria con los piropos que le avientan tierra adentro. ¡albañiles, por dios, y quién más!. Está buscando pistas sin un orden y eso es peligroso. Me podría poner a mí como máximo sospechoso solo porque una vez le di a probar vodka por primera ocasión para su paladar. No es un delito. ¡No sublimo a nadie señor!.
Disculpe, estoy cansado, y me molestan los gritos que me provoca. Hasta pronto, vuelva con una mejor excusa para molestar. Su jefe, en un estricto sentido laboral, eso soy, le repito, esa es la ú n i c a p i n c h e r e l a c i ó n que sostengo con Jazmín. Ahora váyase y quéjese de su incompetencia con otro menos pendejo. Sé que es su trabajo como el mío, y debiera saberlo de antemano detective, es tratar de mantener un ambiente sano en esta casa. ¡las reuniones no son de su incumbencia!. (portazo final, rabia injustificada >> nerviosismo ante la entrevista, apuntes pragmáticos en una libreta mojada con portada de conejito rascahuele, 75 hojas rayadas, papel bond, ¡apunta todas tus tareas!).

Son las dos del viernes. Apoyamos la idea de un posible homicidio en la habitación de Jazmín por un individuo fuerte que utilizo sólo sus manos para estrangular a la víctima. Las investigaciones prosiguen con cautela pues la importancia pública de nuestros entrevistados hace de este caso uno de los renombrados en la esfera de la opinión que poco a poco se va generalizando en pro de una situación de amenaza política luego de la caída de los de derecha. Suposiciones banales de momento pues el diputado Praga ha declarado que esto no tiene que ser visto como una cuestión politizada y que es de mal gusto utilizar a su hija como el emblema de la derrota nacional. Jazmín Praga está muerta y eso es lo que nos importa, aunque algunos aseguran que la tienen escondida en otro país hasta que todo esté en paz por este México insurgente.

Jazmín. La madre. Así es, 54. No. ¿y usted lo cree?, ¿ha visto el cuerpo?, ¿las marcas en el cuello?, ¿y su cicatriz?. No, no puede ser. Están inventado todo esto. Por puro gusto de joderse a mi marido. Es un títere, lo mandaron a investigar los rastros de un ficticio acontecimiento señor. Es mejor que las cosas se queden como están. Nuestro abogado dice que no tengo por qué contestar a las preguntas que me hagan tipos como usted. Sólo datos irrelevantes supongo. El caso se cerró hace tiempo. ¿Elías?, fue el culpable de todo esto, drogadicto que irrumpió en la casa, vagabundo, cero familia y asociados, pobre, sin buen abogado defensor; nuestro Damián lo vendió a la fiscalía y caso cerrado. El joven merecía morir. Y a usted esto no le incomoda en lo absoluto pues depende en parte de nosotros si quiere seguir en la policía, llene los papeles y la ficha de la investigación, el pago está donde debe y su cuenta se transfiere en el momento en que firme aceptando el cese de sus preguntas. Anda alborotando a nuestros allegados Medrano. No hay de qué. Hizo lo suyo. Yo le digo... no debe importarle pero soy una mujer de clase. Está en Londres. Así es. Ellos dos se casan en cuatro días. (felicidades señora). No sabemos si regresan, aquí a la chica la reconocen fácil y a su Damián no le alcanzaría para la vida de lujos que llevan. Se gastan todo. Pero se ven tan lindos juntos. Y a ella le pinta bien el blanco. Hace poco lo escogimos, sí. Fue usted muy amable. Mi esposo y yo quisiéramos saber más seguido de su paradero, así que no se nos descuide o pierda por ahí.

