Sin embargo, y para empezar a establecernos, urge hablar de no-misterios y concentrarse en la planitud del individuo como saco de carne y huesos. Yo me quedo aquí, si quiero defenderme de invasiones, si de verdad prefiero entusiasmarme hasta el hartazgo por encima de los subibaja emocionales, me quedo aquí: con el atropello casi elemental de las notas repartidas en pianos arrumbados en estudios con libros; todo viejo, todo humedad y guarida de humo torpe (como sin aire el humo, como sin esa ventilación que despotrica las neuronas hacia los espacios estrechos).
Esa es, sin mucho afán de divertirme, la galanura de Don Lichis y su Cabra; la que cada noche (al menos en aquellos años de desempleo y dinero fácil) escuchaba tumbado en un colchón sin colcha, en una habitación sin cuadros y en la penumbra absurda de la que me gusta rodearme cuando de poner atención se trata. Calor de adentro, de dientes para afuera.
Entonces mese surge el atropello de palabras y exquisitos fragmentos de pasado me envuelven; por ejemplo, me sacuden, pienso, las bohemias risueñas que apenas ayer, uno de mis padres convocaba en casa ante afanados jipis de la tercera edad y disimulados niños intelectuales que nos divertíamos con el canto, las nueces y las copas rotas. Claro, todos ellos, o casi, se han muerto ya; y así, quedadas las teclas frías, yo sigo cavilando ante la lamparita: quién tendrá mi chubasquero. Cómo será la espalda del ladrón.
Esa noche lluviosa en el auto. Los semáforos dispuestos a ensombrecer mi puntualidad religiosa y apoltronada en la necedad de aparecerme siempre a tiempo a no sé dónde. La tonada espontánea de las guitarras viejas de Memphis que me caló bien hondo (y sin notarlo) en cada hueso frío de mis manos que empezaron a pespuntear las notas torpemente sobre el volante inmóvil. Soledad de guerrero viejo, quizá. Andamios de nube. Y subí el volumen.
Luego repetí, puse atención; había luces fragmentadas en el parabrisas hinchado de gotas. Me sentí feliz e insensato, pobremente dichoso. Es la eterna melancolía que rodea mis instantes de autoternura. Es la forma fácil en la que me complazco por derecho a lo íntimo. Es también, mi nueva vida en pareja y todas las sensaciones que me provoca el paso del tiempo en mis ojos enrojecidos. Es el melodrama diario que me cabe justo en el retrovisor. Los pitidos, insistentes, para que avance, siga la rutina, llegue a donde deba y baje silencioso a establecer sistemáticamente los movimientos que me traerán tarde o temprano a aquí, a este mismo asiento donde se revelan las canciones tristes.
Yo también he estropeado sus días libres. Mi madre tampoco espera a alguien; y yo, Quique escúchame, al igual que tú, necesito entrar en los sueños de alguien.
Sin embargo, y dejándome de estos esotéricos placeres del sufrimiento ajeno, digo aquí: a ella sí se le corre el rimel, y el Central, ese bellísimo cafecito madrileño donde alguna vez declamé con Krahe, nunca ha sido mi sitio de descanso. Hasta aquí por hoy, mañana será distinto y quizá, cursi de dos pesos, quede tiempo para mí.
