¿Cuál será la onomatopeya perfecta de una ola rompiendo ligera contra la costa? Supongamos que es de noche y tu habitación se encuentra en el quinto piso, a unos ciento cincuenta metros del mar: (p)ffffffffffhhhhh… o bien: p(g)fffffffhhhhhssshhhhh… aunque quizá: prrrrg(j)jushhssss… (risas varias, ésa creo que fue la de un gargajo). Bueno, se hizo el intento.
¿Y cómo percibimos el sonido de estas olas durante los sueños? Supongamos que es de noche y tu habitación se encuentra en el segundo piso a unos… ciento cincuenta o doscientos metros del mar: (b)(jjj)jhjhjh…ssssssssS… shhhuuuiuuufshh seguido de: (p)gfssszzzz… ¿hum? zzz(u)zzz(u)zzz(u) mmmzmmmmz … ¡Pinche mosco jijo de tu puta madre!, ¡ya estuvo!
...
De todas las formas, colores y combinaciones que de aquí salgan, lo importante es recordar que, hasta el momento, siguen olas rompiéndose en acantilados y otros sitios memorables. A mis ojos se vienen muchas playas, algunas caletas y otras tantas bahías. Bien podría ser marinero traficante de Dramamines.
Pero tengo tres tesoros que guardo con llave en la memoria: Nuzco y Papanoa (en Guerrero), Los Muñecos (en Veracruz) y El Tecuán (en Jalisco) / Allí podría quedarme mucho tiempo: son lugares poco frecuentados por humanos. Habitados, eso sí, de gaviotas, cangrejos, caballos salvajes y erizos.
Playas dotadas de extraordinaria frialdad: de sombra y luz acongojadas por el sol y la lluvia, de pastizales que apenas crecen en las dunas, de redondas piedras y arena no tan fina que insiste en pulir las plantas de tus pies viajeros.
Son los litorales, también, de mis ancestros: los guerreros nobles, los jarochos y los charros. Son el despedazado tumulto de los viajes familiares, las caminatas largas y la tarde, la ballenita de Pacífico con lindas amistades; el roce, sin rozar, de otros ayeres.
Es allá, lejano mundo concreto, donde imagino eclipses lunares. Es aquí donde me invierto en lagrimales. Allá se me mete el viento y polvo en las narices, acá sólo estornudo siguiendo a mis raíces.
¿…? No tenía por qué ir un verso ahí. Ni que fuera concurso de albures. Etcétera. El caso, mis amigos, es que estoy perdiendo el tiempo a mares, y a ustedes les rompo, sin querer, las olas y horas de su tarde.
Por eso mejor, viajero y con sextante, me inventaré necesidades, previo mapa estelar, y feliz y barbudo iré a buscar a la mujer perfecta e impalpable, que dicen, anda merodeando por las noches los esteros de Cape Cod, allá en la Alta California:
Brindis con Diamante (Blanco semi-dulce de Rioja): “Tenemos el lujo de no tener hambre”, cantó Sabina en la antológica “Más de cien mentiras”.
Té de Hierbabuena con Tarta de Ouarzazate: Apenas oí hablar de mama Santos: una doncella cuarentona de un pueblo vecino que una mala tarde conoció el amor del brazo de un tipo que salió a comprar cigarros y nunca volvió. Y en algún momento le hizo un hijo. Le hizo, por arte de magia, un hijo.
La situación aquí es que Pedro Damián le salió borracho a la buena mama Santos. Borracho y problemático se fue metiendo en camisa de diversas varas: a últimas lo embutían en los separos cada tercer día. Sin embargo, Eugenia Santos, aún a cuestas del cínico engendro, le procuraba siempre. Llevaba de a poco tortillas calentitas de mano y salsa de chile en bruto para calmar la resaca del pequeño malandrín.
Luego Eugenia envejeció. Se fue quedando tiesa de los pies, se le apoltronaron reumas, endurecieron sus arterias; ya caminaba muy poco mama Santos. Por eso, decidida, fue a contarle sus males al alcalde y a pedirle encarecidamente que le permitiera construir una “cárcel” en los bajos de su casa. Así podría vigilar mejor al chamaco y llevarle, siempre recién hechas, las tortillitas que tanto le gustaban.
Y es que mama Santos hizo dinero de cosechar las tierras que eran de sus padres. Por eso pudo crearle un recoveco a Pedro, vigilado siempre por un soldado flaco, y tenerle a la mano cobijas y café, dos catres (por si caía con Simón, su compañero de farras) y hasta tepache en los últimos del mes, cuando la piña fermentaba.
