miércoles, 18 de octubre de 2006

Distintas Catársis del Sí.

No encajo en el dilema que me creas.
De hacerlo, te llenaría de flores la casa.
De hacerlo, cortejaría sin instintos ni restricciones.
De hacerlo, cambiaría mi día por tus noches, mi felicidad por tus tristezas, mi despiadado cinismo por toda tu ternura.

No encajo en el esquema.
De hacerlo, te cuidaría de los fantasmas.
Propondría a diario razones para quererte y valorar tu esencia.
Oleríate a kilómetros. Dibujaría mis miedos con vapor. Haría de los tuyos, fantasía.
Saciaría mi hambre con tiernos besos de adiós y despedida.

No encajo en tus problemas.
De hacerlo, tendría tiempo de mirarte a los ojos y soltar un: “todo irá bien”.
Caminaría sobre las aguas, tratando de emular divinidades; traeríate peces sin escamas.

No encajo en tus planes.
De hacerlo, me valdría de artimañas sucias para despedazarlos y así raptarte a diario, vestido de charro, montando a caballo, galopando contigo hacia la incertidumbre.

No me río con tu risa.
De hacerlo, inventaría los chistes más graciosos, derretería a los serios, combatiría las guerras, las hambrunas, los suicidios, la contaminación y el racismo.
De sacudirme con tu sonrisa haría eso y más.

No celebro tus cumpleaños.
De hacerlo, brindaría por tus logros, te colmaría de abrazos, te sacaría a bailar con las grandes orquestas de antaño y luego, ya sentados, te daría un beso suave, quedo y sin final, que nos viera amanecer sosegados ante el mismo cuerpo.

No conozco a tus amigos.
De hacerlo, moriría de celos a diario, sería un cañón imparable, lleno de sarcasmo. Y a veces, me haría también amigo de ellos, compañero de viaje, consejero y padrino de bodas. Quizá, llegado el momento, hasta vitorearían mi suerte y yo mostraría mi orgullo, siempre presente, siempre cálido, siempre al lado tuyo.

No me fío de tus palabras.
De hacerlo, azotaría por bares y avenidas solitarias. Sería tu mejor enfermero; vestido de blanco, solícito y ágil a tus pedidos; cada bocado en la boca, cada minuto tu temperatura, cada lágrima un pañuelo. De fiarme sería un ciego sin remedio, un bravucón sin experiencia, un árbol con mil nidos: pachanguero, solidario, paternal.

No encuentro tus debilidades.
De hacerlo, lastimaría quizá sin notarlo.
De hacerlo, haría este mundo a tu medida.
De hacerlo, mi cama no sería tan grande.
De encontrar tus debilidades, jamás las nombraría.

No me gusta tu cuerpo.
De hacerlo, sometería mi prudencia al impulso, cazaríate sin cesar por la jungla de mis deseos, correríamos por camas de algodón persiguiendo estrellas.
De hacerlo, dilataría tus pupilas, encenderías mis mejillas, moriríamos mareados con el olor del placer y la lujuria, gritaría a cuatro vientos un ¡Te amo!; y el “te amo”sonaría con ecos de rubor y vergüenza, reventaría tímpanos de amantes, opacaría hasta al mismo ruido del cielo.

No tolero tu voz.
De hacerlo, dejaría de parpadear para no perderme ni un instante tus labios en sutil movimiento. De hacerlo, cantaría contigo las más bonitas canciones. De hacerlo, grabaría tus palabras en mi piel y jugaría con ellas a crear horizontes donde todos fuésemos mudos y bellos, como la noche.

No comparto tus frustraciones.
De hacerlo, cambiaría la conversación, inventaría laberintos para que nos enredáramos juntos. Sí, saldríamos arañados y felices de cada pelea, convencidos el uno de la otra. O ya sé, daría un consejo con mi cara seca y torpe, para que así me abrazaras y olvidaras los miedos para siempre; luego, te acompañaría a la Luna para que allí los arrojaras… y cosecharas otros. Esa es la vida.