‘Tiempo después’. Jazmín ha vivido escondida y su luz se asfixia con la calma de los ventanales grises y con nubes. Damián ya no le quiere, se convirtió en un gordo de putas inglesas. Jazmín se mira en el espejo esperando encontrar la causa que la debilita tanto. Se niega a morir pues dejaría una fortuna imperial en manos del patán marido. Atrás, en el espejo, un par de guantes, un encargado sigiloso aprieta su cuello vigorosamente hasta que una de sus venas principales estalla. Jazmín muere al instante y no hay nadie que esté ahí para reclamar su cabellera brillante. Jazmín nunca supo a dónde mirar, de haberlo sabido quizá esquivaba al asesino para seguir escondiéndose el resto de sus días. Y así morir y morir y morir y volver a hacerlo eternamente dentro de una solución simple, calculada, rutinaria.

para toda “la onda”, de nuevo.
Noviembre. 2002.
correcciones y nueva trama: enero 27/28. 2006.

miércoles, 9 de noviembre de 2005

Fábula sin moraleja

Una narración de Juan Carlos Medrano.

“Hace buen día. Es temprano.
Buena ocasión para madrugar y mirar si se tiene a mano
el artilugio de achicar problemas.
Cortina de humo que distraiga de ese gris de la rutina.”

Manuel García – García Pérez.

Somos cuatro las que normalmente habitamos esta casa; desde muy pequeñas nos han acostumbrado a no temerle nunca, cual dogma, a la madre naturaleza: benévola, sabia, paciente madre naturaleza. El caso es que no hemos aprendido, la respetamos, eso sí, pero de ahí a perderle el miedo hay un trecho muy ancho. Y es que resulta que nuestro hogar es grande, o debiera decir, algo impreciso en espacios; lleno de recovecos oscuros que antiguamente servían para darle cobijo a lo inservible, entre todo ello, y año con año, se acumularon polvos, amores, alergias, escondites ingeniosos. Pareciera ser irresistible estando niños el esconderse por doquier, sin pretexto alguno; simplemente volverse fantasma y que muchos (o al menos así se desea) gasten horas buscándote. De mis hermanas, todas lo hicimos, incluso ya mayores nos encantaba seguir buscando nuevos sitios ocultos. Mis padres, ahora muertos, trabajaban mucho en casa, uno hacía de leñador, de maestro, de amo de llaves, de capataz y la otra en la cocina, casi siempre en la cocina, quiero decir cuando no se hallaba escondida también. Nos encantaba asustar a nuestro padre, era parte del encanto de vivir en un lugar alejado de la ciudad, bajo una finca enorme de cafetales y con un universo bastante limitado de actividades sociales. Si acaso venían los miércoles y sábados algunos tíos recién casados, nunca con primos (pues eran una molestia según ellos), para conversar y enterarnos de lo que alrededor nuestro sucedía. Vivimos apartados del mundo noticioso, podía haber guerras o hambrunas o consecuencias aún peores de la desnaturalización humana pero eso a nosotras cuatro, poco importaba. Lo único válido era crecer juntas; quizá por ello jamás nos casamos ni tomamos votos de castidad, simplemente nos fuimos dejando arrastrar por la marea buena de cada estación fluctuante. Lo peor es que era divertido, lo sigue siendo. Eso ayuda a perder el tiempo, a quitarse ataduras que la vejez provee, a desinhibirse, precisamente, con la madre naturaleza.
Bien, mis padres, agobiados quizá por la edad, decidieron frenar su corazón casi al mismo tiempo, papá murió dos semanas después de que mamá lo hiciera, ambos setentones, con cuatro hijas, y perdonen la humildad, maravillosas. Eso pasó durante octubre de hace cuatro años, les lloramos mucho y están enterrados en un bello jardín que les hicimos en el patio trasero, mismo que da a la inevitable finca... pero me he desviado, sólo quiero contar la historia de un tlacuache y he metido incluso a mis tíos. Platicaré entonces sobre fobias; quiero acercarme al tema de forma delicada pues rara vez escribo sobre animales y no me gustaría que esto terminara siendo un homenaje fallido a Esopo, al que respeto con toda el alma, que conste: recuerdo con precisión aquella lectura que nos impuso papá, “el zorro y el colibrí”, ¿o era gorrión?, quizá más bien se trataba de una zorra y no un zorro y de un ave, dejémoslo en ave pues en gustos se rompen géneros, habrá que recordarlo más adelante; el caso es que uno de los dos se quería comer al otro, ahí sí no me pregunten cuál ni cómo ni por qué pues en esto de las libres interpretaciones uno nunca sabe las sorpresas que le esperan a la vuelta de la página. Aún así, me considero una buena lectora.