No hay duda entonces: los bienes son para remediar males.
Café: En la comida de ayer, tan familiar como amistosa, tuve otros placeres. Comprendí, por etimologías moras y judías, cuál es el verdadero propósito de la palabra mesa: receptáculo de bendiciones. Así me lo escribieron: Zarathap a mesa oin tabló (trae todo lo bueno a esta base). Table, tabló, mesa, bueno. Qué maravilla.
Martell y tabaco: Cuando hicieron presidente al general Obregón, organizó una comilona en su hacienda a la que fueron invitados (entre otros muchos) selectos pensadores de la época y tímidos poetas noveles. Uno de ellos acababa de escribir una linda poesía inspirada en los atardeceres de Patzcuaro, de donde era originario. Así que presto, la declamó con nostalgia… sonaron algunos aplausos a su término y don Álvaro dijo: ¡eso ya me lo sé!, lo he oído antes: de su autor original. La concurrencia enmudeció y el infortunado poeta tuvo la peor de sus tardes. Al anochecer y despedirse, se le acercó el presidente diciéndole: puedes publicarlo con tu nombre, es tuyo, pero tengo buena memoria.
Chinchón Seco: Antes de partir, y sobre esas bellísimas conversaciones que uno tiene camino a las puertas, supe por boca de mi amiga (degustando su anís con cheiser de mineral helada) que está por corregir un rencor mal trabajado: quiere reencontrarse con su hermano, volver a cantar las de Guty Cárdenas. Así me dijo: “mal trabajado”, y me encantó. Sospecho entonces, que la vida es indolente con quien enhiesto se le queda mirando.
Visitar es reinventarse. Lo sé por derecho propio: casi escucho las otras voces de la memoria: cautivadas por el brillo de mis ojos, contentas de verme, de saberme bien y sano, de notar algunos cambios (y sospechar que sigo siendo el mismo).
Visitar es también cocinar con ingredientes raros: mezclar lo dulce y lo ácido, probar chocolate y menta, preparar Bellinis (como los del Harry’s Bar) y cerrar los ojos pensando en Italia. En Venecia. En la Plaza de San Marcos. En mi padre. Visitar es todo ese constante movimiento de los años en pos de un mejor futuro y un pasado satisfecho.
Aunque visitar al pasado es distinto. Es vestirse de gala ante el niño que fuiste y quitarte el sombrero por sus ocurrencias, y desanudarte la corbata por volver a oír tu risa, tu propia risa, y remangarte la camisa para jugar con lodo y llenar pistolas de agua. Es más, pero con eso tengo.
Ayer visité a mi pasado. Bajo el marco de una fiesta infantil me encaré con él. Y hubo lo bueno y lo malo: nos dimos la mano, conversamos serenos sobre mis métodos de ahorro, jugamos una partida de póquer sin pestañear, nos tomamos una paleta de cacahuate (en vaso), se burló de mis kilos de más, me burlé de sus granos de más, me insistió en dejar de fumar, comimos unos frijolitos de colores, le dije con ganas de molestar que quién le iba a decir que al día de hoy tuviera tantas canas.
- Te veías mejor con el cabello largo - me dijo - te veías más joven… - “Era” más joven - respondí; le invité un café turco tratando de sorprenderle con mis dones y secretos: - ¡Oh, pido el molido especial!, un amigo me trae cardamomo de Israel… - ¿Dónde compras el café? - preguntó con cautela. Me puse serio: - Tú no tomas café, tienes 15 años.
Me miró impávido, como tratando de entender a mis neuronas más reticentes.
- … - ¡…! - 14 años, tengo 14 años: ahí me dejaste Juan Carlos, no me he movido. - Ah, pensé que… ¿entonces no te tomas el café? - Mejor no. - Y… qué te ofrezco, qué bebes usualmente. - Agua de Tang sabor naranja. - ¡Claro! – aplaudí - Tang de Naranja… ¿no quieres mejor una agüita de papaya? - No gracias, ¿eso fue una broma? - ¡Uy!, no te pongas así: recuerda que ahora yo soy el mayor. - Sí pero… no has envejecido muy bien. - Ya sé amiguito. Hay algo que seguramente querrás ver de nuevo. - La ilusión ha muerto. - Sarcástico; por eso te decían que eras anormal. - ¡A ti te decían anormal! - Da… da lo mismo. Te enseño o no.