>> No digo la verdad tan bien como tú, cuando mientes.
No me enfado tan bien como tú, cuando derrochas alegría.
No corro tan bien como tú, cuando descansas.
No soy tan valiente como tú, cuando angustia sientes.
No soy tan paciente como tú, cuando desesperas.
No soy tan yo a tu lado como tú lo eres en el mío.
No me camuflajo como tú, cuando te muestras.
No olvido tan bien como tú, cuando odias.
No me doy tan bien como tú, cuando te niegas.
No me espanto tan bien como tú, cuando peleas.
No escribo tan bien como tú, cuando cantas.
No viajo tanto como tú, cuando duermes.
No extraño tan bien como tú, cuando olvidas.
No tolero tan bien como tú, cuando concedes.
No imagino tan bien como tú, cuando realista eres.
No me interno tan bien como tú, cuando idealizas.
No estoy tan lleno de bondad como tú, cuando te vuelves egoísta.
No increpo tan bien como tú, cuando no lo sientes.
No bostezo como tú, cuando te entretienes.
No valoro lo que tú, cuando pisas.
No vuelo como tú, cuando caminas.
No beso como tú, cuando besas.
No beso como tú, cuando besas <<

No beso como tú... cuando besas.
De hacerlo, ganaría concursos de belleza, sería poeta, historiador o naturalista.
De besar como tú cuando besas, no habría fin del mundo, no habría apocalipsis, no habría maldad, ni catársis, ni quimeras.

El único consuelo, entonces, que me dejas, es el seguir deseando ser tú, no un espejo tuyo. Tú, no una idea. Tú, no vaho de cristal.
Querer ser tú, un SÍ rotundo al misterio, al amor... a la locura.


julio. once. 2mil6.-martes-
Tras efectuar un escape al corazón de la naturaleza humana.

lunes, 16 de octubre de 2006

Debut VI

Baudrillard escribió con resignación: "una mujer siempre sabrá acariciar mejor a otra mujer que cualquier hombre". Mientras leía esto, sonaba distante aunque dictador, el oboe de un virtuoso acompañando a una italiana guapísima que cantaba con desgana una canción llamada "Eva contra Eva". Fue repulsivo, debo admitirlo. Llámale misoginia o machismo o ambas cosas, o peor aún, llámale cerrazón y cuadratura ante los nuevos modelos que la retórica difumina lentamente en el pensamiento de las féminas. Mientras esto pasa, Guillermo Fadanelli, escritor y ensayista mexicano cuenta: "Tú eres mi carne, todo lo que tengo, no tienes derecho de lanzarte al vacío de otro cuerpo tan hermoso como el tuyo".
Prendí un cigarrito, con inusual calma y belleza, y telefoneé a una buena amiga para desquitarme a través de discursos sonoros llenos de adrenalina y venganza. Colgamos saciados y enojados, tímidos tics brotaron de mis manos delatoras. Había perdido todas las batallas... Jalé el escusado del exhibicionismo y el pudor. Luego me lavé las manos escribiendo esto y di la vuelta a la hoja, donde ya estaba esperándome, tendida en un lecho de hojas secas y frutos de la temporada, la señorita octubre, sonriendo enigmáticamente y sin bikini.

viernes, 13 de octubre de 2006

Debut V

> o Embotellamiento

El peatón estuvo ausente ocho meses.
Durante ellos recorrió distintos caminos; unos tangibles, otros etéreos, pero de igual forma caminos. Se sacudió el polvo acumulado y la enigmática pereza que siempre lo rodea al momento de sonreir. Agitó sus manos, suavizó sus dedos con cremas de mandarina y menta, abrazó a extraños, lloró y otorgó disculpas a los disculpados. Pensó en su padre, muerto, frío, lejano cual cielo de invierno... y lo trajo a "vivir" más cerca. Enumeró pasajes de su existencia en función de su productividad. Chantajeó. Renunció a antiguas dictaduras. Renació en el corazón de las calles, en los centros y plazas públicas, en los parques de enamorados besó y fue besado tiernamente por musas de delicado talante. Mató cientos de hormigas y revivió a un niño que se ahogaba. Aprendió a rezar de nuevo, desde cero, como si no entendiése los formularios religiosos y encontró no una, sino múltiples paces efímeras, hechas amigos, hechas mujeres, hechas familia... paces efímeras... hechas... eh... Mintió.
El peatón mintió a sus discípulos con sobrada alevosía y jamás pidió perdón. Así estuvo ausente, sin pedir perdón. Y hoy el peatón, robándole intelecto a la bella cantante Buika, está jodido pero contento, con miedo pero con fuerza, y así planea quedarse largo rato, caminando más despacio, disfrutando sus pisadas, sin interrumpir a la abuela que con inteligente parsimonia avanza sobre la acera. Sin prisa. ¿Cuál es la prisa?.
Así que este transeúnte imagina calles desiertas y pide a gritos, en su soledad, desde su ego, de entre las maltratadas vísceras cardiacas, que se pueblen nuevamente, que iluminen con sus rostros grises y rosados, que estorben, que hagan ruido y piten, pide a los contemporáneos que le cierren el paso, que taladren, que construyan, que destruyan las ciudades, que se vuelvan a dar la mano, que se atraquen sin misericordia, que se accidenten, se rompan y reinventen. Ya así, felices y embotellados, poblaremos otra vez de ordenado caos literario esta civilidad funesta que ahora me abruma...
Habrá que reestrenar la carpeta asfáltica, manos a la obra.