Las fobias (y las filias también, ¿por qué no?). Las fobias que nos envuelven en este detalle vivencial acaecido ayer por la noche devienen de un tiempo antiguo. De un día, para precisar, que a mi padre le dio por atrapar, enumerar, enfrascar en peceras hechizas y procurar serpientes venenosas y no tan venenosas. ¡Qué fastidio!, en fin, a eso me refiero con las filias. Entre mamá y Cristina, la mayor de mis hermanas, se encargaron de obligarlo mediante dialécticas poco decorosas a dejar en paz su pasatiempo: “somos nosotras o tus bichos” dictó ferozmente mi madre para finalizar la discusión, y papá, obediente a los mandatos femeninos, soltó al azar a cada uno de sus especimenes sin importarle siquiera que las condiciones fueran las adecuadas. Nadie durmió esa noche. Todas soñamos con reptiles gigantes que nos apretaban fuertemente el tórax. Margarita, la tercera en edad, fue la que más relajada estuvo, aunque tampoco pudo dormir debido a nuestros jadeos incesantes y gritos inconscientes de auxilio. No pasó nada, ni siquiera nuestro mosco-cliente nos picó, y yo, la paranoica, argumenté que eso se debía probablemente a que el insecto le temía a los ojos de aquellos animales rastreros... así pasamos toda la noche, despertándonos, contándonos los sueños, a veces riendo un tanto nerviosas de lo que aparecería en los titulares de nota roja al día siguiente. La mente es débil, al contrario de lo que muchos piensan, al menos cuando se trata de pensar en tu supervivencia, y no exagero, una vez me comentó un chico del MP (Matrimonio Problemático) que me pretendía, el caso de una anciana, madre de un hijo cuarentón, que al darse cuenta de que éste la envenenaba poco a poco para gozar pronto de su herencia, decidió suicidarse no sin antes cambiar el testamento a nombre de un hospital y de un gringo misterioso sin dejarle ni un centavo a su querido hijito criminal. La mente es débil ¿por qué demonios no lo mató a él en vez de quitarse la vida?, quizá ninguna madre podría hacer semejante atrocidad, eso es digno de aplauso y testimonio irrevocable de que ellas poseen las cuatro virtudes. La mente es hasta sucia, y divaga, conmigo divaga mucho.
Después de aquella experiencia, nuestro trato con los animales cambió por completo; en vez de acercarnos, conocerlos o ponerles música clásica para su gozo, nos alejamos con temor, desconfiadas de cualquier cotidianidad e implacables ante todo aquel que nos decía “hay que quererlos”. Nada de eso, seres repugnantes en esta casa no, nunca, ni aunque se hospede de abonado, y es que para ello hay razas, culturas diferentes que se cuecen por separado para no dejarnos mal sabor. A mí que no me llamen racista, adoro a los negros y maricas, bueno no los adoro ni les pongo altar, más bien les tolero, tolero su olor, tolero su esencia, tolero su pensar y hasta su modo de vestir tolero, soy mujer tolerante, por mareada que esté la palabrita. El chiste fundamental no es ése, ni tampoco lo es ponerse a pensar en utopías o en Itaca, lo único que pido es saberse acomodar según la cadena celestial nos lo dicta, y mejor no hablemos de religión pues me pongo ruda.