Cuando lo llevé a ese espacio, a esa especie de altar que le tengo a mis discos, todo su cuerpo se afligió: no sabía muy bien si darme las gracias o llorar o tocarlos todos a la vez o abrazarme…
- ¿En eso gastas tu dinero? - ¿Es todo lo que vas a decir? - No, es que… no sé. Es bastante fuerte ¿sabes? - Supongo. - ¿Supones? Yo hice de ti todo esto. Yo hice esto. - Y créeme, hay veces que te lo recrimino. - ¿Aún tienes el disco de los Beach Boys? - Sí, sí. - ¿Pet Sounds Remastered?, ¿qué carajos es esto? - ¿Cómo qu…? Me preguntaste por el disco ¿no? - Sí, pero éste no. El rosa, Greatest Hits. – y se puso a cantar – “Let’s go surfin’ now. Ev’rybody’s learnin’ how. ¡Come on a safari with me!” Ése. - ¿Este? - ¡Aún lo conservas!, Nunca creí… ¿y Descanso Dominical? – cantó – “En la Puerta del Sol como el año que fue…" ¡ei!, acá está. Juan Carlos esto es increíble: un discazo ¿eh?... pero este no es el que yo compré. - Bueno lo compró más bien tu hermano Patricio. - ¡Yo lo compré! - Ok. Como sea… ése se perdió. - ¿se perdió?, qué le pasó. - Pues… - pues qué. - Pues se lo regalé a una noviecita. - ¿a una noviecita?, ¿y por qué chingaos andas regalando discos? - Bueno es que realmente… tú sabes. - Valía la pena ¿eh? Menos mal.
Así estuvimos media hora; tuve que ponerle tres veces Solsbury Hill de Peter Gabriel y tantas más. Luego tomó un lápiz y escribió en un post-it varias canciones.
- ¿Es lo que escuchas ahora? - Sí – dijo abrumado, pensando bien sus elecciones – Hazme un favor: grábame un cassette con estas canciones. - Ya hay quemadores de discos. - ¿…? - Discos que… bueno como en los cassettes pero en disco compacto. O sea, está muy bien. ¿Y para qué lo quieres?, el cassette, para qué lo quieres… eres parte de mi imaginación. No te lo puedes llevar a ningún lado, es… intangible todo esto, vamos. - ¡Soy parte de tu pasado! - Por desgracia. - Pendejo - Ya no digas groserías, eres muy chavito. Y yo las estoy tratando de dejar ¿oquei? - Pu’s qué putito.
Lo amenacé con el dedo índice. Los dos reímos. Le hice su cassette: tuve que regrabar uno de cromo para que el sonido fuese mejor. Él insistía en que fuera de metal.
- El negro, el de metal. High Byass / Type 4 - El de metal no sirve para regrabar. Se queda el sonido de las pistas anteriores y se oye todo así: satánico. ¿no te acuerdas? - Es cierto… bueno pues el de cromo.
Mientras lo grababa (y me acordé de Stephen Frears y su High Fidelity) noté que mi pasado se esfumaba. Volvíase viento: átomos perdidos, ionizados en la memoria colectiva. Sin más respiré hondo: lento me caló la pureza del aire vespertino, me serví en el vaso un poquito de Tang y recordé a la novia que gustaba de Mecano. De este modo hice las paces.
Y hoy, como homenaje a su silueta de infante trasnochado, le regalo al peatón las canciones que apuntó.
< Peter Gabriel. Solsbury Hill >
< Enigma. Return to Innocence >
< Pink Floyd. Take it Back > (con extraña cinta rosada)
Soy un hombre triste. Soy un emo. ¡Maldita sea!, soy un emo. Un emo muy triste… y muy hombre. Pero muy emo. Soy, quizá, la encarnación más joven de toda la tristeza. Y soy también ególatra. Bueno: algo tenía que ser en esta vida.
Pero me quedan recuerdos… tristes también. (Es triste pensar en los recuerdos). Y si los pierdo más triste me pongo. Por eso los guardo en cajitas de música, con obras de Shostakovich, y Dvorak y Mozart que suenan elegantemente en carillón desafinado.
Eso es lamentable. No triste: lamentable. ¡Tengo 27 años! No puedo ser tan triste. No debo ser así. Soy el tipo más vetusto de 27 años. Tengo que ser, en cambio, alegre y disparatado. Y aprender a contar chistes y reírme honestamente de los que me cuentan a mí. El problema es que no sé reírme con soltura. Hubiera escrito Cortázar instrucciones: sólo escribió para llorar. Así que he aprendido a llorar muy bien. Me desparramo en los sillones y lloro desconsolado. Últimamente se me olvida por qué motivo estoy llorando, y eso me provoca un llanto más largo, más pausado y más reflexivo. Aunque en realidad no esté reflexionando sobre algo.