Intenta vestirte de invierno el invierno. Intenta decirte lo siento tanto cielo gris. Intenta la flor arrancarte el tiempo. Intenta jamás ser restaurado sin pena. Intenta resultar lo pobre en delicioso y con el acaso, prueba a decir mentiras. Intenta lo que vuelve a frontalmente detenernos y sobra, sí, decir, intenta la muerte enmudecernos. Pero vence, triunfa no claudica, la sinvergüenza a la razón y, por demás, también, decir, gana en dentelladas la vanidad al recato. Ego y color, de trampas estamos hablando / ¿estamos hablando? o es, como la moda indica, producto es ¿de un resultado pitagórico? / Es, sin embargo, amigo, dolor a cuestas que de solos tanto andar vivimos, como ¡ay! lo que no hay se siente. Si se siente, sangra y por sangrar se sana, se aprende, piedras (además) y nuevas se buscan para, otra vez, tropezar / Trapezoides: somos eso. Y más. Pero, mi enemigo, aquí ni para eso ni más, ni para más que eso, ni por eso, ni además. ¡Coño, jefe, qué tenía el café que me emociona! / Dónde quedó la bolita, quién se comió al cazador, cuánto quieres por tu dulce, dónde estás (y no llorar), quién me ofrece su refugio, quién te crees si no estás tú, quién te dijo que leyeras, quién te dijo, sino yo. Oyó. Hoyo. Oigo. ¡Esuchó!, y por alto el volumen te estuve llamando y no abriste, diciéndome luego que ya tus puertas hacia afuera no responden y sólo se mueven internas, como engranajes inversos para bisagras miopes. Entonces cerraste como sólo tú, con esa luciernaguez enmarañada en el cabello (bella y eterna), puedes abrir, y no - a secas - puertas sino, corazones con cerrojo herrumbrado. ¿Así sin comas? Así, sin que comas, duermas, hables o mastiques. Que qué tenía, te digo / Ponzoña y hiel, o miel, o agua de esa azul de Coca-Cola, Ciel / ¡Café y burbujas! / ¡Caliente! / ¡Sajubrub y Éfac! / ¡Te quemas! / ¿Casi? / ¡Casi! / … lo sabía / ¿Sabías que era casi? / Casi sabía que me quemaba / El café, seguro / No, no; la paleta helada / ¿Y eso? / nomás; corazonada.
Dos.¡!
Lo siento: no me fui, que siempre no, que es imposible, que tanto, que cómo, que tiempo... COMIENZO (whatever) DE TRAYECTO. Te pregunto / te reto: a que tú perdonas a Pedro, el del lobo, el mentiroso, si te pone de improviso una joya noventera. A que tú me escupes en la cara: ¡lo sabía! / Casi, lo sabías casi; sabías que te quemabas, y que temprano o tarde crepuscular, redimirías mi dicha de tenerte, otra vez, en casa.
¿joya noventera? / vamos, pues te dejo con la guitarra / me quedo con los aplausos
Es absurdo (y qué no es) transitar sin entusiasmos, necedades, hallazgos, temores. Para qué obstinarse en ser de fierro impecable si hay canela, caramelo y leche en cada sentido olvidado. Que desde hoy (entonces) el lector se acostumbre a llamarme advenedizo a vísceras mentales y opíparas contradicciones. Qué sé yo de nada, en quién me convierto y hacia dónde empujo es, por ahora, cuestión de contratos y no de lirismo.
Lo que aquí licuaré, con permiso del tiempo y adecuando lo que venga a lo que quepa, serán puras virtudes desmejoradas, manchas colectivas que el pasado empeore inevitablemente; o bien, también, dagas profundas clavándose siniestras (tiernas, robustas, complejas, a destajo, por la espalda, inquietamente libres) en el cuore y en el alma, o en las encías; piel arañada por puentes, versos y estribillos. Canciones. Vidas alternas. Árboles que maduran. Rompecabezas lingüísticos. Canciones. Compañeras calladas. Ríos de miel y esoterismo. Cartas abiertas. Impermeables. Canciones. Catárticas romanzas. Diatribas ensombrecidas. Faenas. Noches. Alimento. Canciones. Arquetipos de lo abstracto. Rostros. Manos. Canciones. Vestido. Tiniebla. Desvelo. Ironía. Nube baja. Algoritmo. Canción. Huellas. Más de mil maneras de alejarse. Gozo inmediato. Nebulosas. Hormigas. Canciones.
Se trata, pues, de entablar sin pretensiones, un diálogo abierto con milagreras / milagrosas creaciones que han dotado brutal, noble, directamente a mi existencia de ambrosías curativas. A ellas y por ellas, vamos a andar.