“La historia del tlacuache”, habrá que entrar a ella sin miramientos y sin mayor introducción. Ahora. No sin antes enterarlos (y ya que hablamos de cadenas) de cómo se compone actualmente mi familia. Cristina, 53 años, se encarga del cuidado de la cocina por ser la única que heredó los dones de mi madre, es vulnerable aunque recatada, sale muy poco de casa, virgen maltrecha –perdonando la expresión- y sumamente pulcra en sus acciones; un error por torpeza le arruina la tarde, un papel tirado la enerva. Compulsiva del orden. Ésa, de modo muy general es Cristi. Entonces nazco yo, con 49 agostos y Dios me libre de 50, de nombre Diana en honor a la bisabuela materna, odio describirme pero por papeleo y protocolo debo hacerlo aquí, soy muy nostálgica, algo floja y de dormires largos, desaliñada en imagen y con un par de orejas algo grandes, dicen que ése es uno de los defectos físicos que nos hacen ser atractivos. No estudié nada, ni siquiera la preparación ardua a la que nos sometió papá fue de mi agrado, desde pequeña me ha gustado la lectura, aprendí a escribir y a leer cuando tenía cinco, pero eso no viene al caso, también soy virgen, al menos hasta donde yo sé y no me interesa de momento cargar con un hombre a mis espaldas. Llega luego Margarita, la tercera en edad, tiene 47 y una hija de 25 años muy desagradable, producto de una calentura veraniega con MI chico del MP, semejante cabrón y ella toda tontita con la hormona esponjada por los 38 grados que había ese día cayó entera y le sembró a Margarita Segunda, menuda inteligencia para nombrar personas, desde entonces, le hablo poco, “tolero” pero no olvido, que queden bien diferenciados los casos, sin embargo, creo que cuando ambas estamos de buenas se producen pláticas agradables. A ella le gusta la tarde y su hija es el mejor escudo cuando de discusiones entre damas se trata, al menos la chica sabe defenderse, ahora estudia Psicología y eso se lo hemos reprochado todas ¿qué cree que nos está dando a entender?, a veces me siento como su ratón, observada “vamos a ver para dónde se mueve la tía si le damos un golpecito...aquí”, chistosita ella, lo peor de todo es que vive de nosotras, come con nosotras y hasta cartas juega con nosotras, eso sí, duerme con el novio que tiene pinta de comunista o cosas peores. Ahora que lo pienso, es muy probable que la chamaca haya tenido algo que ver con el tlacuache. Ya hasta los ojos me arden de tanto elucubrar y encima que ayer fue una noche fatídica... pero bueno. Cierro con Imelda, la menor, un amor, una dama, mi consentida, sé que no hay que hacer juicios de valor frente a tus hermanos pero eso a mí me vale, los hago porque lo creo conveniente para que las demás vayan sabiendo cómo debe comportarse una mujer. Imelda cumplió hace tres días la maravillosa edad de 40 años y por supuesto, fue un producto milagroso de mi madre, parto complicado, por cesárea, con ojos verdes y un porte que espantaba desde chiquilla, mujerona, me da gusto saberla de mi lado, y es que en las familias se forman bandos, por qué negarlo, bandos que incrementan con el pasar del tiempo los lazos... o los rompen, ésa es otra, los rompen, nos hacen amargados, silenciosos y explosivos; no ha sido nuestro caso pero hay que estar en todo. Mi hermanita es la mejor amiga que he tenido, la que me hace sonreír, la que incluso, hace quince años, en medio de una tormenta de septiembre durmió conmigo, como hace tanto no lo hacía, y nos quedamos calladas, mirándonos, viendo cuánto habían crecido nuestros cuerpos desde entonces y la lluvia no cesaba y Margarita no estaba pues fue invitada por su hija al Distrito a una exposición de su “amigo” el pintor y a Cristina el sueño siempre le ha parecido una bendición y...y... y nos quedamos dormidas con tanta historia y a las dos horas de estar ahí, recostadas, secreteando... en fin, no quiero perderme en lo que aquí nos reúne: la trágica aventura de nuestro querido mamífero marsupial nocturno, de movimientos tardos, pero muy trepador el condenado.