Un abrazo doy a los que estén y un suspiro lanzo a los que no.
Salud, dinero y amor. Buen provecho con ello y hasta pronto.

lunes, 27 de febrero de 2006

Amistad (y Otras Desviaciones a Distancia)


¡Viene Joaquín!... sí, sí, ya pronto; será cosa de tres semanas... ¡claro que ya los compré!, así que déjate de excusas y nos vamos a verlo... el 12 de febrero... sábado sí, es su cumpleaños... te veo para darte el boleto...

Sucedió no hace tiempo; Arturo se había medido con la noticia: Sabina en México; luego de años, de discos cantados y rones, de tumultuosas voces mañaneras que acompasaban inquietas sus canciones. Quizá es momento de contarlo.

Un viaje discreto; sin mucho itinerario, sin maleta, sin amores olvidados, pero lleno de alegrías, entusiasmos, una que otra risa cómplice y dos raspados walkmans llenos de Joaquín, una tras otra, sin pausa, con “filin”, con tanto y tanto recuerdo provocado por una letra inmensa, canalla, sincera. Platicábamos los dos de encuentros anteriores, de conciertos que dejaron huella, del día aquel que abuela murió y nos apagó su última gira durante un interminable funeral con tíos desconocidos y plañideras llenas de dolor. Platicábamos de tanto en esos viajes de ida y vuelta, en esas rutas de artistas diversos, que ahora con certeza, digo conocerle bien. Arturo es el tipo aquél de imágenes gastadas, el gordo amable que vive en el pasado, es por ello quizá que con él comulgo fervorosamente.

Al bajar del autobús y atravesar la ciudad en metro, nos damos cuenta (tremenda analogía) del paradisíaco invento que son los pueblos. El nuestro es uno pequeñito, muy limpio en colores y paisaje, habitado por la gente de las altas montañas veracruzanas; Xico se llama, y en él se escucha, cada seis horas, el carrillón desafinado de parroquia, se vende nieve de fresco manantial, se obtiene anís de las praderas, se bebe caña por litro y se vota por el PRD.

Ya la gente en el Metropolitan está impaciente; primero, unos tacos de suadero con el güero de la esquina: la sazón impecable, la salsa muy salsa, los imecas necesarios. ¿Otra cervecita?. Que sean dos entonces. Son casi las siete; el cielo se oscurece, la cuenta de las chelas se dispara por los aires, es momento entonces de integrarse a la cola, que desordenada, encuentra la taza made in China, la camiseta de Malasia y el disco pirata manufacturado en el Japón. Mi sombra se hace gruesa y el vaso desechable vacío está ya de cerveza (vaya rima pintoresca). Arturo pide a gritos dos de las oficiales: ¡son las oficiales güey!, me grita, accedo a sacar un billete, no sin antes vigilar a la pareja de fulanos que se acerca demasiado. ¿180 pesos?... (%#$!!!!$#¡¡) ¡pero sí es una ganga!, ¡llévate otra!, le digo ya con la saliva propia que producen los etiles y el nulo balance económico que siempre ha cargado mi vida.

“Nunca es tarde para el brandy”, me habla la inconciencia. “primera llamada, ésta es primera llamada”; sala adentro, un bajo acústico ya resuena entonando los acordes vagos de una de las nuevas que viene a presentar. Entremos de una buena vez.