Es el tiempo. Lo cura todo el tiempo. Lo… cambia; o más bien se mimetiza con el olvido. Es, entonces, el olvido el que lo cura todo; el que cambia tiempo por espacio. Y los espacios se olvidan, igual, huyen de sí mismos, se reencuentran luego, en las orillas del tiempo, y allí se quedan esperando, a veces eternos, que pasen los trenes viejos para pedir un deseo: ser otro. Otro espacio en otro tiempo, otro querer de algún momento perdido. Así, sin poder dejarse a cuestas, solo, vagabundo el tiempo, expectante: muere. Muere y no renace - nunca.
(Y el viento desliza sus manos tocando apenas los pastos fulgurantes de todas las ignotas praderas / Y el canto de otras ruinas endereza sus paredes / y el otoño reverdece / y las ganas / los matices/ cada entorno con musgo / y toda el agua seca su pudor sobre las piedras / y el remanso de los ríos acaricia)
Sólo a veces se le escucha susurrar desde el subsuelo una tímida esperanza de regreso, un atávico interés en los relojes, unos pasos cuesta arriba; otros muchos, cuesta abajo. Se descompone, ¡pobre tiempo! sin que unos ojos toquen sus errores, sin que manos puedan ver todo el pasado.
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Dicen los abuelos de otros niños que cuando uno encuentra, casi por designio, su mortaja, se nos vuelve gris el aliento. Se quema, quizá por dentro, y huye a otros cuerpos con más ambiciones. Ni busco entonces, ni encuentro; dicho así: me esfumo en las esquinas, me adhiero a las tapias redentoras, sorbo otras tazas ajenas, ando que me ando por desatar injurias, volcados momentos de nostalgia, ritmos sosegados, escritos moribundos, estancados y mohosos que ya no me advierten ni divierten.
Fui lo que me di, ofreciendo de paso la causa innoble del tiempo compartido y la mirada cómplice. He dejado (sin causa de traición) las rimas forzadas y el espíritu nómada. Viajé sin mucho afán por entresijos femeninos, masculinos, infantiles, animales, animosos, naturistas, comilones, armoniosos: sensatos y arreglados pensamientos. Canté las canciones que quise y miré con espanto mi silueta en muchos textos reflejada. Cedí al miedo, al criticastro, a la herramienta volátil de las palabras planeadas. Hube, tuve, rompí, concatené. Inquieto es el adiós con alegría.
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Luego partí, (...) partiré hacia el hallazgo emocionante del asombro renovado. Afuera suceden tantas cosas como grandes tengas los ojos, como afilada la pupila; abierto el corazón y la rutina cerrada. Afuera está también cada tropiezo que insiste y todo el invierno que pidas, todo el calor que me aguantes, todo el odio y la paz que pueda enfundar tu cuerpo en otros instantes.
Hoy soy nube hiperactiva y troglodita. Hoy me lluevo y seco, traigo a casa el universo y prometo estar atento a supernovas, centellas, cataclismos eventuales. Quiero postergar (para otras tardes) al niño que escribe en papel y se riza los cabellos con un lápiz. Quiero enderezarme y comer las mandarinas escupiendo al suelo sus semillas. Deseo, con todo el empeño que desear supone, encunarme en los muslos creativos de la mujer que anhelo y habito. Punto / se acabó.
2.
Nunca he querido redimirme aquí de los fantásticos mundos lejanos que pueblan la nada imaginaria. Nada se ha quedado con Todo en este divorcio: en esta incompatibilidad terrible y reduccionista de la miniatura literaria y el relato breve. Nunca he querido eximirme y sin embargo, por una gracia casi maldita (embrujo, talvez, magia negra de astutos poderes supremos) caigo y respiro y no aprendo y termino, siempre, inevitable, sin rezongar siquiera, en la excusa poco honesta del “con permiso, yo no pienso así”. Luces, atención; montaje que desprevenido cuaja en casi cualquier esquina. Basta. De. Excusas. Lo anterior, sin fatiga, lo entona mayúsculamente.