Estábamos viendo una película bastante inmadura y superflua sobre dinosaurios clonados a partir de la sangre rescatada de un mosquito fosilizado en ámbar y bla bla bla, la veíamos a medias pues ya era noche y yo me caía de sueño, Cris tejía mientras un enorme reptil devoraba a dos humanos de un bocado, hasta dónde ha llegado la insensibilidad por la muerte: ahora las niñas juegan con sus muñecas a que se matan por celos mientras una se queda congelada a la vez que crea un móvil de mariposas... será cosa de generaciones. Mago llegaba a la sala con leche tibia pues todas detestamos la frialdad que produce ese molesto escalofrío en las muelas y Mago Segunda se entretenía en uno de esos rompecabezas de 10 000 piezas con los que una se hace tonta pensando que algún día podrá colgarlo en su habitación (ni cabría) siendo ella la que nos había recomendado ver semejante atrocidad fílmica. Imelda no estaba, un abogado la invitó a cenar a la ciudad y era el chisme de la semana, hay que fijarse que si a los cuarenta todavía concretas una cita es porque algún atributo tendrás, pues ni muy ricas ni muy guapas las niñas Salcedo hemos salido. Recuerdo que un día nos llevaron a las cuatro, estando jovencitas, a un enorme salón de belleza para que nos acicalaran y dejaran impecables a la vista del hombre común, pero ni así; más bien acabamos siendo un espejo payaso de nuestra madre que hasta una foto nos tomó al lado de los estilistas que habían creado tal horror visual, yo lloré mucho, tendría 17 años y ni crear facciones podía con tales emplastes de gomina, maquillaje y colirio; Imelda era una muñeca rota de porcelanita pues al verme llorar, lloró (por impulsos, qué sé yo). Margarita se pensaba reina con disfraz de vuelta al auto y Cris trataba de esconder su rostro en el sombrerito mono que semanas atrás le habían comprado para usarlo únicamente en presencia de visitas; el resultado final: cuatro especimenes y dos padres orgullosos.
Hubo un momento, supongo sería el clímax, en el que tras el monitor se desarrollaba una vergonzosa persecución mal lograda en la que los héroes eran dos niños, uno blanquito y el otro más moreno, por aquello de la unión racial y la globalización latente. Yo había optado, a tales alturas de la escena, recostarme en el hombro de Cristina e irme quedando dormida cuando de pronto, un sobresalto, un grito de mi almohada y ya le veíamos correr hacia nosotras desinteresado de los rugidos de un tirano saurio. La sobrina empezó a reírse un tanto nerviosa mientras la mamá y sus dos tías hacíamos lo necesario para caber en un triste sillón de metro y medio con todo y piernas arriba. Era una zarigüeya bebé intentando atacarnos de frente, criatura horripilante, mezcla desastrosa de rata, canguro, puerco espín, oso hormiguero y castor. Cosa de miedo.