El concierto transcurre alegremente perfumado de algarabías, vivas y olés que poco a poco soltamos los interesados en el tema; detrás nuestro, una pareja se deshace a besos, se dicta el “hoy te amo y prolongo ese hoy al infinito, vida mía” que tanto nos gusta oír a los que gozamos de la cursilería. Vienen y van las cervezas (las trae de la barra un muchacho educado), uno a uno se sueltan los tonos de acordes distantes y hermosos que provocan jubilosas lágrimas. “Hasta pronto mi México; no se me mueran nunca, carajo” repica Joaquín con su voz amarga y de tabaco muy dentro del cuerpo y del alma.

Éxito rotundo el de la noche, redondo viaje que oscurece.

Fuimos los últimos en salir de aquel teatro; el portero, intrigado, ya golpeaba, como no queriendo, la diminuta puerta del disgusto, la que nos volvería otra vez seres mortales y efímeros. Afuera; la noche cae en pleno, y más allá, la paradoja: "tú dime compadre... ¿TAPO o barecito?"... y yo ya todo bendito, feliz, satisfecho, enorme, le contesto torpemente a Arturo: barecito carnal, barecito, que esperen los camiones.

Y esperaron. Miramar fue el tugurio, algo pequeño, de esos que no llaman mucho la atención, dos rondas y nos vamos... dos rondas más... dos más... nomás otras dos y ya... la penúltima ¿no?... Al salir, un taxi nos pita, nos ciega con los faros: ¿a dónde?, pregunta incipiente el conductor; al cielo, compadre; responde mi amigo con cautela. Camino a la terminal, conversamos de la seguridad en la ciudad, intercambiamos datos, incluso le dijimos, ya desafinados e ineptos, que por gente como él, el Distrito adquiría prestigio.

De no haber llevado un ángel con nosotros, probablemente y como buenos provincianos, hubiésemos terminado en la primera plana de algún diario amarillista: “caen jóvenes veracruzanos en manos de la mafia oculta del centro histórico”. De no haber llevado un ángel insisto, pero hubo uno bien grande, uno que jamás descuidó nuestros descuidos: el de la amistad, el del compañerismo, el ángel aquél que con alas grandes nos incita a aventurarnos en viajes como éste.

De vuelta en Xalapa, adormecidos y con la dura resaca a cuestas, nos espera aún la organización para la despedida de soltero de Patricio. Ninguno quiere saber algo del otro, incluso nos gritamos ya en el túnel y decidimos no hablarnos nunca más. Esa misma tarde suena el incómodo teléfono: ¿Juan Carlos?... ya brother, en serio, qué le vamos a organizar al Pato...


> vivido en febrero '01/escrito en noviembre '04/ publicado ahora.

miércoles, 15 de febrero de 2006

El Enredo de un Cordón Umbilical

Una narración de Juan Carlos Medrano.
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"...amigos míos: veo que los padres están complacidos y eso me complace a mí también, porque sé que si los padres están complacidos, ellos complacerán a los hijos (enorme aplauso, gran risa)."
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GEORGE CATLIN. Vida entre los indios.
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Raúl y Josefina son una pareja que ha nacido para amarse, para jurarse eternidad, para disimular su enojo cuando están en compañía, para reír y llorar con las películas, para comer del mismo plato y tomar del mismo vaso. Raúl y Josefina están satisfechos pues han crecido, tienen responsabilidades mutuas, ya no son pequeños, ya no huyen de los besos ni del sexo, tampoco se esconden ni se citan ciegamente en los cafés. Papás ya no se enojan.

Raúl y Josefina viven ahora juntos, son deseados por demás personas, ajenas a su magia, a su encanto y a toda melodía. Personas ajenas a su sangre; por eso son deseados. Raúl se envuelve siempre en misterios, en libros, en corazones olvidados, en cantos de tarde sin sol, en manzanas, en navajas de afeitar, en cortauñas, en metodologías usuales de todo desayuno; se especializa en omelettes y le gusta el agua simple. A Raúl le gusta mucho el agua simple. Josefina es delicada, amable con visitas que saben ser amables, fuerte con los tropiezos vitales y amante del té con crema; muy inglesita es Josefina. A ambos les fascina el sol y no la playa, se visten como niños, les gusta el lodo, el azúcar y la cáscara de naranja cristalizada, matarían por ella. De hecho cultivan las naranjas, las deshidratan, las empolvan con un chile pequeño que dicen es afrodisíaco y después se las comen, son capaces de pasarse toda una tarde viendo escurrir gotas raras de otoño; escurrir por el tejado, caer enseguida, destruirse. Son capaces de todo.