Sin embargo, así de simple, y perdón por la tristeza (como escribiera abruptamente Don Vallejo), debo reconocer sin tanto tapujo y harina, que la he pasado bien; que escribir ante los ojos inquietos del que no me reconoce ha dejado regodearme en egos, y de paso, darme entrañables amistades, forrajes radiantes y amor de veras. Lujos que traen consigo la palabra escrita, la búsqueda, el otoño.
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Desde la entraña socorrida de maravillas errantes, desde el silencio que ocasiona el fuego blanco, desde la montaña, este cielo, la marea, los venados; desde aquí dejo los bosques. Pueblo el armario de olores. Reparo las alas de coleópteros azules. Juego al niño, a la ronda, a la marcha tribal de las fogatas; juego. Y miro las fotos.
Y… pregunto, blasfemo, ruego: ¡nos vamos o nos quedamos! Y el lector gozoso agita encendedores, las abuelas se emocionan, las luciérnagas congregan a su prole, una nube gris me mira y calla y yo…
Yo inclino mi espalda quitándome el sombrero, sonrío canalla, les guiño un ojo a todos. Cae el telón de porcelana.
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Atrás se quedan reencuentros, formas, disculpas, propuestas, maldades. Atrás se esparce la aurora del desvelo hacia la ventana con flores y cigarras. Atrás (y elegantes pavorreales viejos) se ciñen mis dibujitos. Atrás el vino, la albahaca, el romero. Atrás los sortilegios de cada sobremesa, los baúles con juguetes, la mañana, las calzadas, los árboles de amarillo. Atrás todo el veneno y los frascos. Atrás la herrumbre soez de mi memoria. Atrás el nido caliente, las malteadas y bohemias. Atrás el regocijo y dolor de los textos mal paridos, de las falsas salidas. Atrás los temores al renglón sin chiste. Atrás el lenguaje que se encumbra simultáneo hacia fronteras más obscuras, menos confundidas. Atrás las bugambilias y el reloj. Atrás la golondrina que madruga y cada cascanueces que rompí. Atrás los milagritos de lo verde y el altruismo de la tierra mojada. Atrás cada guarida y atrás, también, las soslayadas letras y el refugio en alter egos. Atrás el circo, los altares, las visitas, las buenas acciones, la indiferencia a los semáforos. Atrás el estertor de las resacas, la madera apolillada, los vientres, las cinturas, los peldaños. Atrás la negritud y las cantatas. Atrás de nueva cuenta. Por favor, y sin censura, atrás. Sólo adelante la gente, la música, nosotros. Sólo, por favor y sin censura, sólo nosotros.
Fin de trayecto.
Y como quien arriesga esa intimidad ansiada, vuelo. Y como quien corrige su pasado, cambio. Y como quien escribe pese a todo, alguien. Y como quien se interna en la espesura, ando. Y como el tiempo, que se vuelve pasajero, silbo.
Un bloque lumínico, una fuga (quizá más bien, una lumbre), plafón del alma y cerco poderoso del enjambre que me habita; un lujo, una fiesta (otra): otra. Y también, por acá, tu estampa y bordado, tu lenta / sincrónica magia, tu estertor de hormiga reina, tu presencia voluble, tu noche mía, mi noche tan tuya, cientos de cigarras.
Un silencio que revienta, no revienta, que estremece, también de estremecerse; marea de maremotos la calma insomne de tus brazos y mis brazos quietos intranquilos de tus mares. Y así se me viene la noche: escapa, vocifera, grita llorando alegre, gime despiadada que te espero, que aquí, sin más presentación, te espero sin piedad, gimiendo: noche.
Y el verano inacabado, las golondrinas en ocaso vacilante, recortado. La lujuria que es roja, la sonrisa de menta, la paja y el árbol grande donde tantas veces sin trepar trepé, la maraña de las rodillas, cada cicatriz, cada invento, cuánta (y cuán terrible) sensación de átomos que atropellan la memoria, ramas que vinculan los futuros, juegos de niños, olas y viento, brillo de otro brillo y casi (apagado, a contraluz) brillo propio pero no. Brillo que reflejas cerca más que lejos, que devuelves a las siete u ocho o nueve y que enredas cuando besas, comes, duermes.