El jardinero nos dijo hace tiempo que esas rarezas muerden, y que lo hacen fuertemente si se sienten atosigadas o en peligro. También, aunque con otras palabras, palabras campestres pues, explicó que entran a las casas cuando huelen fruta... o pollos, comen pollos, no sé si lo hagan estando tan pequeños, pero de que comen, comen, y lo hacen sin parar, con el único deseo de destruir, reproducirse mejor y así seguir sembrando su malvada semilla de caos. El tlacuache es entonces como el Hombre, debiera antes revelar algunos secretos de la humanidad pero sería como escarbar en temas de menor trascendencia. El Hombre Universal se siente desconfiado hacia lo desconocido, hacia los grandes espacios oscuros y hacia los de su misma especie; de este modo, trata siempre de colocarse en el escalón más alto, el que lo quita de peligros terrenales convirtiéndolo en banalidad; cree que estando en las alturas puede referirse a cualquiera como si de microbio se tratara. Así es feliz. El tlacuache lo mismo; cree que estando a ras de suelo puede referirse a los de arriba como presa fácil. Por eso tanto robo, tanto asesinato, tanta inseguridad en las grandes urbes, siempre ocasionada por personas que han recibido una educación pobre y que ni siquiera en una mesa saben comportarse, ya no digamos cómo tomar los cubiertos. Si bien es cierto que no estudié, tampoco caigo en la ignorancia, y es que sólo es cuestión de ponerse un poco lógicos: el Hombre siempre quiere más ¿cómo actúa entonces el hombre que nada tiene?. Nuestro jardinero, por poner algún ejemplo preciso, pobrecillo pero no pasa de ser un inculto, aunque sepa más de plantas que un botánico. A veces se queda en una casita que le construimos en la entrada de la finca y da la casualidad que al otro día de pernoctar “para nuestro cuidado y buen dormir” siempre nos falta algo de la alacena, si no es azúcar, es frijol, harina e inclusive hasta aceitunas rellenas de anchoas nos han llegado a faltar, pero cómo correrle, si su familia es una tradición entre la nuestra y mis hermanas lo quieren tanto y su hijo es el único que sabe limpiar bien la plata que tenemos en el aparador de la sala y tiene un don de reproducción tan insoportable que es padre de nueve niños y su esposa está encinta (Yolanda, te hemos dicho miles de veces que cierres la fábrica, que tu marido se haga la vasectomía y que si no quiere se lo cortes, pero no, la Yola feliz mientras Pedro le siga empujando su “mágica varita”). Y es que ésa es otra, pareciera que en el país la mujer no se quiere, y los organismos encargados de cuidarla se niegan a emprender campañas educativas de planeación familiar, es eso, los problemas devienen desde la mala organización para los censos, nadie los ocupa y quien lo hace no sabe a ciencia cierta si los índices suben o bajan. Sólo siguen la corriente social de “burro el último”. Quizá por ello no me case nunca; no es que halla perdido las esperanzas, pero las mujeres de cincuenta parecieran asustar a cualquier macho roedor de cuerpos. Ahí aparece por fin la conexión que buscaba entre hombre (ya no Universal sino de género) y tlacuache. Ambos son roedores, traicioneros, sucios y con una apariencia total de los mil demonios.
Con las tres arriba del sillón y la niña Margarita ahora a carcajadas, el animal parecía sentirse a gusto, atraído por el sonido del televisor. Deambuló por toda la sala buscando esquinas calentitas ante el terror que cada instante nos carcomía con más fuerza los huesos y articulaciones dejándonos paralizadas. Habrá que repetir que no se trata de un ser veloz, todo lo contrario, sus movimientos inspirarían a una bailarina principiante o torpe. Habrá que suponer que estaba asustado por el bullicio que se generaba a raíz de su presencia. Mamá Mago salió corriendo de la habitación y decidida tomó una escoba del armario que para esas herramientas sirve, instintivamente se la aventó a su hija-escudo ordenándole con voz de frenesí