Ayer manejaba muy triste hacia mi trabajo. No me salía del corazón ponerme en otro estado. Fue cuando descubrí que soy un triste joven. Gris, triste, seco, emo. Venía escuchando reguetón ¡y se me salieron las lágrimas cuando Nigga cantó Baby, Te quiero, uoh! Eso no es normal. Algo pasa conmigo. Y luego perdió mi equipo favorito en el futbol; a mí ni me gusta el futbol, pero mi equipo pierde. Siempre pierde. Y eso es deleznable, no hallo otra palabra.
Pero el Top Guán de lo peor en esta situación es que ni siquiera sé, a ciencia cierta, qué cosa es la tristeza. Ningún diccionario la describe bien. Tristeza: cualidad de triste. ¡Real Academia Española!, coño. Perdón. ¿No hay un tumbaburros para emos?. Hace dos días, por ejemplo, empezaba a sonreír cuando de pronto caí en la cuenta de que estaba usando un polo a rayas… ¡Un puto polo a rayas!. Emo; pinche emo que eres Juan Carlitos, me dije (yo a veces me hablo más de la cuenta). Y no es nada personal contra los emos… por cierto, querido lector emo: ¿hay algún ritual no sangriento para iniciarme con los suyos? Decía. Un polo a rayas: vestuario emo. Me faltaban mis Vans… no usan Vans los emos ¿verdad?
La situación, durante estas negras horas que me embargan, está desbordada. Llueve. Llueve a cántaros, de hecho. Antes de ponerme a escribir pensé: si regreso ahora a mi auto, sin paraguas, al llegar me veré en el espejo y estaré convertido en un total y eminente, mente, emo. Porque el cabello se me irá a la frente y tapará mi ojo izquierdo, y sólo bastará un poquitín de rimel y… ya está: listo para las fiestas. Pero, creo que no hacen fiestas los emos… A mí me gustan las fiestas.
Bueno es que tuve una novia emo en realidad; una novia emo-poeta que me llevaba a sus fiestas. Nadie sonreía y pocos se hablaban: eran parte del inventario. Y eso me calmaba. Las reuniones donde todo mundo brinda y se ríe y luego llora y brinda otra vez… ¿de qué chingados brindan? Perdón. Perdón, perdón. ¿Pero por qué brindan?, ¿hay acaso una razón de estilo y de formalismos sociales que los haga chocar sus vasos?.
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¡Dejó de llover!. Oye, está saliendo el sol… ¿es eso un pajarito que trina y canta? Gracias linda (fue… una compañera que me trajo un café). Realmente dejó de llover. ¡Dios es emo!, la lógica es simplista: si yo fuera dios (“y soy también ególatra”) con seguridad sería emo. No me cabe ninguna duda: tanta guerra y hambrunas, tantos mata-emos y mata-viejitas, incendios forestales, kilos de tortilla a 14 pesos. Emo, no hay vuelta de hoja.
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¿Qué clase de pajarete es ese?. Jamás lo había visto.
El domingo pasado hubo pelea con Marisol. Me ladró que nunca le chuleaba sus tetas; las nuevas. Dije yo, desconsolado, que el amor no se mide por volumen ni tiene sensores lácteos. Le dije, yo, desconsolado, que la vida no es mirar pa’bajo sino voltear pa’lante. Entonces ella con pudor, porque lo tiene, removió (vaya verbo) su blusa blanca, se quitó el sostén y sus ganas de enseñármelas: sus tetas, las nuevas; y es que damas y caballeros comprendan que somos amigos desde…
Hace cuatro años (más o menos) que le vengo ofreciendo mis encantos de chico tierno, enamorado de la vida, viajero incansable de las montañas, vividor de cuando en vez, alpinista de sueños terrenales, catador de toda cosecha Pinot, nariz de Channel, etcétera. Cosas así. Bien mentidas, bien fundamentadas. Y ni así; Marisol simplemente no se fija en mí, no tiene la menor intención de hacerlo; ni le parezco lo arriba mencionado ni mucho menos, casi por nada en el mundo (entrecomíllenme ese casi), cedería a mi sed de lujuria veraniega. Es… no es que yo sea un tipo lujurioso en el verano; entiéndase más bien como un…a especie de… piropo, que me hago.