De pequeños, luego de cenar, jugaban largas horas a ser astrónomos, y a veces, cuando la cena era muy fuerte y la hora temprana, a ser estrellas. Y ardían, ambas estrellas ardían si en alguna casa no había padres. Muy precoces, muy 12 añitos, muy de su estatura. Sólo ardían, Josefina cerraba los ojos y tragaba saliva; jamás explotaban, a Raúl le daba miedo explotar. Sería el caos, la pérdida total de los sentidos y los ecos de un romance prohibido agitarían pañuelos en la catedral de aquella cabecera. Y los ecos, queridos míos, lo vuelven a uno vulnerable. Los ecos hacen que uno se escape, que uno viva huyendo por decreto universal, porque está prohibido ya lo dije, porque Dios castiga estos romances. Son de monstruos estos romances, y su prole son monstruos igualmente. Diosito los castiga, envenena por dentro a la mujer, y su nidito de venas y placenta se endurece, se deforma. Lo mismo pasa con los perros, sus cachorros mueren y nos quedamos todos sin vender siquiera " al prieto aquel, ese que se mueve como si estuviera borrachito". Ni eso nos dejan los perros, por eso los Hombres y los perros se están muriendo de hambre. Ni vender al borrachito podemos.

Por eso, por los castigos divinos que jamás se dieron y por los cachorros que Momo y Snoopy, la pareja de perros que los acompañaba a todas partes, jamás tuvieron, por los ecos y por las catedrales, Raúl y Josefina huyeron encolerizando al cielo, a los padres, al viento en arrozales, a la multitud entrometida. Huyeron de ellos mismos, pero juntos, sin trampas, sin juramentos eternos, sin pareja que ha nacido para amarse. Se asentaron en la ciudad cercana a su pasado. Incluso en los hospitales, si se les veía de la mano sonreír y luego detenerse a contraluz para besarse y amarrarse, eran tildados de obscenos, de malditos, de prófugos. Yo mismo, de tener las piedras, se las tiraba.

Detener las piedras, eso hacían Raúl y Josefina, y luego, te devolvían a cambio una sonrisa cómplice y era cuando te sentías sucio, o te ruborizabas o te descarabas e ibas con tu amante de la farmacia a decirle que tu esposa ya había aceptado el divorcio. No había por qué temerles. ¿O la envidia es tu conciencia?. No. Entonces no hay por qué, ni a ellos, ni a los raros, ni a los que se salen de tu esquema, el esquema universal. Eso te dicen los letrados, los intelectuales. ¿Pero si están mintiendo por ser ellos iguales?, ¿qué tal si se contagia?. Por eso tomamos medicinas, y nos sentimos más felices, por eso nos tapamos los ojos cuando vemos el terror muy de cerca, por miedo a que nos guste. Por eso tú tienes a tu pareja, que conociste en un bar, o en un kinder, con la que ahora vives alejado y sin saber que en la casa de enfrente mataron a un gatito por celos o hubo un accidente, uno pasional, de esos que nunca son accidentes.

A Raúl y a Josefina les pasó lo mismo, vivían en la casa de enfrente y un mal día, de esos en los que arrojamos objetos para defendernos de la persona con la que hacemos el amor, un día con trincheras, en un ratito, en un minuto, sucedió lo que no tenía que suceder jamás: tocaron el timbre los papás de Raúl, y a Josefina se les salían las lágrimas mientras abrazaba a ambos. Raúl no los quería, Josefina era suya, no de ellos, ni de nadie, suya sola, muy suya, muy de su agrado, muy cercana. No hay nada más cercano. Los papás se la llevaron entre empujones y gritos y las noches de Raúl se hicieron amargas y rudas. La cama había crecido y Raúl no era gordo. La cama era muy grande sin Josefina. Y Josefina muy pequeña sin Raúl.

El papá de Raúl se llama Raúl y la mamá de Josefina, Josefina. Personas comunes, que vemos en los bancos esperando turnos o en cocinas cocinando, personas que no entienden la otra dimensión de los espacios, personas comunes. A ambos les hubiese gustado que sus hijos fueran comunes también, que supieran leyes y encontraran caminos justos, equilibrados, sin cuestionamientos morales, sin algarabías. Y no es raro, la esposa del papá de Raúl es increíblemente adorable, una señora muy tierna, que borda en las tardes con otras tres amigas y que a diario llora cuando le recuerdan de su hijo, y del esposo de la mamá de Josefina nadie se puede quejar, es un hombre que trabaja duro en una firma de abogados y que quiere lo mejor para su hija. Historia sencilla, sin rodeos, hay miles de ellos, muchos quisieran ser como ellos de hecho. Los papás de Raúl y los de Josefina son personas de bien, que a veces pierden los estribos por que a sus hijos se les ha ocurrido quererse. Diario pasa y nadie dice algo.