que matara al marsupial. A regañadientes y con menos sonrisa que antes, la sobrina se aprestó a la primitiva labor mientras Cris y yo nos tomábamos de las manos; ni rezar era bueno: al cerrar los ojos podíamos perder de vista a la bestia, dejándola presta para el ataque frontal, sin mencionar que la confianza en Dios no estaba del todo bien en esas fechas debido a un incidente en la cocina que quemó mi poco pelo y casi rostiza las delicadas manos de Cristina; alguien dejó prendida la estufa y bueno, quizá se haya tratado de Imelda enamorada o de una broma más de nuestra chiquilla bufón, que ahora perseguía con desenfreno mas cautela al protagonista diminuto del evento. Una debe ser muy tonta como para no poder matar en un dos por tres a insignificante bicho doméstico, hasta yo deseaba pararme y enseñarle a esa muchacha cómo eran las cosas en casa. Hay días en que hace falta tratarla con mano dura, es durante estos tiempos que está pichoncita y todavía se deja. Pero para qué meterse en más problemas si ya con asegurar que la casa no se caiga nos basta y sobra. Cuidar de un hogar con finca no es cualquier enchilada. No deberían existir esas casualidades para una mujer que ya entra a la tercera edad, que no sabe defenderse sola de alguna adversidad y que lo único que le gusta es comer caramelos mientras lee algo de realeza extranjera. No es posible que ante ello, nadie se de cuenta de lo fácil que es sufrir, nadie alargue una mano amiga o al menos nos diga los buenos días. Eso me da coraje pues siempre hemos sido respetables, hasta cariñosas con los que nos gritan tontería y media por la calle o desean vernos muertas. Por que los hay, existen ese tipo de personas maliciosas y envidiosas que se entretienen en vernos morir lentamente. No es justo, cómo hacer que esos factores no me consuman, lo más difícil, cómo hacer que precisamente ello me haga más fuerte. Por eso no ayudé a la pequeña Margarita, de qué serviría si sólo soy una vieja con ganas de poder bajar del sillón e irme a la cama.
Nunca me ha gustado tenerme piedad. La lástima se la dejo a los inválidos de mente, ¿o debiera decir, de mente “con capacidades diferentes”?. Y es que una ya no sabe cómo hablar en estos días en que la civilidad se vuelve un arma de doble filo: si gritas, eres una histérica sin remedio, si callas, la más conformista, si por razones de peso, lloras, una débil y si te embarazas sin estar casada, sexo-servidora. ¿Margarita lo es?, al menos eso susurran afuera, en el mundo; qué se yo de esas cosas. Debiera decir que como negocio no está mal, hace una semana vi pasar a Dolores, la de la taquería, toda orgullosa en una camioneta de esas que hacen ahora para nosotras, automáticas. Eso me pone a pensar en el ridículo parámetro en el que la industria automotriz, al fin y al cabo lidereada por hombres, tiene a la mujer que es conductora. Es soez y ruin imaginar siquiera que las damas somos malas al volante. Ayer mismo, justo ayer leí en el diario local una estúpida estadística que pone a la mujer como el mayor riesgo en carreteras; el 83% de los accidentes automovilísticos es causado por el género femenino. Háganme ustedes el recabrón favor. Y no me excuso por la palabrota, ya está bueno de chingaderas machistas en pleno siglo XXI. Complejo siglo de desaires culturales.
Regreso a la génesis del intruso con garras que rompió mis nervios. Mi muy querida sobrinita Margarita Junior, Segunda o Salcedo –pa’l caso lo mismo- nunca llegó a asestarle un golpe con su escoba mágica a la vil criatura, que muy hija de Dios, pero muy fea la pobrecita. Así que sin más, desinteresada, bofa y torpe, luciendo con esmero su atroz anatomía, la peluda amiga de la noche, salió del cuarto y se dirigió a la cava, un obscuro y bien dotado escondite de antaño donde hoy coexisten vinos y conservas que en navidad preparamos todas. Nunca debió entrar ahí. Cavó su tumba. Ya imagino con complaciente comicidad el epitafio del tlacuache.