Luego la vida nos ha puesto muchas trampas y hemos llegado a conocernos bien, supongo. Ella dice que sí y para qué contradecirla. El caso aquí no es ése. El caso aquí (señores, señoras o viceversa y al revés saroñes y seroñes) haya su hoyo negro en una fijación de antaño que Mari guarda por sus senos. No sé bien cómo está el asunto: parece que un ex novio que tuvo a mal conseguirse en la facultad de Economía la llenó de ego, infló sus pestañas y le convenció de operarse las mamas; un poquito, cosa de nada: quizá cuestión de alzarlas y revitalizar así los ejes de la mirada varonil. Es sencillo. Cuando ella lo platica sí que se enoja y despotrica contra el tipo – por cierto hoy lo vi con una chica bastante plana, de adelante y por atrás – y… no…. no, no, no, no, no, por favor, seguramente están pensando que (¡ya sé, lo que están pensando es que esta entrada debiera ser escrita, en principio, por una dama y no por un indecente y veraniego joven lujurioso de pueblo y, quizá tengan razón, tal vez no, pero, digo quizá porque una mujer sabría explicarse mejor en esto de los deseos por aumentar la copa)… no, y… tampoco soy sexista, o sea, sí, en ese aspecto que antes mencioné con desatino pero bueno, ya está, el… asunto de hablar genéricamente, miren, no, el…sí, miren mejor, vamos a discutirlo viéndonos las caras. Y no sería discusión, más bien, conversación, intercambio libre de conceptos; es más, pongámonos un buen día conceptuales, yo invito lo que tomen –n.r.d.a., as usual-, me gusta el concepto que encierra est…el…rollo conceptual ¿no?
Es… bastante interesante (eso del…del, del, del, del pleonasmo no es por dejadez de revisar el texto una vez terminado ¿oquei?). Oquei. OK, fíjense bien: viene de la segunda… segunda, primera… de la segunda guerra mundial (que se escribe con mayúscula inicial pero un escritor que no recuerdo dice que no es bueno poner a las guerras con mayúsculas, o a los dioses… Dios, Guerra, ¡ya está!; rota la maldición, seguimos), y sí, lo corroboré hace algún tiempo: son las claves, los códigos militares para informar en base que no hay bajas, que no hubo tiroteados pues: OKilled, Zero Killed. Algo así, no me crean mucho.
¿Y a Marisol dónde la puse? (cual, jaja, cual llavero). Odio escribir jajás; es oficial: Juan Carlos odia escribir jajás, pero era necesario, lleva el ritmo, rompe el ambiente, funciona en estas bitácoras. Creo que debiera empezar a redactar, y lo digo en serio, digo, como todo, a redactar sin pensar mucho en ustedes. Y me es difícil concentrarme pensando todo el tiempo en ustedes: pierdo a Marisol, pierdo a mis mujeres queridas, no sé dónde las dejo, no sé dónde dejé a Marisol, de hecho. Voy a releer.
Ya está. Ya la encontré.
Y fue el estúpido ése, su ex: me acordé de la nueva niña de sus ojos, la plana, y me fui. Pido una disculpa. ¿O es ofrezco una disculpa?, mi educación no es tridimensional como muchos creen, es todo lo contrario, es como de criterio de vacas. Otro buen tema que discutiríamos viéndonos a los ojos mientras yo invito los tragos. Que no se olvide. ¡Que nunca se olviden las promesas!, alguien dijo eso cuando yo era un niño: mi papá o la monja que me enseñó higiene personal en primer grado. Espero, de verdad, que ya no sigan enseñando higiene personal las monjas.
Y, bueno, ya la encontré. El domingo hubo pelea, como saben, y no acabó muy bien. Ninguna pelea acaba bien: siempre está el rito de la reconciliación y el remordimiento y el rencor y los golpes y los intentos de asesinato. Ninguna acaba bien. Pero ésta, sin embargo, provocó en mi materia gris, cada día más escasa, ponerme a escuchar una canción olvidada de Carmen Paris (oleis y palmas para la aragonesa) que sintetiza mis deseos hacia la incauta Marisol.
Es un rap-chotis-jota-bolero-pop titulado: “de muy buen ver”. Aquí se lo dedico, y aquí lo dejo para que me lo rezongue. Al fin y al cabo, siempre hay reconciliaciones, y dicen, que son las mejores.
Vamos a ver: son bonitos tus senos Marisol. No pasa nada. Nadie se muere.