Raúl hijo, protagónico, no el padre sino el hijo, esperó dos meses a Josefina, su amada, no la madre de su amada, pero Josefina no asistía al encuentro así que Raúl corrió a rescatarla de las conversaciones de siempre, de vino tinto y pan con queso que a él tanto miedo daban. No le fue difícil entrar en la casa donde ahora vivía su única ilusión pues a final de cuentas era bien recibido, era parte de la familia y aunque todos quisieran negarlo, siempre lo sería. Así que por qué no ir a reclamar lo suyo, lo que le otorgaba cariño y le servía de postre por las madrugadas. Por qué no ir a recuperar a Josefina de su claustro y demostrarle a todos que los monstruos no tenían más monstruos por hijitos. Podría ser, pero no era el caso. Así que decidido entró, habló con los padres de Josefina mientras ella escuchaba tras la puerta de su habitación la discusión que poco a poco iba creciendo, hasta que oyó el disparo, uno sólo, muy atinado y luego un llanto quedo, de soledad anticipada.
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Luego Raúl fue por Josefina y salieron de ahí sin ser notados por antiguos vecinos o antiguos hospitales. Ya que nadie les querría después de lo sucedido, decidieron huir lejos, esta vez más lejos y más sin motivos que la primera. Raúl ahora se dedica a la abogacía y Josefina ha puesto sesiones de bordados en las tardes, en aquel ático que les alquilan barato en una ciudad muy grande y sin compromisos donde se ve seguido lo prohibido. Dicen que el talento pasa de generación en generación. ¿o es al revés?.

Dicen que ya nadie les molesta, tienen ahora una hija, es ciega, pero sus doctores de confianza han dicho que es debido a las malformaciones genéticas de las que todo mundo antes hablaba. Pero su hija no es un monstruo, sólo es ciega. Josefina ya está embarazada otra vez y su hijito, al que llamarán Raúl, honrando a su abuelo, nacerá en los primeros días de junio. La hija ya quiere tener un hermanito y habla con sus amigas de la escuela que cuando crezca se casará con él. Los papás, cuando escuchan eso se ríen discretamente. Raúl y Josefina comieron del mismo plato y bebieron del mismo vaso. Saben a lo que se refiere su pequeña. Raúl y Josefina son hermanos de sangre. Y ahora están viendo escurrir las gotas del tejado, eso que tanto les gusta.

Dos Sonetos

[ de la serie: sonetos tristes / enero - marzo 2002 ]

Nostalgia del amigo no nostálgico.

Mi vida está sufriendo cambios bruscos,
No hay detalles que queramos conocer,
No hay tormentas, hay batallas por hacer
entre estudiantes jugando a ser toscos.

Así que empiezo, ligero, muy hosco.
Pintando: ¡buenos días amanecer!
Me doy por vencido, empiezo a oscurecer.
Qué más da, buenas cartas no conozco.

¿y qué les digo?, ¿que los quiero a todos?
Bien ya saben lo transparente que soy
Si engaño, me vendo de todos modos

No hay por qué venderse si gratis me doy
No pido separarme de estos mundos
Si por eso me distingo en cómo soy.


Lucifer en romance.

Espérame aquí, no tardo, mi vida
Sólo quiero distraerme de tu paz
Ya no quiero usar aquel anti-antifaz
No más máscaras sin recelos, vida

Lo sé, lo supe siempre, que eras viuda
Sin embargo no cambié en lo perspicaz
Soy muy tierno, nunca pico por detrás.
Alacrán, tengo una muerte medida

Vivo feliz sin los grandes venenos
Guerra, antrax, lobos, infiernos, derroche
Los cientos de perros muy mal enfermos

No hay luz, ni canto, sólo un yo fantoche
Que quiere vernos besarse sin frenos
¿qué pasa, le tienes miedo a la noche?


nota: ...... muy mal ¿eh?, muuuuy muy mal Juan Carlos. Y habría que leer los otros, ¡madre mía!, esto de desenterrar el pasado...