Nunca debió entrar ahí. Esa frase hecha y trillada me devuelve sin remedio algunos recuerdos de mi infancia. Yo no sabía que a los niños hay que hablarles con total franqueza y guiarlos, mas nunca dirigirlos, por el sinuoso camino que representa la vida misma. Y ahí el meollo, si los padres no prohibieran tanto a los hijos, éstos no harían tantas travesuras, lógica elemental, primaria; quiero decir, el punto está en el trato. Prohibido prohibir. Prohibido prohibir y así la Mago se embarazó, y así, gracias a Dios, perdió el comunismo, y así murieron tantos amarillos en el lugar aquel de la bomba de hongo, y así se ahogan los chiquillos en el río, y de esta forma las fronteras son cada día más cercanas, y así los desamores, el odio, la imprudencia, el desempleo, la inseguridad aderazada con violencia, y así el bendito, aunque siempre controversial, culto al dinero, y así el consumismo, la avaricia, el cinismo. Y así, y así, y así… y así no el miedo. Por vía del miedo prohibimos. El miedo, causa el accidente. Y el miedo mismo, rodeó al pequeño visitante y lo empujó, por catastrófico azar a la cava, hogar de su funesto destino.
2 años atrás, en una noche de junio, durante el cumpleaños de Cristina, toda solícita fui por más vino a la cava. Al prender el foco del lúgubre sitio y agacharme para poder entrar, noté un movimiento inquieto al fondo. Por reflejo, me alarmé y traté de salir presurosa dándome un golpe brusco en la cabeza; debí caer ahí, inconsciente, desprotegida, sólo oía un barullo muy lejano que quizá provenía de la cocina donde celebrábamos a mi hermana; al abrir los ojos, probablemente unos segundos después del incidente, percibí, aún estando adormilada, los ojos de una rata enorme: rojos, ojos atentos a mis movimientos, seductores incluso… no grité, ni sentí el más mínimo indicio de sobresaltarme; nos quedamos ahí, fijas las dos, escrutándonos, oliéndonos, precavidas aunque en trance, sin prisa, sin sentido. No hubo más, sería cosa de un minuto; lenta, la roedora volvió a su cálido rincón bajo la duela, parpadeé como tratando de espabilarme, tomé el reserva ’90, le soplé a su fría figura y lo llevé a la fiesta donde sería sacrificado en honor a Baco, no le conté a nadie del asunto; esa noche decidí divertirme hasta tarde, fui otra, conté chistes, hablé de política, degusté del postre que yo misma me aventuré a cocinar, lancé piropos a mis hermanas y jugué a los naipes con una de ellas hasta el amanecer.
Me levanté de cama pasado el mediodía y fui de nueva cuenta a la cava, al reencuentro con aquella sorprendente criatura, despejé la zona, y casi sin notarlo empecé a levantar la madera del piso, sacudí los rincones del diminuto cuarto, la buscaba a ella, estaba empecinada en volver a verla, en tocarla incluso. No paré durante tres días, lo hacía cuando nadie me veía para así ahorrarme las explicaciones. Nunca di con ella.
Mis noches se volvieron inseguras, volví a soñar con reptiles gigantes que me apretaban fuerte el tórax; los días desfilaron por su cuenta, funestos, aleatorios, sin esmero. El recuerdo de aquella noche de cumpleaños se hizo a cada instante más remoto. Hasta ayer. Ayer que apareció en mi memoria la reencarnación del miedo. “La única salida al miedo es afrontándolo”. Así que presta y segura como pocas veces, me alisté al escuadrón de exterminación, arrebaté la escoba que portaba Margarita y entré decidida al recobeco del vino, con violencia saqué de sus estantes mermeladas y licores, destrocé en pedazos cada olor a adrenalina, con mis manos, algo turbias y nerviosas, arranqué de sus clavos la duela, sometí mi figura al capataz interno y aniquilé mis vicios al temor, con mi arma, atravesé sus vísceras, grité mientras lo hacía, sentí placer al hacerlo, desquité esas ansias insomnes y antiguas.
Mago llegó silenciosa a la sala con galletas y leche tibia para todas. Vio los créditos en el monitor. – Buena la película ¿no? – Noté su estupor inmediato. Imelda me aventaba un aire fresco con su pañuelo y Cristina abría la ventana que dejaba entrar a la noche traicionera. Sólo pude reírme discreta mientras me llevaba la mano al pecho, donde ya el corazón me recibía con fuertes palpitadas.



Septiembre. 2mil5.